Entre el pronaos y el naos
- gleniosabbad
- 26 jul
- 4 min de lectura
La arquitectura de la inteligencia jurídica
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Hay libros que llegan a las facultades para enseñar un método. Y hay otros —mucho más escasos— que terminan enseñando una manera de pensar. El profesor brasileño Waldyr Viegas, en su obra Fundamentos lógicos da metodologia científica, pertenece sin duda a esta segunda estirpe. Aunque escribió un libro sobre metodología científica y no sobre Derecho, dejó sembrada una imagen que parece haber esperado, con la paciencia de las piedras antiguas, a que algún jurista la descubriera.
Esa imagen es el pronaos y el naos.
El pronaos era el vestíbulo del templo griego; el naos, el recinto donde reposaba la divinidad. Nadie llegaba al santuario de buenas a primeras. Había que recorrer un camino. La arquitectura enseñaba una lección que hoy, quién sabe por qué, solemos olvidar: el destino vale poco cuando se desprecia el trayecto que conduce hasta él.
A lo mejor la ciencia jurídica necesite volver a caminar por ese viejo templo.
Llevamos años mirando únicamente el naos. Nos deslumbran las sentencias, los precedentes, los tribunales constitucionales, la inteligencia artificial, el activismo judicial y los grandes discursos sobre derechos fundamentales. Del vestíbulo, en cambio, casi nadie se acuerda.
Y, sin embargo, la pregunta importante sigue siendo otra.
¿Dónde comienza realmente una decisión justa?
No empieza en la sentencia.
Ni siquiera cuando el juez abre la Constitución.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando la inteligencia aprende a poner orden donde antes solo había confusión.
Viegas sostiene que la ciencia nació porque el ser humano necesitó organizar el caos del mundo para poder comprenderlo. Esa idea, concebida para explicar el conocimiento científico, parece describir también el nacimiento del Derecho. Antes de ordenar la convivencia, el jurista debe ordenar su pensamiento. Antes de interpretar una norma, necesita aprender a interpretar la realidad.
Ese es el verdadero pronaos jurídico.
Su primera columna es el lenguaje.
El Derecho está hecho de palabras, y las palabras tienen una costumbre bastante traviesa: parecen clarísimas mientras nadie las discuta. Libertad, igualdad, dignidad, propiedad, buena fe. Todo el mundo cree saber de qué hablan... hasta que un expediente obliga a definirlas.
No son pocos los procesos que, en el fondo, no son otra cosa que viejas disputas semánticas vestidas con toga.
La segunda columna es la lógica.
No dicta sentencias.
Pero evita que se desplomen.
Un razonamiento no deja de ser contradictorio porque esté escrito con solemnidad. Como diría cualquier maestro de obra, por muy bonito que luzca el balcón, si los cimientos fallan, tarde o temprano aparecen las grietas.
La tercera columna es la metodología.
Su tarea no consiste en fabricar respuestas rápidas, sino en enseñarnos a desconfiar de ellas. Distingue hipótesis de conclusiones, correlaciones de causalidades, intuiciones de demostraciones. En una época que confunde velocidad con inteligencia, la metodología sigue recordándonos que el pensamiento también necesita respirar.
La cuarta columna es la epistemología.
Hace una pregunta incómoda, pero inevitable:
¿Cómo sabemos que sabemos?
Todo proceso judicial nace precisamente allí. ¿Los hechos ocurrieron como se narran? ¿La prueba alcanza? ¿La inferencia es válida? Cuando esas preguntas desaparecen, el Derecho corre el riesgo de convertirse en una opinión cuidadosamente redactada.
Y un templo sostenido por opiniones suele parecer firme... hasta que llega el primer temblor.
Existe, además, un fundamento todavía más profundo.
Son los hechos.
No los hechos imaginados.
Ni los hechos acomodados para que encajen en una teoría previamente escogida.
Los hechos son al Derecho lo que la roca es a una catedral. Si el suelo se falsea, ninguna elegancia retórica salvará la construcción.
Quizá por eso el mayor problema contemporáneo no sea la ausencia de principios, sino el abandono del pronaos.
Queremos interpretar antes de definir.
Argumentar antes de comprender.
Juzgar antes de investigar.
Hay abogados que quisieran inaugurar el altar antes de que el albañil terminara el vestíbulo. Después culpan a la arquitectura cuando aparecen las goteras.
Los viejos griegos probablemente sonreirían ante semejante apuro. Ellos sabían que el pronaos no retrasaba la llegada al templo; era parte del templo.
Con la abogacía ocurre exactamente lo mismo.
El abogado inexperto cree que su trabajo comienza cuando abre el computador.
El veterano sabe que empieza mucho antes, cuando aprende a escuchar.
Escuchar es ordenar.
Ordenar es distinguir.
Y distinguir es comprender.
Solo entonces nace el escrito.
La mejor demanda suele ser aquella que dejó por fuera la mitad de sus argumentos antes de escribirse.
Con los jueces sucede algo parecido.
Muchos imaginan que el momento decisivo del proceso es la sentencia.
Quién sabe si no ocurrió varios días antes, cuando el juez logró separar los hechos de los relatos, las pruebas de las sospechas y los conceptos de las consignas.
Las grandes decisiones rara vez nacen de iluminaciones repentinas.
Más bien son el resultado silencioso de una disciplina intelectual cultivada durante años.
Por eso el verdadero naos del Derecho no es la sentencia.
Es la propia inteligencia jurídica.
La sentencia apenas constituye una de sus manifestaciones.
En tiempos de inteligencia artificial, esta vieja metáfora adquiere una actualidad inesperada. Todos miran la respuesta que produce la máquina. Muy pocos examinan la calidad de la pregunta que la originó. Un buen prompt no deja de ser un ejercicio de pronaos: delimita conceptos, organiza el problema y disciplina el pensamiento antes de exigir una respuesta.
Tal vez esa sea la enseñanza más duradera que deja Fundamentos lógicos da metodologia científica.
La Justicia no empieza cuando un juez decide.
Empieza cuando una inteligencia aprende a caminar despacio por el vestíbulo del conocimiento.
Los viejos griegos entendieron que el templo comenzaba mucho antes del altar. Tal vez por eso levantaron primero el vestíbulo. Nosotros, en cambio, solemos correr hacia el santuario y solo nos acordamos del pronaos cuando el techo empieza a gotear.
El Derecho tampoco escapa a esa antigua ley de la arquitectura.
Ninguna sentencia sostiene, por sí sola, un sistema jurídico.
Quien lo sostiene, casi siempre en silencio, es la inteligencia que aprendió a caminar despacio antes de decidir.


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