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La estadística no es una condena: el uso jurídico de los números médicos

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 8 feb
  • 4 min de lectura

Por Glênio S. Guedes, abogado brasileño


En los estrados judiciales, pocas cosas impresionan tanto como un número bien puesto en un dictamen. “Mediana de sobrevida: ocho meses.” “Probabilidad de éxito: 30 %.” El juez asiente con gravedad, el abogado subraya en negrilla, el perito se reclina en la silla con la tranquila certeza de quien invocó una verdad que parece incontestable. Porque, ya se sabe, “los números no mienten”.

Ahí empieza el problema.

El libro de Tereza Wachowicz, Uma análise da linguagem médica (por uma paciente linguista), nos recuerda una obviedad que el Derecho suele olvidar: los números también son palabras. No caen del cielo como piedras; se pronuncian, se escriben, se acomodan en frases, y en ese trayecto adquieren poderes que nunca tuvieron en la hoja de cálculo. Un porcentaje mal entendido puede ser tan peligroso como una cláusula ambigua en un contrato.

La medicina contemporánea se apoya, con razón, en estadísticas: curvas de supervivencia, medianas, riesgos relativos. Es la era de la llamada “medicina basada en evidencias”. Pero la autora muestra con una claridad casi cruel que esas evidencias hablan un idioma distinto del que el paciente –y el juez– cree oír. Una mediana de sobrevida no es un reloj de arena individual; es apenas el punto en el cual, en un grupo grande de personas, la mitad vivió más y la mitad vivió menos. Es la foto borrosa de una multitud, no el retrato de un solo rostro.

El problema empieza cuando ese dato poblacional se desliza, silencioso, hacia la consulta y hacia el proceso judicial. Un oncólogo dice: “En esta enfermedad, la mediana de sobrevida es de ocho meses.” El paciente, lícito en su desesperación, escucha: “Usted tiene ocho meses de vida.” Y cuando el asunto llega al expediente, no es raro que el abogado escriba algo parecido a: “Estaba condenado de antemano” o “era previsible que no superara ese período”. El número, que nació como probabilidad, entra al mundo jurídico convertido en destino.

Wachowicz recupera el célebre caso de Stephen Jay Gould, biólogo que recibió ese mismo pronóstico de ocho meses y decidió leer la curva de supervivencia como lo que era: una distribución estadística, no una profecía personal. Observó la “cola” larga de la curva, los pacientes que vivían mucho más que la mediana, se ubicó intelectualmente entre ellos y, para incomodidad de cualquier dogmático, sobrevivió más de veinte años. No venció a la estadística; apenas la entendió.

Lo que Gould hizo, sugiere en sustancia la autora, fue un acto de traducción. Desarmó el encanto del número pronunciado con solemnidad y lo devolvió a su condición humilde de signo: algo que representa una tendencia en un grupo, no la biografía de una persona. Ese ejercicio, que un paciente excepcional realizó por su cuenta, es el que el Derecho, en general, raras veces se detiene a hacer.

En demandas por responsabilidad médica, en distintos sistemas jurídicos, no es raro ver razonamientos como estos: “La probabilidad de complicación era de solo 5 %, por tanto el resultado adverso demuestra negligencia”; o el inverso: “La chance de éxito era de apenas 10 %, de modo que el fallecimiento del paciente no puede generar reproche al profesional.” En ambos casos, se comete la misma falta: se toma un dato colectivo y se lo usa como si fuera una certeza sobre el individuo que está en el expediente. Es la versión judicial de confundir el pronóstico general del servicio meteorológico con el clima exacto del balcón de la casa.

La autora, paciente y lingüista, insiste en algo que al jurista le convendría conservar a la mano junto al código: probabilidad no es certeza. Un riesgo del 80 % no autoriza al médico a tratar al enfermo como si el 20 % restante no existiera; un éxito del 10 % no convierte cualquier desenlace en obra del destino. Entre el porcentaje y la vida concreta hay siempre un espacio de incertidumbre que ni el bisturí ni la sentencia pueden abolir.

Si el Derecho se toma en serio esa lección, tendrá que ajustar algunas manías. La primera, la de pedir al perito que responda a la pregunta imposible: “¿Con qué grado de certeza se debió tal resultado a la conducta del demandado?” La certeza, en medicina, es un bien escaso. Lo que hay son rangos, probabilidades, correlaciones. Obligar al experto a hablar como oráculo es empujarlo, con suavidad institucional, a mentir con buena conciencia.

La segunda manía es la de vestir de toga la falacia: convertir promedios en destinos individuales. Un juez prudente, inspirado por la desconfianza lingüística que recorre el libro de Wachowicz, debería interrogar cada cifra que entra al proceso: ¿describe un grupo o a esta persona concreta? ¿Es un dato bruto o una interpretación apresurada? ¿No estaremos usando el número como excusa elegante para evitar el trabajo más incómodo de mirar el caso en su singularidad?

Porque, al final, ese es el punto: detrás de la curva hay un cuerpo, y detrás del cuerpo, un sujeto. La autora, en un pasaje que abre su reflexión, recuerda el paradoxo de que nuestro cuerpo sea al mismo tiempo íntimo y público: nos pertenece, pero es administrado por protocolos, políticas, estadísticas. Lo que ella añade –y debería importar al Derecho en cualquier jurisdicción– es que esa administración se hace, antes que nada, con palabras. Y que ciertas palabras, cuando se pronuncian revestidas de número, hieren más hondo.

No se trata de desconfiar de la ciencia, ni de expulsar la estadística del expediente. Se trata de ponerla en su lugar. Que el juez la use como herramienta, no como oráculo; que el abogado la invoque con honestidad semántica, no como cortina de humo; que el perito, cuando hable de riesgo y de mediana, tenga el cuidado de advertir que está hablando de poblaciones, no de destinos escritos en piedra.

En cualquier país donde haya tribunales, médicos y pacientes, valdría la pena que, al encontrarse con un porcentaje en un dictamen médico, el operador jurídico se conceda un segundo de pausa. Y se pregunte, con la malicia saludable que aconsejaría cualquier buena profesora de lengua: “¿Qué me está diciendo, de verdad, este número? ¿Y de quién es la voz que habla por su boca?”

Puede que, al final, descubramos que la verdadera justicia, en materia de salud, empieza cuando el Derecho deja de tratar a las personas como puntos en una curva y vuelve a escucharlas como lo que siempre fueron: nombres propios, no cifras en un gráfico.


 
 
 

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