top of page
03 - Logo Brasilombia - BG Azul.png
  • Instagram Brasilombia
  • LinkedIn Brasilombia

Felicitaciones, humanidad: el robot ya corre más rápido que Bolt

Foto del escritor: gleniosabbad
gleniosabbad
23 ago
3 min de lectura

Ahora solo nos falta aprender a llegar a tiempo adonde los seres humanos se están muriendo

“Obra de tal modo que los efectos de tu acción sean compatibles con la permanencia de una vida humana auténtica en la Tierra.” — Hans Jonas, El principio de responsabilidad

A un gran amigo, juez colombiano, cuyo nombre, por su voluntad, guardo en silencio, y cuya preocupación por lo humano recuerda que la justicia, antes que expediente, poder o sentencia, es responsabilidad frente al otro.


Por Glênio S Guedes (abogadode Brasil)


Dos noticias, publicadas casi al mismo tiempo, bastan para despertar una sospecha poco halagüeña sobre nuestra especie.

En la primera, un robot humanoide chino, bautizado —con nombre de superhéroe— Lightning, recorre los cien metros en 9,32 segundos y supera los 9,58 de Usain Bolt. China considera los humanoides una industria estratégica y apuesta por incorporarlos a la industria, la logística y el consumo. Magnífico. El hombre finalmente construyó algo que corre más rápido que el hombre.

En la segunda noticia nadie corre tan bien. En la República Democrática del Congo, la guerra y el ébola se disputan seres humanos. Desde mayo se habían registrado 4.945 casos y 2.325 muertes; el conflicto, además, había dejado siete millones de desplazados dentro del país y otro millón fuera de él. Las campañas sanitarias no llegan a comunidades dominadas por milicias, mientras instalaciones y trabajadores de la salud sufren ataques. Conviene, pues, celebrar a Lightning. De pronto podemos mandarlo a buscar ayuda.

La ironía sería de mal gusto si las dos historias no se encontraran en un lugar bastante menos divertido: el subsuelo. El Congo posee cobalto, cobre y coltán. En el este del país, riqueza mineral, violencia, milicias e intereses extranjeros conviven con incómoda familiaridad. Estados Unidos impulsa negociaciones de paz interesado en el acceso a los yacimientos; China moviliza equipos médicos para proteger inversiones ya realizadas. Eso, según el editorial que sirve de punto de partida, mueve a las dos potencias. Bienvenidos al Buen Samaritano, edición siglo XXI.

Un hombre yace al borde del camino. Pasa una potencia, consulta el mapa geológico y pregunta: ¿hay cobalto? Pasa otra, abre la hoja de cálculo: ¿tenemos inversiones acá? Confirmadas las respuestas, ambas descubren, qué maravilla, que el herido también era prójimo.

No seamos ingenuos. Morgenthau se reiría con razón. Los Estados tienen intereses y la política internacional nunca ha sido una junta de beneficencia. Esperar que Washington o Pekín se conviertan de repente en la Madre Teresa con portaaviones sería pedirle demasiado hasta a la fe.

La pregunta es otra: ¿qué civilización construimos cuando el interés cruza las fronteras con mayor facilidad que la compasión?

Hans Jonas advirtió el problema: nuestro poder técnico creció más rápido que nuestra responsabilidad. Enseñamos máquinas a correr, reconocer rostros, conversar y fabricar cosas; pero seguimos enredados frente a una pregunta antiquísima: ¿qué le debo a un hombre que jamás he visto?

La técnica responde de una.

La ética sigue pidiendo tiempo.

Amartya Sen permite precisar la herida. Desarrollo no es solamente aquello que una sociedad puede fabricar, sino aquello que las personas pueden efectivamente ser y hacer. Que una máquina recorra cien metros en 9,32 segundos es una proeza tecnológica. Que un ser humano pueda llegar vivo a un hospital es una capacidad elemental.

Lo curioso es que convertimos la primera en noticia extraordinaria y, en ciertos lugares, la segunda en aspiración extraordinaria.

Queda todavía una pequeña crueldad lingüística: Lightning tiene nombre. Los muertos tienen número.

El robot es Lightning. El atleta, Usain Bolt. Los minerales son cobalto, cobre y coltán.

¿Y los muertos?

2.325.

Cuando crece la tragedia, parece encogerse nuestra gramática. Una persona tiene rostro; miles terminan convertidos en estadística.

Tampoco caigamos en la bobada de concluir que debemos abandonar los robots y gastarlo todo en hospitales. Una civilización decente puede construir robots y salvar congoleses; llegar a Marte y vacunar niños; desarrollar inteligencia artificial y, por qué no, alguna inteligencia moral.

El escándalo no está en lo que podemos hacer.

Está en aquello que, pudiendo hacerlo, decidimos no hacer.

Globalizamos capitales, mercancías, minerales, algoritmos, guerras y epidemias. Un mineral africano puede entrar en una cadena industrial asiática, mover capital estadounidense y terminar en manos de un consumidor europeo.

Solo la responsabilidad sigue necesitando pasaporte.

Tal vez nada nuevo le haya ocurrido al ser humano. Quizás siempre fuimos esta criatura formidable y contradictoria: capaz de descubrir un yacimiento a miles de kilómetros y de no descubrir, a dos pasos, a un semejante.

Lightning hizo los cien metros en 9,32 segundos.

Felicitaciones, humanidad.

Ahora falta una prueba para la cual todavía no existe récord mundial: ¿cuánto tardaremos en recorrer la distancia entre el interés y la solidaridad?

No tendremos que correr más rápido que Bolt.

Bastará, esta vez, con no seguir de largo.

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Si los magistrados fueran ángeles

Madison, el Supremo brasileño y por qué una república no puede depender de la virtud de once hombres “La trascendencia de la institución y de sus fines con respecto a los individuos que transitoriamen

 
 
 

Comentarios


bottom of page