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Elon Musk tal vez nunca haya esperado turno en la seguridad social

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 11 may
  • 4 min de lectura

Reflexiones sobre inteligencia artificial, informalidad y protección social en la periferia del capitalismo


“La protección al trabajador, hasta entonces voluntaria y dependiente de quienes se preocupaban por la dignidad humana, muchas veces solo existía bajo la forma de caridad.”

— CASTRO, Carlos Alberto Pereira de; LAZZARI, João Batista. Manual de Direito Previdenciário. 29.ª ed. rev., act. y reform. Río de Janeiro: Forense, 2026, p. 7.


Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


Hay hombres cuya fortuna les permite contemplar el futuro como quien mira el mar desde el balcón silencioso de una casa en la parte alta de la ciudad. Desde allá arriba, el mundo parece lógico, geométrico, inevitable. No se oye el bus repleto a las seis de la tarde. No se siente el sobresalto de la factura vencida ni el crujido de la rodilla del albañil que ya pasó los sesenta. El sufrimiento humano se vuelve estadística. La angustia social termina convertida en gráfico de colores. Y la precariedad laboral adquiere el nombre elegante de “transición tecnológica”.

Fue en ese tono, entre futurista y profético, que Elon Musk insinuó hace poco que el trabajo podría volverse opcional en unas cuantas décadas, que el dinero perdería relevancia y que los robots asumirían buena parte de la producción necesaria para la vida humana. La frase recorrió el planeta con la velocidad habitual de las revelaciones tecnológicas: mitad fascinación, mitad mercadeo, mitad evangelio digital. Porque si algo le gusta al siglo XXI es anunciar el fin de aquello que todavía no ha conseguido repartir decentemente.

Y ahí empieza el choque.

El debate sobre “el fin del trabajo” ocurre en un mundo donde millones de personas ni siquiera han conocido la estabilidad laboral. En buena parte de América Latina —y Brasil conoce muy bien esa novela— el trabajo sigue siendo apenas una manera provisional de sobrevivir, no una garantía razonable de tranquilidad futura.

Hay algo casi literario en el hecho de que las utopías poslaborales nazcan precisamente en sociedades donde la protección social alcanzó niveles relativamente civilizados. El magnate de Silicon Valley imagina una humanidad liberada del empleo mientras el trabajador informal latinoamericano todavía trata de averiguar cómo llegar a la vejez sin que la vejez lo condene a la pobreza.

La ironía se escribe sola.

Mientras Silicon Valley discute si la inteligencia artificial abolirá la necesidad del empleo, la periferia del capitalismo sigue buscando empleo con prestaciones sociales.

Y no se trata de un simple detalle sociológico. Allí está el corazón de la crisis previsional contemporánea.

Durante décadas, los sistemas de seguridad social descansaron sobre una idea relativamente sencilla: los trabajadores activos financiarían, mediante contribuciones continuas, la protección de quienes ya no pudieran trabajar. El pacto dependía de tres columnas silenciosas:


  • empleo relativamente estable;

  • crecimiento económico;

  • y salarios previsibles.


Pero el siglo XXI decidió tumbar las tres al mismo tiempo.

La automatización avanza. La informalidad se disfraza de aplicación móvil. El empleado ahora es “aliado estratégico”. El domiciliario pasó a ser “microemprendedor independiente”. Y el contrato laboral empieza a parecer una reliquia arqueológica.

Por supuesto, la tecnología ha traído beneficios reales. Negarlo sería romanticismo de museo. La inteligencia artificial promete mayor productividad, diagnósticos médicos más rápidos, logística eficiente y reducción de costos. El lío no está en la tecnología misma. El lío está en cómo se reparte la riqueza que la tecnología produce.

Porque las máquinas producen riqueza. Pero no reparten justicia por cuenta propia.

La historia económica moderna, vista con calma, es la historia repetida de ese malentendido.

La Revolución Industrial multiplicó la producción, sí, pero también llenó las ciudades de obreros exhaustos, niños explotados y jornadas laborales que habrían hecho pedir clemencia hasta a un cargador del Imperio romano. El progreso tecnológico jamás se civilizó solo. Necesitó leyes, sindicatos, presión política e instituciones capaces de domesticar la brutalidad económica.

La seguridad social nació exactamente de ahí.

No del sentimentalismo, sino del reconocimiento de una verdad incómoda: la libertad económica sin correctivos produce eficiencia admirable y tragedias igualmente admirables.

El trabajador envejece. El cuerpo pasa la cuenta de cobro. La enfermedad llega sin pedir permiso. La invalidez no consulta el saldo bancario.

Por eso la Constitución brasileña de 1988 convirtió la protección social en compromiso estructural del Estado, estableciendo un sistema integrado de salud, asistencia y previsión social fundado en la dignidad humana y en la solidaridad entre generaciones.

Y ahí es donde el futurismo de Musk se estrella contra la realidad brasileña.

En un país donde buena parte de la población no tiene ahorros suficientes ni para enfrentar una emergencia doméstica, hablar de un futuro donde “ya no será necesario ahorrar” suena menos a previsión económica y más a ciencia ficción importada sin traducción tropical. Para millones de brasileños, la planificación financiera no es sofisticación patrimonial. Es apenas el intento angustioso de impedir que la vejez termine convertida en miseria.

El problema de Brasil no es exceso de protección social. El problema de Brasil es que nunca logró universalizar una inclusión económica consistente.

La informalidad brasileña no nació con las aplicaciones. Simplemente consiguió una interfaz más bonita.

Y hay todavía otra cuestión que los profetas del mundo poslaboral suelen olvidar: el trabajo no organiza solamente la economía. También organiza el sentido de la vida. A través del trabajo, las personas construyen identidad, rutina, vínculos y reconocimiento social.

Tal vez una civilización completamente automatizada logre resolver el asunto de la producción material —aunque eso todavía está por verse—, pero abriría otro dilema monumental: el del propósito humano.

¿Qué hará el individuo cuando ya no sea económicamente necesario?

La pregunta parece filosófica. En realidad, es moral, constitucional y profundamente política.

Tal vez la mayor ingenuidad del futurismo tecnológico consista en imaginar que la abundancia productiva produce automáticamente armonía social. La humanidad ya produce comida suficiente para todos. Y, sin embargo, el hambre sigue desayunando temprano en demasiadas casas.

La tecnología puede disminuir la escasez. Pero jamás resolverá sola el problema de la distribución.

Las civilizaciones verdaderamente avanzadas no son las que fabrican máquinas capaces de sustituir trabajadores. Son las que consiguen impedir que los trabajadores sustituidos sean tratados como seres humanos desechables.

 
 
 

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