La ameba de la democracia
- gleniosabbad
- 9 jul
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Cómo el populismo —de izquierda o de derecha— termina por devorar la capacidad de pensar precisamente en quienes están convencidos de que piensan mejor que todos.
«La verdadera ignorancia no consiste en carecer de conocimiento, sino en negarse a adquirirlo.» Karl Popper
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Conozco a un señor que antes decía pero.
Lo decía con una tranquilidad envidiable. Discutía con los amigos sin acabar la amistad, cambiaba de opinión sin sentir que perdía la honra y, de vez en cuando, tenía la rara costumbre de reconocer un buen argumento, incluso cuando venía del contradictor.
Era, por decirlo de alguna manera, un ciudadano sano.
Volví a encontrarlo años después.
Ya no decía pero.
Ahora todo era por lo tanto.
Había encontrado culpables para todas las desgracias del país y salvadores para todos los males de la República. Cada noticia confirmaba lo que ya pensaba; cada hecho reforzaba lo que ya creía; cada discrepancia era una prueba más de la perversidad del adversario.
Fue entonces cuando sospeché que padecía una enfermedad.
No del cuerpo.
Del juicio.
No vaya a creer el lector que estoy comparando personas con enfermedades. La analogía es otra.
Hace pocos días, la periodista Isabel Shaw contó, en un reportaje de la BBC News, la historia de la Naegleria fowleri, conocida como la "ameba devoradora de cerebros". Entra silenciosamente por la nariz, llega hasta el cerebro y destruye justamente el tejido responsable de la memoria, la conciencia y la identidad. El padre de una de las víctimas resumió aquella tragedia con una frase imposible de olvidar: "Se lleva tu cerebro; se lleva tus pensamientos; dejas de ser quien eras".
Hay discursos políticos que producen un efecto parecido.
No destruyen primero la inteligencia.
Destruyen la capacidad de vigilarla.
Y esa enfermedad tiene nombre.
Se llama populismo.
Da igual que venga envuelto en banderas de izquierda o de derecha. Que prometa la revolución o la restauración. Que invoque el futuro o añore un pasado que probablemente nunca existió. Cambian los colores; el mecanismo permanece intacto.
Los psicólogos llaman metacognición a esa curiosa capacidad de pensar sobre el propio pensamiento. Dicho sin solemnidades, es la costumbre de preguntarse si uno mismo podría estar equivocado.
No impide cometer errores.
Impide instalarse cómodamente en ellos.
Como ciertas infecciones oportunistas, el populismo no acaba con la inteligencia.
La anestesia.
El afectado sigue leyendo periódicos, viendo videos, citando autores y discutiendo de política con admirable entusiasmo. Lo único que pierde es la facultad de sospechar de sus propias certezas.
Y ahí comienza el verdadero problema.
Hace unos días, William Waack escribió en O Estado de S. Paulo que la polarización populista ha terminado por convertir el debate público en una competencia de mediocridades incapaces de ocuparse de los problemas verdaderamente importantes. Martin Wolf, en una columna publicada originalmente por el Financial Times y reproducida por Folha de S.Paulo, advertía que las democracias no empiezan a deteriorarse únicamente cuando aparecen líderes autoritarios, sino cuando se debilitan las virtudes cívicas, la confianza institucional y la disposición a aceptar límites al poder. Ambos describen síntomas políticos.
Yo sospecho que la enfermedad empezó mucho antes.
Quizá la crisis de las democracias sea, en el fondo, una crisis metacognitiva.
La pieza que me faltaba la encontré, curiosamente, en una columna sobre fútbol.
El escritor brasileño Sérgio Rodrigues observó que una pequeña palabra —pero— es una de las mayores demostraciones de inteligencia. Gracias a ella somos capaces de sostener dos ideas razonables al mismo tiempo: "Mi equipo jugó mal, pero ganó"; "Perdió, pero jugó mejor".
Creo que esa observación va mucho más allá del fútbol.
Las democracias hablan en adversativo.
Dicen pero, sin embargo, aunque, a pesar de.
Son palabras humildes, pero profundamente civilizadas.
Permiten admitir que el adversario puede acertar alguna vez y que el aliado también puede equivocarse.
Tal vez pueda decirse incluso algo más.
La democracia es la institucionalización del pero.
El Congreso dice: ganó la mayoría, pero la minoría seguirá hablando.
Los jueces responden: el gobernante fue elegido, pero continúa sometido a la Constitución.
Los derechos fundamentales recuerdan: la mayoría decidió, pero no puede decidirlo todo.
El populismo habla otro idioma.
Prefiere las conclusiones automáticas.
Por lo tanto.
Es mi líder; por lo tanto, tiene razón.
Es mi adversario; por lo tanto, miente.
Ya no se investiga para concluir.
Se concluye para no investigar.
Los primeros síntomas suelen ser discretos.
El enfermo deja de decir tal vez.
Después pierde el no sé.
Más tarde desaparece el depende.
En las fases avanzadas ya no consigue pronunciar pero, aunque conserva una extraordinaria facilidad para decir por lo tanto.
No parece grave para él.
Es grave para la República.
Por fortuna, todavía existe tratamiento.
Los buenos libros suelen dar buenos resultados. También las conversaciones honestas con quienes piensan distinto. La duda, administrada en dosis razonables, sigue siendo un excelente medicamento.
Desde entonces adopté una costumbre.
Antes de leer las noticias me hago una sola pregunta.
¿Todavía soy capaz de reconocer un buen argumento en alguien que piensa distinto de mí?
Cuando la respuesta tarda demasiado, me preocupa menos el estado de la política que el de mi propia inteligencia.
Sigo viendo, de vez en cuando, a aquel viejo conocido.
Nunca volvió a decir pero.
Y aunque conserva una memoria prodigiosa para recordar los errores ajenos, sospecho que olvidó el más importante: el derecho —y quizá el deber— de desconfiar de sí mismo.
Tal vez esa sea la enfermedad más silenciosa de nuestro tiempo. No la que hace perder la memoria, sino la que nos hace perder la costumbre de revisar nuestras propias certezas antes de revisar las de los demás.


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