La filosofía es humana, no occidental
- gleniosabbad
- 23 nov 2025
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Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
À retenir (fls. 49, Roger-Pol Droit, Voyager dans les philosophies du monde, Espaces Libres) :
« Nous changeons de pays sans changer de cartes mentales. »
« Interrogations et méthodes philosophiques existent dans diverses cultures et langues.»
« La rationalité est partout la même, ses usages et leurs contextes peuvent être différents. »
Hay ideas que se vuelven tan grandes por repetirse que terminan pareciendo verdades eternas. Una de ellas, quizá la más persistente en la historia intelectual moderna, es la que afirma que la filosofía nació en Grecia y que desde entonces su lengua natural, su morada legítima, es Occidente. Esa idea, sin embargo, es un espejismo tardío, un mito elaborado por las filologías del siglo XIX, cuando Europa necesitaba un origen puro para la genealogía de su razón.
Roger-Pol Droit nos invita a mirar más hondo y más lejos: la filosofía nunca fue patrimonio de un continente. La filosofía es humana, nace donde haya seres humanos capaces de preguntarse por el sentido, de examinar sus certezas, de desconfiar de lo evidente. Por eso se encuentra entre los brahmanes que conversaron sobre el atman y el brahman, entre los sabios chinos que hablaban de la transformación incesante de las cosas, entre los comentaristas árabes que construyeron sistemas lógicos impecables, y también entre los griegos que hicieron del diálogo una herramienta de libertad.
Lo que cambia de un lugar a otro no es la capacidad de pensar, sino la lengua que sostiene ese pensamiento. Y cada lengua —como lo sabe cualquier poeta, cualquier lector, cualquier viajero— es un mundo. Pensar en griego no es pensar en sánscrito, y pensar en sánscrito no es pensar en chino clásico. Las palabras no son recipientes vacíos; son formas de mirar. Lo que una lengua destaca, otra lo disimula; lo que una lengua considera pregunta esencial, otra quizá lo resuelva sin nombrarlo. No obstante, detrás de esas diferencias palpita algo común: la racionalidad, la necesidad humana de entender, de argumentar, de distinguir entre lo que parece y lo que es.
Por eso Droit insiste: la racionalidad es universal, aunque sus usos sean distintos. No hay cultura sin rigor, sin una forma de razonamiento, sin una manera de someter las creencias al examen. Los métodos cambian, los conceptos se transforman, pero la exigencia de claridad, de sentido, de fundamento es la misma. Los griegos llamaron a eso logos, los indios lo incorporaron a la disciplina del espíritu, los chinos lo vieron en la armonía de la situación, los árabes lo elevaron a ciencia del argumento, y en todas partes se ejerció con la misma seriedad.
Entonces, ¿por qué Occidente creyó que era la única casa de la filosofía? No por una superioridad intrínseca, sino por una construcción histórica. Antes del siglo XIX, los manuales europeos incluían capítulos completos sobre sabidurías de India, China y Persia. Luego, cuando las naciones buscaban raíces exclusivas y prestigiosas, se borró esa diversidad. Europa decidió que la razón le pertenecía, y que lo demás eran religiones, misticismos o supersticiones. Ese mapa mental, como dice Droit, sobrevivió incluso cuando el mundo ya estaba globalizado.
Pero la filosofía no habita mapas, sino mentes. No se ata a un continente, sino a una capacidad humana que se renueva con cada pregunta. Es cierto que los griegos hicieron aportes inmensos; sería necio negarlo. Pero también los hicieron los pensadores de Nalanda, los comentaristas del Yijing, los filósofos del Islam clásico, los sabios africanos que debatían sobre la palabra, la vida y la persona antes de que Europa supiera siquiera que existían.
Decir que la filosofía es humana y no occidental no disminuye a Occidente: lo libera. Le permite verse como parte de un coro más amplio, donde cada tradición aporta algo a la melodía común del pensamiento. La filosofía no es un monumento en mármol; es un viaje. Y, como todo viaje auténtico, exige reconocer que hay muchas rutas, muchas voces, muchas brújulas.
Todas diferentes, todas necesarias. Porque lo único verdaderamente universal no es el repertorio de ideas, sino la chispa que hace posible preguntarlas. La chispa humana de la razón.


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