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Imaginemos Boyacá como la Roma republicana: cómo sería un día de litigio en la práctica del Derecho Romano

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 3 feb
  • 3 min de lectura

Glênio S. Guedes (abogado de Brasil, y boyacense por corazón y alma)


Siempre que soy llamado a dar clases de Derecho Romano, aplico el método de la máquina del tiempo: transporto a los alumnos a uno de los períodos de la historia romana —la realeza, la república o el imperio— y les muestro, de forma vivida y dinámica, cómo se practicaba ese derecho magistral. Haré aquí lo mismo, pero con una licencia afectiva y deliberada: homenajear mi amada Boyacá, imaginándola, por un día, como si fuera la Roma republicana.

Imaginemos, entonces, que Boyacá amanece como Roma. Que el frío temprano, ese que obliga a pensar antes de hablar, cumple la misma función que el Foro: ordenar las ideas antes del litigio. No hay estrados ni micrófonos. Hay trato directo, palabras medidas y un respeto tácito por quien sabe decidir. Acá —como diría cualquier boyacense— más vale pensar bien que hablar de más.

Bochicha, pequeño propietario, hombre de paso firme y pocas quejas, llega con una inquietud concreta. Su vecino Quevedo, práctico y algo impaciente, ha cosechado frutos de una tierra cuya posesión ambos discuten desde hace meses. Bochicha no busca escándalo ni dramatismo. Quiere saber, antes que nada, si el derecho está de su lado.

—«Antes de dar papaya —dice con calma—, consultemos al que sabe».

Así llegan a la casa de El Chibcha Alfenus Varus, jurista de palabras contadas y autoridad reconocida (el mismo que la historia conoce como Alfenus Varus). La domus no es tribunal ni aula, pero allí se aprende más que en muchos libros. Entran personas, salen respuestas. Algunos jóvenes escuchan en silencio: aprenden mirando, que es como se aprende de verdad.

Bochicha expone el caso sin adornos. No hubo acuerdo. La posesión es controvertida. Quevedo no está presente; Roma —y Boyacá— confían en el relato sobrio y responsable.

El jurista pregunta lo indispensable:

—«¿La posesión era suya?»—«¿Hubo acuerdo?»

Las respuestas son claras: no y no.

El Chibcha Alfenus Varus reflexiona un instante. Luego dice, en un latín tan seco como eficaz —ese que también se entiende en Boyacá cuando toca decidir—:

Si fundus alienus est, fructus non debentur.

Traducción llana, sin vueltas: «Si la tierra es ajena, los frutos no se deben.»

Nada más. No explica. No moraliza. El responsum ya hizo lo suyo.

Con esa frase —más eficaz que un discurso—, Bochicha actúa. Va al pretor, no a lamentarse, sino a encuadrar jurídicamente el problema. El patrono menciona el nombre correcto, con respeto sin exageraciones:

—«Así respondió El Chibcha Alfenus Varus…»

El pretor concede la acción y fija la fórmula. El proceso sigue su curso. Quevedo decide defenderse. Alega buena fe e intenta una excepción. Discutir es legítimo; estirar la cuerda, no tanto.

El caso llega apud iudicem. El juez no es jurista profesional; es ciudadano. No inventa el derecho: aplica la fórmula. Escucha, sopesa y condena en dinero. En Roma —y también en nuestra Boyacá imaginada— los conflictos terminan en cifras, no en discursos.

Quevedo duda en pagar. No hay policía tocando la puerta. Bochicha no recurre a la fuerza privada —eso sería vis, y no se hace—. Vuelve al pretor y propone la actio iudicati. La amenaza de la ejecución patrimonial y de la infamia —esa vergüenza silenciosa que pesa más que una multa— resulta suficiente. Quevedo paga. El día continúa, sin estrépito.

Por qué empezar por Alfenus

De ahí que Roms Juristen – Nach ihrer Sprache dargestellt, cuyo título puede traducirse como «Los juristas de Roma, presentados a partir de su lenguaje», comience precisamente por Alfenus Varus.

Kalb no inicia su obra con el jurista más brillante ni con el más sistemático. Así se explica que empiece por aquel en quien el derecho romano comienza a hablar como derecho y no como retórica. En Alfenus, la lengua ya no sirve para convencer a una audiencia, sino para producir efectos jurídicos inmediatos.

Su latín es sobrio, funcional, casi oral, porque nace de la práctica cotidiana del responsum y del contacto directo con el caso concreto. Comenzar por Alfenus significa mostrar el momento de transición: cuando el derecho romano deja de explicarse con discursos largos y empieza a operar con frases breves, condicionales y decisorias.

Dicho en clave boyacense: no es que se hable poco; es que se dice lo justo y necesario. Y así, sin dar papaya, el derecho funciona.


 
 
 

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