Entre Justiniano y la Inteligencia Artificial
- gleniosabbad
- 19 jun
- 4 min de lectura
Una profesora turca explica por qué Roma sigue teniendo algo que decirle al siglo XXI
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Hay libros que uno busca.
Y hay libros que, por razones que nadie termina de entender, parecen encontrar al lector.
Eso fue exactamente lo que me ocurrió en Turquía.
Mientras recorría un país donde las capas de la historia se acumulan como las piedras de una antigua muralla, cayó en mis manos un libro de Derecho Romano escrito por una profesora turca. Nada extraordinario, podría pensarse. Después de todo, las facultades de Derecho producen manuales todos los años.
Pero este tenía una peculiaridad.
Yo lo estaba leyendo en la misma tierra donde alguna vez gobernó Justiniano; en el mismo espacio histórico desde el cual Constantinopla proyectó durante siglos su influencia sobre buena parte del mundo conocido.
No todos los días ocurre que un abogado brasileño compre un libro de Derecho Romano en el territorio donde una parte importante de ese Derecho fue preservada para la posteridad.
Y allí comenzó la sorpresa.
Mientras medio planeta jurídico anda ocupado tratando de entender la inteligencia artificial, los algoritmos y las máquinas capaces de escribir textos, resumir sentencias o analizar contratos en cuestión de segundos, una profesora de Ankara, Özlem Söğütlü, venía a recordarme que quizá seguimos necesitando algunas lecciones de juristas que murieron hace más de mil quinientos años.
A decir verdad, la idea parecía extraña.
¿Qué podrían enseñarnos hoy Ulpiano, Papiniano o Justiniano acerca de un mundo gobernado por computadoras?
La respuesta ocupa buena parte de su obra Roma Özel Hukuku y puede resumirse en una observación tan sencilla como profunda: cambian las herramientas, pero los problemas fundamentales de la justicia continúan sentándose en la misma silla.
Cambian las máquinas.
Cambian las pantallas.
Cambian los nombres.
Pero los pleitos, para acabar de ajustar, siguen pareciéndose bastante a los de siempre.
La profesora ofrece ocho razones para estudiar Derecho Romano. Y lo curioso es que ninguna de ellas pertenece exclusivamente al pasado.
La primera consiste en comprender las raíces del Derecho Privado. Propiedad, posesión, contratos, obligaciones y sucesiones no nacieron por generación espontánea. Son conceptos que atravesaron siglos de historia antes de llegar a nuestros códigos. Ignorar Roma es un poco como admirar un árbol sin preguntarse nunca de dónde vienen las raíces que lo sostienen.
La segunda razón es aprender a pensar jurídicamente. Los grandes juristas romanos no fueron simples guardianes de normas. Fueron observadores de la condición humana. Analizaban conflictos concretos, distinguían matices y buscaban soluciones razonables. En una época donde algunos parecen creer que el Derecho cabe entero dentro de un buscador digital, no sobra recordar que la inteligencia jurídica sigue siendo una labor artesanal.
La tercera razón mira directamente hacia el presente. Cuando hoy discutimos daños causados por sistemas automatizados, decisiones algorítmicas o responsabilidades derivadas de la inteligencia artificial, reaparecen preguntas muy antiguas.
¿Quién responde?
¿Quién debe reparar?
¿Quién asume las consecuencias?
Justiniano no habría entendido una red neuronal. Pero habría comprendido perfectamente esas preguntas.
La cuarta razón es histórica. Ninguna institución jurídica cae del cielo completamente terminada. Todo concepto tiene una historia. Toda norma tiene antecedentes. Quien conoce esa trayectoria entiende mejor el presente.
La quinta razón explica por qué países tan distintos como Turquía, Colombia o Brasil terminan encontrándose en ciertos puntos fundamentales. Todos forman parte, con matices propios, de una tradición jurídica que conserva profundas huellas romanas.
La sexta razón se relaciona con el Derecho Comparado. Un abogado turco y uno colombiano pueden hablar lenguas diferentes. Sin embargo, muchas veces utilizan categorías jurídicas sorprendentemente parecidas. No es casualidad. Comparten una misma genealogía intelectual.
La séptima razón apunta hacia la justicia. Los romanos no legaron únicamente técnicas. También dejaron reflexiones sobre la buena fe, la equidad y la justicia. Roma estuvo llena de contradicciones, como todas las grandes civilizaciones. Pero precisamente por eso resulta admirable que algunos de sus juristas formularan principios que aún hoy conservan vigencia.
La octava razón consiste en comprender la civilización que ayudó a moldear buena parte del mundo occidental. Roma dejó huellas en las instituciones, en la administración pública, en la política y en el lenguaje jurídico. Ignorar esa influencia sería como caminar por las calles amuralladas de Cartagena creyendo que la historia comenzó la semana pasada.
Pero la parte más interesante apareció cuando cerré el libro y me quedé pensando en una conversación imposible.
¿Qué ocurriría si Justiniano pudiera sentarse hoy frente a una inteligencia artificial?
Más de uno pensará que la pregunta pertenece al terreno de la fantasía.
Quizá.
Sin embargo, vale la pena formularla.
Sospecho que Justiniano escucharía durante unos minutos las explicaciones técnicas. Oiría hablar de algoritmos, modelos predictivos, aprendizaje automático y procesamiento masivo de datos.
Luego levantaría la vista y haría la misma pregunta que formularon los juristas romanos durante siglos:
—Muy bien. ¿Y quién responde por eso?
Porque ahí sigue estando el corazón del problema.
Las máquinas son expertas en encontrar semejanzas. Los juristas, en cambio, llevan siglos persiguiendo algo mucho más difícil: la justicia.
Una computadora puede decirnos qué ocurrió mil veces.
Puede calcular probabilidades.
Puede identificar patrones.
Puede predecir comportamientos.
Pero otra cosa muy distinta es decidir qué debería ocurrir la vez número mil uno.
Esa distancia sigue siendo humana.
Quizá por eso el viejo Derecho Romano conserva una vitalidad tan inesperada. No porque tenga respuestas automáticas para los problemas del futuro, sino porque enseña a formular las preguntas correctas.
Y en tiempos donde abundan las respuestas instantáneas, no parece una enseñanza menor.
Entre Justiniano y los algoritmos existe un abismo tecnológico.
Entre Justiniano y los problemas fundamentales de la justicia, en cambio, la distancia resulta mucho más corta de lo que imaginamos.
Tal vez esa sea la razón más profunda por la cual una profesora turca sigue enseñando Derecho Romano en pleno siglo XXI.
Y tal vez sea también la razón por la cual seguimos necesitando escucharlo.
Después de todo, las máquinas podrán responder cada vez más rápido. Lo que todavía no sabemos es quién les enseñará a distinguir entre una respuesta correcta y una respuesta justa.
O, dicho de otro modo, quizá por eso Justiniano sigue apareciendo, de vez en cuando, en conversaciones donde nadie lo invitó.
Bibliografía
SÖĞÜTLÜ ERİŞGİN, Özlem. Roma Özel Hukuku. Ankara: Seçkin Yayıncılık, 2025.


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