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¿Existe una única manera legítima de conocer?

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 2 jul
  • 4 min de lectura

La ecología del conocimiento


A un gran amigo, hijo de Tibasosa y juez en Bogotá, convencido de que toda buena sentencia comienza por comprender una historia


Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


Los campesinos saben algo que, de vez en cuando, olvidan los filósofos. Un cultivo donde todas las plantas son iguales puede regalar una cosecha magnífica. También puede desaparecer con la primera plaga. La selva, en cambio, sobrevive porque jamás apostó por la uniformidad. Mientras unos árboles buscan el sol, los hongos trabajan bajo la tierra y los insectos llevan la vida de una flor a otra. Ninguna especie basta por sí sola; todas resultan necesarias.

Quizá el conocimiento humano se parezca más a una selva que a una plantación.

Durante los últimos cuatro siglos, la ciencia moderna obtuvo triunfos tan extraordinarios que muchos terminaron creyendo que su método era el único camino legítimo hacia la verdad. La idea no carecía de lógica. Después de todo, pocas aventuras intelectuales han transformado tanto la vida humana como la física, la química, la biología o la medicina experimental.

El problema empezó cuando una herramienta dejó de ser admirada por su eficacia y comenzó a reclamar exclusividad.

Nadie tuvo la delicadeza de preguntarle a la realidad si estaba dispuesta a organizarse de acuerdo con nuestros manuales de metodología. Ella, con esa vieja costumbre de hacer siempre lo que le da la gana, siguió produciendo galaxias, bacterias, poemas, constituciones, lenguas, terremotos, juicios, recuerdos y civilizaciones desaparecidas.

Y todos esos objetos, para incomodidad de las teorías demasiado sencillas, no se dejan conocer de la misma manera.

Aristóteles lo advirtió hace más de dos mil años: el hombre instruido exige de cada materia únicamente el grado de precisión que su naturaleza permite. Una molécula no plantea las mismas preguntas que una Constitución. Un eclipse no se estudia como un soneto, ni una guerra civil como una reacción química.

El error nunca estuvo en Galileo.

Estuvo en creer que todo debía parecerse a Galileo.

Carlo Ginzburg convirtió esa intuición en un verdadero programa de investigación histórica. Con el paradigma indiciario mostró que existen conocimientos rigurosos construidos a partir de huellas. El médico interpreta síntomas; el juez examina pruebas; el arqueólogo reconstruye culturas mediante fragmentos; el historiador sigue documentos dispersos para comprender un mundo que ya no existe. Todos trabajan con huellas. Todos formulan hipótesis. Todos las someten al examen crítico.

No es un rigor inferior. Es, simplemente, el rigor que ese objeto admite.

La medicina lo demuestra todos los días. Para saber si un medicamento funciona hacen falta ensayos clínicos, grupos de control y estadísticas. Pero cuando un paciente entra al consultorio, el médico deja de hablar con promedios y comienza a escuchar a una persona. Ninguna base de datos puede reemplazar esa conversación. La estadística y la clínica no compiten; se necesitan.

Algo semejante ocurre con el Derecho. Ningún juez repite un delito para comprobar cómo sucedió. Reconstruye los hechos mediante testimonios, documentos, peritajes y otras huellas. También allí el conocimiento nace de la interpretación racional de los indicios.

Quizá por eso convenga distinguir entre ciencia y cientificismo.

La ciencia cambia de método cuando cambia el problema.

El cientificismo pretende que todos los problemas acepten el mismo método.

La diferencia parece pequeña. No lo es.

Combatir las pseudociencias sigue siendo una obligación intelectual. La evidencia no puede ceder su lugar a la superstición. Sin embargo, otra cosa muy distinta es suponer que solo merece llamarse conocimiento aquello que cabe en un laboratorio. Si aceptáramos esa idea, habría que expulsar de la vida intelectual buena parte de la historia, de la arqueología, de la filología, de la hermenéutica jurídica e incluso de la medicina clínica.

La naturaleza tiene una mala costumbre: casi nunca confirma nuestras teorías.

Los ecosistemas más fuertes no son los más uniformes, sino los más diversos. Cada especie ocupa un nicho, resuelve un problema y hace posible la existencia de las demás.

Tal vez ocurra lo mismo con el conocimiento.

La física no hace innecesaria la historia, del mismo modo que la historia jamás volvió innecesaria a la física. La lingüística no reemplaza a la biología. La estadística no jubila a la clínica. Cada disciplina ilumina una región distinta de la realidad y, juntas, permiten contemplar un paisaje mucho más amplio que el que cualquiera de ellas alcanzaría a ver por separado.

No deja de ser una ironía. Durante siglos intentamos convencer al mundo de que sería más sencillo si aceptaba organizarse según un único método. El mundo, con admirable terquedad, prefirió seguir siendo diverso.

Porque la naturaleza nunca confundió la diversidad con el desorden. Esa confusión ha sido, más bien, una especialidad muy humana.

Y acaso esa desobediencia haya sido una fortuna.

Después de todo, las selvas llevan millones de años enseñándonos una lección que apenas comenzamos a comprender: la vida nunca prosperó gracias a la uniformidad.

El conocimiento tampoco.


Nota del autor. Este ensayo nació a partir de la lectura de la obra de Carlo Ginzburg y, en particular, de las reflexiones suscitadas por un artículo de Rafael Cariello publicado en Ilustríssima (Folha de S.Paulo, 28 de junio de 2026). La idea aquí desarrollada —la de una ecología del conocimiento como metáfora para comprender la pluralidad de las racionalidades científicas— constituye, sin embargo, una elaboración propia inspirada en ese debate.

 
 
 

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