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Hasta Hulk es más civilizado que Trump

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 21 ene
  • 4 min de lectura

“No todo monstruo destruye ciudades. Algunos destruyen reglas.”


Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


Hay monstruos que aplastan edificios. Otros, más discretos y peligrosos, erosionan normas. La civilización siempre ha sabido reaccionar mejor frente a los primeros que frente a los segundos. El colapso no comienza cuando las ciudades arden, sino cuando las reglas dejan de importar.

No es casual que la metáfora de Hulk haya regresado al debate público por boca de Mark Ruffalo, el actor que le dio rostro y cuerpo al personaje. Al criticar a Donald Trump en declaraciones públicas recientes, Ruffalo no hablaba como celebridad ocasional, sino como alguien que conoce íntimamente el símbolo de la fuerza sin control. El Hulk de la ficción aprende, a golpes y a dolor, que la furia absoluta lo destruye todo, incluso a sí mismo. Trump, en cambio, convirtió la ausencia de límites en método de gobierno. Cuando Ruffalo denuncia el desprecio por el derecho internacional y la normalización de la amenaza, nos recuerda algo incómodo: hasta los monstruos de la cultura pop han evolucionado más que la política real.


La fuerza que acepta límites — y la que los desprecia


En la historia de Hulk hay una lección elemental: la fuerza sin autocontención es barbarie; la fuerza sometida a reglas puede servir para proteger. Esa pedagogía simple es, en el fondo, la misma que sostiene el derecho internacional desde la posguerra. El problema actual no es la existencia del poder, sino la negativa explícita a reconocer que debe ser limitado.

Trump gobierna como si los límites fueran debilidad y los pactos, obstáculos descartables. La amenaza reemplaza a la norma; el chantaje, a la negociación; el capricho personal, a la política de Estado. El derecho internacional —ya frágil y selectivo— pasa a ser tratado no como un lenguaje común, sino como una opción retórica, útil cuando conviene e irrelevante cuando incomoda.


El método Trump: la imprevisibilidad como arma


Desde la geopolítica, el trumpismo no es un accidente, sino un método. La imprevisibilidad se usa para producir miedo; el miedo, para arrancar concesiones; y las concesiones, para reescribir reglas sin declararlo nunca. No hay ruptura formal: hay corrosión continua.

Por eso las reacciones son tibias. El adversario no enfrenta una guerra clásica, sino una cadena de pruebas de resistencia: hoy aranceles, mañana sanciones, después amenazas territoriales, siempre con el mismo mensaje implícito: cede ahora para evitar algo peor. Cada concesión enseña que la siguiente exigencia será posible.


El silencio de Occidente


¿Por qué Occidente no reacciona? Porque depende. Europa depende de la protección militar; los mercados, de la estabilidad financiera; muchos gobiernos, del cálculo político interno. La no reacción se vuelve estrategia defensiva y, sin darse cuenta, pedagogía de la impunidad.

Aquí se repite un error histórico conocido: confundir contención con apaciguamiento. La contención exige límites claros y costos reales; el apaciguamiento apuesta a que la próxima concesión será la última. La historia demuestra lo contrario. Quien aprende que amenazar funciona, amenaza más.


La parrhesía olvidada: decir la verdad al poder


Es en este punto donde una vieja corriente filosófica ilumina nuestra omisión contemporánea: el cinismo. Lejos del sentido vulgar actual, el cinismo clásico —tal como lo relee Michel Foucault— hacía de la parrhesía un modo de vida: la valentía de decir la verdad de forma directa, sin adornos, sin diplomacia y sin miedo, sobre todo frente al poder. El cínico no buscaba agradar ni conservar posiciones; buscaba exponer. Su franqueza no era estrategia política, sino compromiso ético.

Eso es exactamente lo que hoy falta. Frente a Trump abundan comunicados prudentes, declaraciones ambiguas y silencios calculados, pero escasean líderes capaces de decirle la verdad de frente, de llamar chantaje al chantaje, amenaza a la amenaza, violación a la violación. Sin parrhesía, el poder aprende la lección equivocada: que intimidar da resultado. El cinismo antiguo recordaba que no hay civilización sin riesgo moral y que, cuando nadie se atreve a decirle la verdad al soberano, el monstruo deja de ser excepción y se convierte en método.


Cuando el ego gobierna


La lectura psico-política completa el cuadro. No se trata de patologizar personas, sino de reconocer patrones: narcisismo exacerbado combinado con poder sin frenos institucionales produce decisiones volátiles, personalistas y potencialmente destructivas. Cuando las instituciones giran alrededor del temperamento de un solo hombre, el riesgo deja de ser episódico y se vuelve sistémico.

Las reglas se perciben como ofensas personales; las críticas, como traiciones; las alianzas, como negocios de corto plazo. La política exterior termina siendo un reflejo del ego: reactiva, resentida, incapaz de autocontrol.


El símbolo que revela la realidad


Por eso importa lo que dice Ruffalo. No reemplaza el análisis académico; lo precede. El símbolo revela lo que el lenguaje técnico a veces oculta. Hulk es fuerza bruta que aprende límites. Trump es poder real que los rechaza. El contraste es pedagógico e inquietante.

La pregunta final no es solo por qué Trump hace lo que hace, sino por qué el mundo lo acepta. Mientras la respuesta sea miedo, dependencia o cálculo electoral, la erosión continuará. Las reglas no mueren de golpe; mueren concesión tras concesión.


Conclusión


La civilización no consiste en eliminar la fuerza, sino en someterla a límites. Cuando el líder de la mayor potencia del mundo trata las reglas como piezas móviles y la amenaza como lenguaje legítimo, el problema ya no es solo político: es civilizatorio. El monstruo que destruye ciudades es visible; el que destruye reglas actúa en silencio.

Hasta Hulk lo entendió. El mundo real todavía duda.


 
 
 

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