Importa menos ser de derecha o de izquierda que ser incapaz de dialogar con la complejidad
- gleniosabbad
- 18 jun
- 4 min de lectura
Edgar Morin, Hannah Arendt y Leor Zmigrod ante una de las grandes confusiones de nuestro tiempo
“Tal vez la verdadera división de nuestro tiempo no esté entre derecha e izquierda. Tal vez esté entre quienes soportan la complejidad y quienes huyen de ella.”
Dedicatoria
Dedico estas líneas a la inteligencia entendida como resistencia contra la rigidez del pensamiento; a quienes todavía conservan el coraje de poner en duda sus propias certezas; y a quienes, en una época de trincheras ideológicas, siguen prefiriendo la incómoda compañía de las preguntas al cómodo refugio de las respuestas definitivas.
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Hay preguntas que ya no se hacen para conocer a una persona, sino para clasificarla.
Una de ellas aparece en los cafés, en las universidades, en las sobremesas familiares y hasta en los grupos de WhatsApp donde todo el mundo parece haber descubierto la fórmula para salvar la república.
La pregunta es sencilla:
—¿Usted es de derecha o de izquierda?
Lo curioso es que, muchas veces, quien la formula cree estar averiguando cómo piensa el otro, cuando en realidad solo intenta saber en cuál cajón debe guardarlo.
Quizás ahí comienza el problema.
No porque la derecha y la izquierda no existan. Existen. Han construido países, han inspirado reformas, han promovido libertades y también han cometido errores memorables. Forman parte de la historia moderna y sería absurdo ignorarlas.
Pero acaso la pregunta importante sea otra.
No qué piensa una persona.
Sino cómo piensa.
Ese es, precisamente, el territorio que explora Leor Zmigrod en O Cérebro Ideológico. Y lo hace con una conclusión que incomoda a unos y a otros por igual.
La autora sugiere que el problema no siempre está en las ideas, sino en la relación que establecemos con ellas.
Hay mentes conservadoras abiertas.
Hay mentes progresistas abiertas.
Y hay mentes que convierten cualquier idea en una fortaleza amurallada.
La diferencia no está necesariamente en la doctrina. Está en la rigidez.
Durante años se discutió por qué algunas personas abrazaban determinadas ideologías. Zmigrod propone mirar hacia otro lado: preguntarse por qué algunas personas parecen sentirse especialmente cómodas dentro de sistemas cerrados de pensamiento.
La pregunta es inquietante porque desplaza la atención desde las banderas hacia el cerebro.
Desde los partidos hacia la cognición.
Desde las consignas hacia la manera de procesar la realidad.
Mucho antes de que la neurociencia llegara a estos asuntos, Edgar Morin había advertido algo parecido. Decía que el pensamiento simplificador tiene una enorme capacidad de seducción.
Y no es difícil entender por qué.
La realidad es compleja.
Las explicaciones simples son cómodas.
La realidad está llena de matices.
Los eslóganes vienen listos para usar.
La ventaja de las explicaciones ideológicas más rígidas es que caben en una consigna.
La desventaja es que la realidad tiene la mala costumbre de no caber en ninguna.
La historia está llena de ejemplos.
El nazismo creyó haber encontrado una explicación total para los males de Alemania.
El estalinismo creyó poseer la llave definitiva de la historia.
La Revolución Cultural china convirtió la duda en sospecha y la complejidad en enemigo público.
Las banderas eran distintas.
El mecanismo mental era sorprendentemente parecido.
Y sería tranquilizador pensar que todo aquello quedó enterrado en el siglo pasado.
Pero los seres humanos suelen cambiar de uniforme con más facilidad que de hábitos.
Hoy las viejas plazas públicas han sido reemplazadas, en buena medida, por plataformas digitales que conocen nuestras preferencias mejor que muchos de nuestros amigos.
Los algoritmos descubrieron algo que los propagandistas siempre sospecharon: nos encanta escuchar aquello que confirma lo que ya creemos.
La confirmación tranquiliza.
La contradicción incomoda.
Por eso muchas veces no buscamos información.
Buscamos compañía para nuestras certezas.
Y una sociedad que solo busca compañía para sus certezas termina perdiendo la capacidad de aprender.
En Colombia, en Brasil y en buena parte de América Latina, el fenómeno resulta familiar.
Los mismos hechos producen relatos incompatibles.
Las mismas decisiones generan entusiasmos absolutos o rechazos absolutos.
Poco a poco, el adversario deja de ser alguien con quien se discute y pasa a convertirse en alguien cuya existencia intelectual parece intolerable.
Cuando eso ocurre, la política empieza a parecerse peligrosamente a una religión.
Y las democracias nunca han prosperado demasiado bien cuando los ciudadanos se ven unos a otros como herejes.
Por eso quizá el gran desafío de nuestro tiempo no sea inventar nuevas ideologías.
Tal vez sea aprender a convivir con la complejidad.
Eso no significa renunciar a las convicciones.
Significa impedir que las convicciones se conviertan en cárceles.
Tener principios no es el problema.
El problema aparece cuando dejamos de examinarlos.
Cuando dejamos de escuchar.
Cuando confundimos la firmeza con la incapacidad de aprender.
La ciencia avanza porque acepta la posibilidad del error.
La democracia sobrevive porque acepta la legitimidad de la discrepancia.
La filosofía permanece viva porque se niega a pronunciar la última palabra.
Quizás la madurez política tampoco consista en vivir sin creencias.
Quizás consista en defenderlas sin permitir que se conviertan en dueñas de nuestra libertad intelectual.
Porque, al final, tal vez la gran división de nuestro tiempo no esté entre conservadores y progresistas.
Ni entre derecha e izquierda.
Ni siquiera entre viejas y nuevas ideologías.
Tal vez la división más profunda sea entre quienes son capaces de convivir con la complejidad del mundo y quienes necesitan simplificarla para sentirse seguros.
Y acaso la verdadera libertad empiece justamente ahí: cuando comprendemos que ninguna doctrina, por brillante que parezca, es más grande que la realidad.
Bibliografía
ZMIGROD, Leor. O Cérebro Ideológico: uma ciência radical das mentes suscetíveis. Tradução de Jorge Pereirinha Pires. Alfragide: Publicações Dom Quixote, 2025. ISBN 978-972-20-8642-4.


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