Entre el trono y el espejo: el Papa que no temió a Trump en tiempos de embolia cognitiva
- gleniosabbad
- 18 abr
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Hay momentos en que el silencio es prudencia; otros, en que es complicidad...
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Hay figuras que no se explican por lo que hacen, sino por lo que revelan. No son tanto protagonistas como contrastes vivos, espejos invertidos donde una época se deja ver sin disimulo. Así ocurre con el reciente enfrentamiento entre el papa León XIV y Donald Trump.
De un lado, el poder que necesita hacerse oír; del otro, la autoridad que sabe cuándo hablar.
Durante meses, León XIV guardó esa antigua prudencia de la Iglesia, que no es timidez sino memoria. La Iglesia, que ha visto imperios levantarse y caer como estaciones, suele desconfiar del ruido inmediato. Pero incluso la prudencia tiene un límite: el momento en que el lenguaje deja de nombrar el mundo para amenazarlo.
Ese momento llegó cuando la guerra empezó a pronunciarse como si fuera destino, y la destrucción como si fuera estrategia. Entonces el Papa habló. Y no lo hizo para responder, sino para recordar.
Cuando afirmó que Dios rechaza las oraciones de los líderes cuyas manos están manchadas de sangre, no señaló a nadie: señaló algo más antiguo y más persistente —la tentación de usar lo sagrado como coartada del poder.
I. Una enfermedad del espíritu
Tal vez no entendamos este tiempo si no acudimos a otra lengua, menos política y más íntima. El psicoanalista Christian Dunker ha hablado de una “embolia narcísica”: ese cierre del sujeto sobre sí mismo, esa incapacidad de reconocer al otro como límite.
Pero nuestro tiempo ha ido más lejos.
Hoy padecemos también una especie de embolia cognitiva: no la falta de información, sino su exceso; no la ausencia de verdad, sino su dispersión en mil ecos complacientes. Vivimos rodeados de discursos que no nos contradicen, que nos devuelven lo que ya creemos, como si pensar fuera repetir.
En ese mundo, el poder ya no necesita persuadir. Basta con reflejar.
Trump encarna esa lógica con una claridad inquietante: un poder que no dialoga, que no escucha, que se proyecta como imagen. Un poder que necesita verse para existir.
Y por eso multiplica los espejos.
II. El poder convertido en negocio
Hay síntomas que hablan con cifras.
Nunca antes un presidente estadounidense había acumulado tanta riqueza durante su mandato. La frontera entre gobernar y lucrar, que alguna vez fue una línea moral, hoy parece una zona difusa.
No es solo enriquecimiento. Es una mutación.
El poder deja de ser servicio para convertirse en plataforma; la política deja de limitar el interés para amplificarlo. Y en ese escenario, todo puede volverse capital: incluso la autoridad.
Así, el narcisismo encuentra su forma más perfecta: un sistema que lo alimenta, lo celebra y lo vuelve rentable.
III. El “no” que salva
Frente a esa expansión, la figura de León XIV adquiere una gravedad distinta.
En la tradición cristiana hay un gesto olvidado: el “no” como forma de cuidado. No el rechazo vacío, sino el límite que protege.
Cuando el Papa se niega a que la fe sea utilizada para justificar la guerra, no está interviniendo en la política: está recordando algo anterior a toda política —que el poder no es absoluto.
Su respuesta, serena hasta el punto de declarar que no tiene miedo, no es desafío: es libertad.
Porque solo es libre quien no necesita reaccionar.
Mientras es llamado débil, muestra una fuerza que no se exhibe. Mientras es provocado, se niega a entrar en el juego. Mientras otros representan, él sostiene.
Y al sostener, transforma.
IV. Entre lo grotesco y lo sagrado
El contraste, entonces, no es solo político: es estético.
De un lado, la escena, la imagen, la representación de sí mismo hasta el exceso —incluso cuando se roza lo caricaturesco, cuando el poder se disfraza de lo sagrado y termina vaciándolo.
Del otro, la sobriedad de quien no necesita representarse para ser.
Es la diferencia entre el ruido y el sentido.
V. La lucidez como resistencia
En el plano del mundo, este episodio revela algo más profundo.
Hay una política que convierte la realidad en espectáculo y la palabra en instrumento de presión. Y hay otra, más silenciosa, que insiste en hablar de paz, de diálogo, de convivencia —palabras que hoy suenan casi subversivas.
No es ingenuidad.
Es resistencia.
Cuando el Papa habla de un mundo devastado por tiranos, no describe solo a algunos líderes: describe una lógica, una forma de entender el poder como voluntad sin límite.
VI. Ver lo evidente
Quizás lo más inquietante no sea el enfrentamiento, sino el tiempo que lo hace posible.
¿Cómo llegamos a un punto en que lo evidente necesita ser explicado? ¿En que el espectáculo reemplaza al juicio? ¿En que el poder puede confundirse con su propia imagen?
En tiempos de embolia cognitiva, ver se ha vuelto difícil.
Y por eso la lucidez es hoy una forma de coraje.
León XIV no gritó —y por eso fue escuchado.
No reaccionó —respondió.
No se representó —afirmó.
Y al hacerlo, mostró algo que no necesita ser dicho, pero que insiste en aparecer: que el poder que necesita parecer divino tal vez ya ha perdido todo contacto con lo humano.


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