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El problema de la polarización no es que la gente discuta demasiado. Es que discute cada vez menos con adversarios reales y cada vez más con versiones imaginarias de ellos.

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 22 jun
  • 4 min de lectura

Cómo la democracia entró en la era de los espantajos intelectuales


"Sobre toda cuestión existen dos discursos opuestos."— Protágoras


Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


Hay épocas en las que los pueblos se dividen.

Y hay otras, más curiosas, en las que los pueblos empiezan a inventarse enemigos.

La diferencia parece pequeña, pero no lo es.

Cuando una sociedad se divide, por lo menos discute con personas de carne y hueso. Cuando comienza a fabricarse adversarios imaginarios, termina peleando contra fantasmas. Y los fantasmas, como bien se sabe, tienen una desventaja enorme: nunca responden lo que uno no quiere oír.

Tal vez ahí se encuentre una de las claves para entender la polarización de nuestro tiempo.

Se repite a todas horas que vivimos una época de exceso de opiniones, exceso de debates y exceso de confrontaciones. Basta abrir cualquier red social para encontrarse con una batalla campal. Todo el mundo opina. Todo el mundo sentencia. Todo el mundo parece tener la respuesta definitiva para problemas que ni siquiera ha terminado de entender.

Pero, a decir verdad, quizá el problema no sea que discutimos demasiado.

Quizá el problema sea otro.

Discutimos cada vez menos con adversarios reales y cada vez más con versiones imaginarias de ellos.

La izquierda pasa buena parte del tiempo peleando con una derecha que rara vez existe fuera de ciertos relatos.

La derecha hace exactamente lo mismo con una izquierda que muchas veces conoce más por rumores que por contacto directo.

Los moderados ven radicales por todas partes.

Los radicales ven traidores por todas partes.

Y así, como quien no quiere la cosa, terminamos armando espantajos para luego sentirnos victoriosos al derribarlos.

Es un negocio intelectualmente muy rentable.

Porque derrotar a un adversario real exige estudio.

Derrotar a un espantajo exige apenas imaginación.

La tecnología no inventó esta costumbre. Lo único que hizo fue multiplicarla. El ser humano siempre ha sentido cierta inclinación a escuchar con atención aquello que confirma sus creencias y a desconfiar de aquello que las contradice. Lo novedoso es que hoy esa tendencia circula a la velocidad de la luz y llega a millones de personas al mismo tiempo.

La consecuencia tiene algo de ironía.

Nunca habíamos tenido tanto acceso a las opiniones ajenas y, sin embargo, rara vez parecemos entender lo que realmente piensan los demás.

Los antiguos sofistas habrían encontrado fascinante este espectáculo.

Cuando Protágoras afirmaba que toda cuestión admite dos discursos opuestos, no estaba invitando al relativismo ni a la confusión. Estaba recordando algo elemental: el pensamiento madura cuando encuentra resistencia. Las ideas crecen cuando chocan con otras ideas. La inteligencia necesita contradicción del mismo modo que los músculos necesitan esfuerzo.

Los griegos llamaban antilogía a la capacidad de examinar seriamente los dos lados de una cuestión.

Era una disciplina exigente.

Para refutar un argumento primero había que comprenderlo.

Para responderlo había que reconstruirlo con honestidad.

Para vencerlo había que concederle, al menos por un momento, el derecho a existir en su mejor versión.

Por estos lados hemos ido olvidando esa vieja costumbre.

Ahora resulta más fácil reducir al adversario a una caricatura.

Si alguien discrepa de nosotros, enseguida aparece la tentación de simplificarlo. Se le atribuyen las opiniones más extravagantes, las intenciones más oscuras y los defectos más convenientes. Una vez terminada la caricatura, la discusión prácticamente está ganada.

El problema es que también deja de ser una discusión.

Michael Billig ofrece una explicación particularmente sugerente para este fenómeno. Según él, los seres humanos no solo argumentamos cuando hablamos con otros. Argumentamos también cuando pensamos. Nuestra mente se parece menos a una bodega donde almacenamos datos y más a una plaza pública donde razones y objeciones se encuentran a diario.

Antes de existir en la política, el debate existe en la conciencia.

Cuando una persona madura una decisión importante suele escuchar varias voces interiores. Sopesa alternativas. Anticipa críticas. Considera objeciones. Examina posibilidades.

Pensar bien es discutir con uno mismo.

La polarización afecta precisamente ese mecanismo.

Antes de desaparecer de la conversación pública, el contradictorio desaparece de la conversación interior.

La duda comienza a verse como una señal de debilidad.

Cambiar de opinión parece una traición.

La complejidad se confunde con indecisión.

Y entonces ocurre algo curioso: seguimos hablando mucho, pero pensamos cada vez menos.

No porque nos falte inteligencia.

Porque dejamos de someter nuestras ideas a pruebas difíciles.

La democracia siempre entendió esta verdad. El contradictorio jurídico, por ejemplo, no existe porque los abogados disfruten discutiendo. Existe porque los seres humanos se equivocan. Los jueces se equivocan. Los gobiernos se equivocan. Los expertos se equivocan. Escuchar razones opuestas no es una cortesía; es una forma de corregir errores.

Sin embargo, en la era de la polarización ya ni siquiera hace falta silenciar al adversario.

Basta con sustituirlo.

El interlocutor real es reemplazado por una versión imaginaria más cómoda, más predecible y mucho más fácil de derrotar.

Y ahí reside el problema.

El adversario real puede sorprendernos.

Puede obligarnos a pensar.

Puede mostrarnos una fisura en nuestras certezas.

Incluso puede convencernos de algo.

El espantajo, en cambio, nació para perder.

Por eso prospera tan bien en tiempos polarizados.

Tal vez esta sea la gran contradicción de nuestra época. Nunca habíamos dispuesto de tantos medios para escuchar a quienes piensan distinto y, sin embargo, pocas veces habíamos mostrado tanta inclinación a quedarnos oyendo únicamente el eco de nuestra propia voz.

Protágoras probablemente no diría que existe demasiado debate.

Diría que existe demasiado poco.

Porque el verdadero debate comienza cuando aparece el adversario real y termina cuando empezamos a discutir únicamente con personajes fabricados por nuestra imaginación.

Y acaso la tarea intelectual más urgente de nuestro tiempo no sea convencer a más personas de que tenemos razón.

Tal vez sea reaprender una virtud antigua, difícil y cada vez más escasa: comprender con honestidad a quienes no piensan como nosotros.


Referencia bibliográfica

BILLIG, Michael. Argumentando e pensando: uma abordagem retórica da psicologia social. Petrópolis: Vozes, 2008.

 
 
 

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