¡Hay vida!
Y esa es la gran diferencia entre solidaridad e ideología
Para las víctimas, sus familias, los rescatistas, los voluntarios y tantos colombianos que acudieron a ayudar.
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Hay frases que necesitan un discurso para explicarse. Otras necesitan un libro. Algunas, más pretenciosas, exigen un congreso internacional, tres expertos y un café malo.
Y hay dos palabras que no necesitan nada:
¡Hay vida!
Se escucharon en Pereira, una de las ciudades golpeadas por el terremoto que sacudió a Colombia. Mientras en distintas zonas del país se contaban muertos, desaparecidos y heridos, y se evaluaban los daños, allí una escena diminuta frente a la magnitud de la tragedia terminó diciéndolo casi todo.
Entre los escombros de una edificación, los rescatistas creyeron percibir una señal. Pidieron silencio.
Allí abajo había alguien.
Un hombre de 35 años había entrado a una panadería a comprar pan. Un acto tan ordinario que nadie habría pensado en recordarlo. Poco después estaba atrapado bajo toneladas de concreto. Afuera, bomberos, socorristas, vecinos y voluntarios removían escombros, cargaban baldes, llevaban agua, comida y máscaras. Unos buscaban. Otros cavaban. Otros esperaban.
Nadie organizó primero una comisión para averiguar por quién había votado el hombre.
Tampoco se consultó si era de derecha o de izquierda, conservador o progresista, uribista, petrista, antipetrista o miembro de alguna de esas nuevas especies políticas que Colombia produce con una fertilidad que ya quisieran sus cafetales.
Había vida.
Eso bastaba.
Y tal vez allí, en esa escena brutalmente sencilla, esté una de las diferencias más profundas entre solidaridad e ideología.
La solidaridad comienza por reconocer a una persona. La ideología, cuando se vuelve fanática, comienza por clasificarla.
No significa que las ideologías sean inútiles. Todo lo contrario. Las sociedades necesitan ideas sobre justicia, libertad, igualdad, propiedad, ambiente y desarrollo. Necesitan discutirlas, defenderlas y confrontarlas. Una democracia sin ideas sería apenas una administración de edificios públicos con elecciones de vez en cuando.
El problema comienza cuando dejamos de tener ideas y las ideas empiezan a tenernos.
Entonces aparece una curiosa contabilidad moral. El sufrimiento del amigo pesa cien; el del adversario, quince. La injusticia cometida por los nuestros merece contexto, antecedentes y quizá hasta una conferencia sobre las complejidades de la condición humana; la cometida por los otros exige condena antes del desayuno. Y si los hechos se ponen tercos, siempre queda ese antiguo recurso de cambiar de hechos.
Los escombros tienen menos paciencia con estas sutilezas.
Una losa de concreto no distingue entre oficialistas y opositores. Un edificio que cae desconoce las encuestas. Un terremoto no lee X. Y quien permanece atrapado debajo de una viga descubre, probablemente sin haberlo solicitado, una verdad elemental: antes de ser elector, contribuyente, empresario, trabajador, creyente, ateo, rico o pobre, es alguien que respira.
Pero la solidaridad no empieza cuando cae el edificio.
Ese sería el aprendizaje incompleto.
También hay solidaridad en impedir que caiga: en construir bien, fiscalizar en serio, estudiar los suelos, preparar hospitales, entrenar equipos de emergencia, organizar ciudades menos vulnerables y destinar a la prevención los recursos que la prevención necesita.
La solidaridad del rescate conmueve porque tiene rostros, perros, cascos, manos heridas y sirenas.
La solidaridad preventiva es menos fotogénica.
Un ingeniero calculando cargas sísmicas difícilmente será tendencia. Un funcionario haciendo cumplir una norma de construcción jamás competirá, en audiencia, con un político abrazando a un sobreviviente. La posteridad, que también tiene sus debilidades estéticas, prefiere el abrazo.
Pero quizás salvar una vida antes de que sea necesario rescatarla sea la forma más alta de solidaridad.
Hoy sabemos, además, que algunas actividades humanas pueden alterar incluso ciertos equilibrios geológicos. Eso no significa atribuir a la acción humana el terremoto que acaba de golpear a Colombia; significa recordar que la frontera entre naturaleza y sociedad es, a veces, menos nítida de lo que suponemos.
En todo caso, una catástrofe nunca termina donde ocurrió. Alcanza carreteras, hospitales, empresas, empleos, alimentos, familias y presupuestos públicos.
La naturaleza no conoce ministerios. Nosotros dividimos la realidad en secretarías porque algún archivador tenía que poner orden en el mundo.
Ella, por fortuna, jamás leyó el organigrama.
Algún día terminarán las operaciones de rescate. Las ciudades golpeadas empezarán a reconstruirse. Pereira volverá a hacer ruido. Colombia también.
Regresarán el Gobierno y la oposición, la derecha y la izquierda, las elecciones y esa entrañable costumbre nacional de convertir cualquier conversación en una pequeña constituyente.
Y qué bueno que vuelva la discusión.
Eso también es democracia.
Pero convendría que Colombia conservara algo de aquel silencio.
Cuando los rescatistas levantaron el puño, nadie preguntó quién estaba debajo de los escombros. Nadie preguntó qué pensaba, cuánto ganaba ni por quién votaba.
Preguntaron solamente si respiraba.
Y entonces llegó la respuesta.
Dos palabras.
Las suficientes:
¡Hay vida!
Tal vez esa sea, al final, la gran diferencia entre solidaridad e ideología.


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