Entre teleología y teleonomía: el destino contemporáneo del Ello a la luz de la neurociencia
- gleniosabbad
- 15 abr
- 4 min de lectura
Una relectura neurofilosófica de la teoría psicosomática de Groddeck
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil )
Hay ideas que llegan sin hacer ruido y, cuando uno menos lo espera, ya están sentadas en la sala, mirándolo a uno con cierta familiaridad incómoda. El “Ello” de Georg Groddeck es una de esas visitas.
Groddeck dijo algo que, bien mirado, no es poca cosa: el hombre no vive, sino que es vivido. Dicho así, parece una frase de sobremesa, de esas que uno escucha, asiente y sigue sirviéndose café. Pero no. Lo que quiso decir es más inquietante: hay algo en nosotros —ese famoso “Ello”— que no solo piensa o siente, sino que también enferma.
Y ahí empieza el enredo.
Para Groddeck, la enfermedad no es simplemente un daño mecánico del cuerpo, como quien rompe un vaso y lo deja olvidado en la mesa. No, señor. La enfermedad puede tener sentido. Puede ser, según él, una respuesta del organismo. Una manera —algo torcida, si se quiere— de arreglárselas con lo que no logramos resolver por otros medios.
Entonces aparece la pregunta, inevitable como el calor de las dos de la tarde: ¿el cuerpo se enferma porque quiere?
Si la respuesta fuera afirmativa, estaríamos en terreno de la teleología, es decir, acciones guiadas por una finalidad, casi como si el organismo tuviera intenciones propias. Pero la ciencia contemporánea, más sobria, prefiere hablar de teleonomía: el cuerpo funciona con propósito, sí, pero sin intención consciente. El corazón late, pero no porque haya decidido hacerlo en una reunión interna.
Ahí está el dilema: ¿el “Ello” de Groddeck describe una intención real del organismo o es una forma ingeniosa —y algo exagerada— de nombrar procesos que hoy la neurociencia explica sin necesidad de atribuirles voluntad?
El Ello no es el Id (aunque se den la mano)
Conviene aclararlo, porque la confusión es frecuente.
El “Ello” de Groddeck no es el “Id” de Freud, aunque compartan nombre. Freud, más metódico, organizó la mente como quien arregla una biblioteca: Id, Yo y Superyó, cada cosa en su estante.
Groddeck, en cambio, llega y mueve los muebles.
Para él, el Ello no es una parte de la mente. Es algo que atraviesa todo: cuerpo, emociones, síntomas, enfermedades. No distingue entre lo psíquico y lo orgánico. Mientras Freud dibuja un mapa, Groddeck describe una corriente que lo inunda todo.
Y Lacan, que siempre complica —con elegancia
Lacan entra en escena y dice: el inconsciente está hecho de lenguaje. El sujeto no es dueño de sí; es, más bien, efecto de lo que dice y de lo que no logra decir.
El síntoma, entonces, sería una especie de mensaje cifrado.
Groddeck no lo negaría del todo, pero añadiría algo más: el síntoma también es cuerpo. No solo habla: duele, se inflama, insiste.
La neurociencia contemporánea, curiosamente, se acerca más a esta última intuición, aunque sin concederle al organismo el lujo de tener intenciones propias.
Lo que dice hoy la neurociencia
La ciencia entra en escena con menos poesía, pero con datos.
Primero, la alostasis: el cuerpo se ajusta constantemente. Frente al estrés, responde. Frente al peligro, se activa. A veces esas respuestas parecen enfermedad, pero en realidad son intentos de mantener el equilibrio. No siempre acertados, pero tampoco arbitrarios.
Segundo, la interocepción: el cerebro percibe el cuerpo desde dentro. Latidos, respiración, tensión. Todo eso influye en lo que sentimos y decidimos. Esa vieja idea de separar mente y cuerpo empieza a quedarse sin oficio.
Tercero, el cerebro predictivo: el cerebro no espera a que las cosas ocurran; se adelanta. Y cuando se equivoca —porque también se equivoca— puede generar síntomas. Dolor sin lesión, por ejemplo. Como si el sistema, por precavido, se pasara de la raya.
Aquí uno empieza a sospechar que Groddeck no estaba tan desencaminado.
Entre aciertos y exageraciones
Groddeck acierta en algo fundamental: el cuerpo no es un objeto pasivo. Participa, responde, actúa.
Pero también exagera. Porque de ahí a decir que el organismo “elige” la enfermedad hay un salto considerable.
No toda enfermedad es símbolo. No todo síntoma es mensaje.
Entonces, ¿qué hacemos con el Ello?
No lo tomamos al pie de la letra. Pero tampoco lo desechamos.
El Ello puede entenderse como una metáfora útil. Una manera de pensar el cuerpo como sistema activo, profundamente entrelazado con la historia personal de cada quien.
Porque, al fin y al cabo, el cuerpo no es un libro abierto… pero tampoco es un ladrillo.
Y el Derecho, que siempre llega después
Si no somos completamente dueños de nuestras decisiones, la cosa se complica - eso será tema para otro artículo, pues lo que no falta es complejidad aquí...
La neurociencia muestra que el cerebro empieza a actuar antes de que seamos conscientes. Pero eso no elimina la responsabilidad. Apenas la vuelve más interesante.
El Derecho no juzga neuronas; juzga conductas.
Eso sí: ahora sabemos que el control no es absoluto. Y eso obliga a pensar mejor, con menos certezas y más matices.
Entre teleología y teleonomía
Al final, el Ello no queda ni coronado ni expulsado.
No es una entidad con voluntad propia. Pero tampoco es una idea inútil.
Es, más bien, una provocación persistente.
Una forma de recordarnos —con cierta ironía, casi amable— que tal vez no somos tan dueños de nosotros mismos como solemos creer.
Y que, mientras discutimos si el cuerpo “quiere” o simplemente “responde”, él sigue haciendo lo suyo.
Discreto, obstinado… y, como quien no dice nada, siempre un paso adelante.


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