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El Problema de las ciencias humanas es que hacen preguntas

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 25 ene
  • 3 min de lectura
“Educar no es llenar un recipiente, sino encender un fuego.”— Plutarco

Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


Se repite con serenidad burocrática —y por eso mismo con eficacia— que las Ciencias Humanas atraviesan una crisis. El diagnóstico suele venir acompañado de cifras, gráficos y palabras respetables: empleabilidad, eficiencia, retorno. Todo muy serio. Todo profundamente insuficiente. Porque ese discurso describe los síntomas, pero esquiva la causa. Las Ciencias Humanas no están en crisis por inútiles. Están en crisis porque cumplen demasiado bien su función. Su pecado es antiguo y persistente: hacer preguntas.

Preguntar, conviene recordarlo, no es un gesto inocente. Las preguntas detienen automatismos, incomodan consensos, retrasan decisiones que ya parecían tomadas. En sociedades que han aprendido a confundir velocidad con inteligencia, la pregunta se volvió una molestia. Se espera del conocimiento que responda rápido, no que interrogue con paciencia. El mundo pide soluciones; las humanidades insisten en preguntar para qué y a qué precio. De ahí la incomodidad.

Durante mucho tiempo, la universidad fue concebida como un espacio para la formación del juicio. No se trataba solo de transmitir técnicas, sino de educar la inteligencia para convivir con la complejidad, la ambigüedad y el desacuerdo. Hoy esa idea parece anticuada, casi indecente. La universidad contemporánea prefiere verse como una institución funcional. Ya no forma conciencias; entrena operadores. Ya no cultiva dudas; certifica competencias. El conocimiento que no se convierte de inmediato en aplicación práctica empieza a parecer un lujo innecesario, cuando no un estorbo.

En ese nuevo arreglo, las Ciencias Humanas sobreviven con condiciones. Son aceptadas siempre y cuando moderen su vocación interrogativa. La filosofía es bienvenida si no cuestiona fundamentos. La historia, si confirma relatos útiles. La sociología, si no incomoda a nadie importante. Cuando cruzan esas fronteras tácitas, se vuelven “problemáticas”. Y, curiosamente, es justo allí donde dejan de ser decorativas y empiezan a ser indispensables.

Los efectos de esta domesticación no se limitan a la academia. Alcanzan a la vida democrática. Las democracias no viven solo de reglas y procedimientos; dependen de ciertas capacidades subjetivas: imaginar al otro, sostener el disenso sin convertirlo en enemistad, aceptar la complejidad del mundo sin exigirle soluciones simples. Esas capacidades no nacen solas. Se forman lentamente, con esfuerzo y paciencia. Exactamente el tipo de formación que las Ciencias Humanas ofrecen —y que hoy se considera prescindible.

Cuando esa formación se debilita, la democracia no se derrumba de inmediato. Sigue funcionando, pero vacía. El debate público se empobrece, la política oscila entre la gestión técnica y el espectáculo, y la simplificación se celebra como virtud. No hace falta cerrar el Parlamento para erosionar una democracia; basta con formar ciudadanos incapaces de pensar más allá de lo inmediato.

A este cuadro se suma la cultura de la respuesta instantánea. Vivimos en la era de la opinión rápida, de la certeza exhibida, de la convicción performativa. Pensar con rigor exige tiempo, silencio y demora —bienes escasos y poco valorizados. El intelectual, figura asociada a la reflexión lenta, pierde prestigio no por estar equivocado, sino por tardarse demasiado. La pregunta, que necesita duración, se vuelve antieconómica.

El resultado es paradójico. Nunca se ha hablado tanto de ética, justicia y política. Y nunca se ha pensado tan poco sobre ellas. Las Ciencias Humanas no desaparecieron; fueron diluidas. Donde antes había formación rigurosa, quedan indignaciones automáticas. Donde había reflexión, proliferan consignas. El fuego del que hablaba Plutarco fue reemplazado por chispas: iluminan un instante, pero no calientan ni transforman.

En el fondo, el malestar persiste porque las preguntas son peligrosas. No respetan jerarquías, no obedecen cronogramas, no garantizan resultados previsibles. Las sociedades que aprenden a desconfiar de las preguntas se vuelven más eficientes, más dóciles —y menos lúcidas. Funcionan muy bien, hasta el día en que ya no saben explicar por qué.

Tal vez ese sea, al final, el verdadero problema de las Ciencias Humanas: recordar, con una insistencia que resulta incómoda, que no todo lo que funciona es justo —y que no todo lo que es útil merece ser preservado.


 
 
 

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