El Zarandeo Cuádruple: ¿De verdad tenemos la razón o es pura vanidad?
- gleniosabbad
- 12 ene
- 3 min de lectura
Por Glênio Sabbad Guedes ( abogado de Brasil )
Amable lector, siéntese y tómese un tinto conmigo, que la vaina es seria pero sabrosa.
Confiese, sin sonrojarse: nada le gusta más a nuestro amado ego que tener la razón. Es un vicio más dulce que el arequipe y más peligroso que un aguardiente en ayunas. Vivimos en una época ruidosa, esa que llaman de la "posverdad", donde cualquier hijo de vecino grita sus certezas en Twitter (o X, como le dicen ahora) con la autoridad de un magistrado de la Corte Constitucional. Pero, entre nos, ¿cuántas de esas verdades aguantarían un examen serio? ¿Cuántas no son más que caprichos disfrazados de argumentos?
Basándome en unos textos franceses de gran calado filosófico que han caído en mis manos, le propongo un ejercicio de higiene mental. Vamos a pasar nuestras certezas por una "zaranda cuádruple", un tamiz de cuatro mallas para separar el grano de la paja, o mejor dicho, la verdad de la pura carreta.
Primera Zaranda: El Mapa del Terreno
El primer error es de geografía. Uno no entra a una iglesia con vestido de baño, ni se pone a discutir teoremas matemáticos con opiniones sentimentales.
Si el asunto es de ciencia, de esos que dicen que el agua hierve a cien grados, ahí no vale la democracia ni el "a mí me parece". Ahí manda la demostración. Pero si estamos en la plaza pública, debatiendo de política o de si se debe prohibir el celular en los colegios, ahí reina la deliberación. En ese terreno, tener la razón no es imponerse a gritos, sino someterse a la objeción del otro. Quien huye del debate, créame, ya perdió la razón antes de abrir la boca. Y si la cosa es de la vida práctica —como el remedio de la abuela para la gripe—, ahí manda el pragmatismo: si funciona, es verdad, aunque la academia frunza el ceño. No confundamos las peras con las manzanas, que de esa ensalada solo sale indigestión.
Segunda Zaranda: ¿Oveja o Estratega?
Decía un pensador que el hombre es un animal social, pero a veces se nos va la mano en lo de "animal". En situaciones de pánico, es inteligente correr para donde corre la gente; eso es instinto de supervivencia. Pero para pensar, la multitud es mala consejera si uno no mantiene la independencia.
Pregúntese: ¿Lo que usted opina es cosecha propia o es que se tragó entero lo que dijo el vecino? La sabiduría colectiva solo funciona cuando cada uno piensa por su cuenta. Si todos repetimos como loros lo que dijo el primero, no tenemos una verdad, tenemos una epidemia de tontería.
Tercera Zaranda: El Espejo de la Vanidad
Ay, lector, aquí es donde la puerca tuerce el rabo. Esta es la malla más fina y dolorosa: el autoengaño. Tenemos una habilidad olímpica para creer lo que nos conviene.
Tener la razón implica, paradójicamente, tener el coraje de admitir que estábamos equivocados. El error no es una mancha en la hoja de vida; es un tesoro pedagógico. Quien nunca cambia de opinión es como el que nunca cambia de camisa: termina oliendo mal. Desconfíe de sus certezas más cómodas, esas que le acarician el ego. La verdad suele ser incómoda, como una piedra en el zapato.
Cuarta Zaranda: Los Frutos del Árbol
Finalmente, miremos los resultados. Hay verdades estériles, como esas teorías de la conspiración que dicen que "todo está controlado por una élite oculta". Eso, permítame decirle, es el consuelo de los perezosos. Si "ellos" controlan todo, yo no tengo que hacer nada.
La verdadera razón es fértil; invita a la creación, a la acción, a tejer lazos. Si su verdad lo deja amargado en el sofá, tírela a la basura. La razón que vale es la que construye.
Así que, la próxima vez que sienta ese calorcito en el pecho de "yo tengo la razón", páselo por estas cuatro zarandas. Si sobrevive, ¡enhorabuena! Si no, sonría, pida otro tinto y disfrute del placer de aprender algo nuevo.


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