Entre molinos, ruedas y dudas: la razón autóctona en la filosofía española
- gleniosabbad
- 9 feb
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“Y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro.”— Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, I, 1
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
En ciertos manuales de filosofía, España aparece apenas como una nota al pie. Como si en la península hubieran sobrado procesiones y espadas, pero faltado ideas propias. Sin embargo, basta mirar con un poco de atención para que aparezcan tres figuras difíciles de encajar en ese papel secundario: un mallorquín que inventa una máquina de pensar, un hidalgo que enloquece de tanto leer y un médico que afirma, con calma, que nada sabemos.
Ramon Llull, en plena Edad Media, crea su Ars Magna: ruedas y tablas donde letras representan atributos divinos —bondad, grandeza, poder, sabiduría— que se combinan mecánicamente. No es un juego, sino un intento de construir una lógica universal desde la periferia, capaz de dialogar con judíos y musulmanes en el terreno de la razón. Llull no repite a París ni a Bolonia; inventa un arte propio, una especie de ingeniería de argumentos que anticipa, a su manera, la lógica combinatoria y la idea de un lenguaje formal.
Tres siglos después, Cervantes nos presenta a un hidalgo manchego que, “del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro”. Don Quijote no es solo un loco risible; es la encarnación de una tensión filosófica: la lucha entre los relatos que damos por ciertos y la terquedad de la realidad. Mientras Llull maquina la fe, Cervantes noveliza la razón y muestra lo que ocurre cuando un hombre decide vivir según sus libros, sin reparar en que los gigantes son molinos y las princesas, campesinas. La filosofía española, en su mejor momento, no se expresa solo en tratados, sino en la ironía de una novela que se burla de las grandezas abstractas.
Por su parte, Francisco Sánchez, médico de formación y espíritu escéptico, publica en 1581 su Quod nihil scitur —“Que nada se sabe”—. Con prosa seca y mirada clínica, revisa las pretensiones del saber escolástico y concluye que buena parte de lo que se llama “ciencia” no es más que repetición y autoridad. Décadas antes de Descartes, Sánchez ya practica una duda radical, pero sin buscar una certeza absoluta. Prefiere quedarse en la modestia de la conjetura, en la revisión constante, en la confianza limitada en la experiencia.
Juntos, estos tres personajes dibujan una constelación peculiar. Llull maquina, Quijote vive, Sánchez duda. No forman una escuela, pero sí un modo de pensar: autónomo, mezclado, poco impresionado por el prestigio extranjero. Su razón no es pura, sino que se mancha de fe, de literatura y de práctica médica. No se esconde en sistemas cerrados, sino que se expresa en ruedas, novelas y autopsias del saber.
Desde Hispanoamérica, donde también se nos ha asignado a menudo el lugar de “periferia”, esta tríada resulta familiar. Inventores de sistemas que el centro mira con desconfianza, soñadores obstinados que insisten en aplicar ideales nobles a realidades toscas, escépticos que desconfían de los libros sagrados de la academia: los reconocemos en nuestras calles, en nuestras universidades, en nuestras frustraciones y esperanzas. Quizá por eso valga la pena leerlos como compañeros de viaje: recuerdan que la autonomía del pensamiento no se proclama, se ejerce.
Y si, después de todo esto, el cerebro se siente un poco seco, siempre se puede alegar, con una sonrisa, que es el precio de haber tomado en serio, por un rato, esa razón española que gira en ruedas, se disfraza de caballero y termina susurrando, con calma, que quizá no sepamos tanto como creemos.


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