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La guerra de los rábulas: Génesis del legalismo colombiano

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 23 nov 2025
  • 3 Min. de lectura
"En vez de enfrentarse sobre el terreno, los tres capitanes resolvieron llevar el asunto directamente a España [...] Y allá se fueron los tres para pleitear unos con otros ante el Consejo de Indias."Antonio Caballero, Historia de Colombia y sus oligarquías, pág. 71.

Por Glênio S. Guedes ( abogado de Brasil )


Desde esta orilla brasileña, donde también padecemos la fiebre de los códigos y la superstición de los sellos, la lectura de Historia de Colombia y sus oligarquías de Antonio Caballero no se siente como una crónica extranjera, sino como un espejo familiar y terrible. Al observar la figura de Gonzalo Jiménez de Quesada, no veo solo al fundador de Bogotá, sino al arquetipo sombrío de nuestra profesión en este continente: el conquistador que cambió el acero por el inciso, el hombre que entendió que para someter a un mundo nuevo no bastaba con la pólvora; hacía falta la tinta.

Caballero lo define con una precisión quirúrgica: "guerrero y leguleyo". Para un jurista moderno, esta dualidad resuena con una ironía amarga. Quesada, ese licenciado de la Universidad de Alcalá, trajo a las selvas del Magdalena algo más letal que las enfermedades europeas: trajo el formalismo jurídico. Esa creencia, tan arraigada en nuestra América Latina —desde los tribunales de Río de Janeiro hasta las cortes de Cundinamarca—, de que la realidad puede ser enjaulada, anulada y reescrita por el decreto.

La conquista que narra Caballero no es una epopeya heroica, sino un trámite burocrático teñido de sangre. La escena del Requerimiento es la prueba reina de esta farsa: leerle a la selva y a unos indígenas atónitos un documento en lengua extraña, notificándoles que sus tierras eran ahora propiedad de un Rey ausente y un Papa lejano. Como abogado, reconozco allí la génesis de nuestro vicio más antiguo: el uso del lenguaje técnico no para comunicar o hacer justicia, sino para "hacerse desentender". Quesada inauguró la estrategia de crear un abismo lingüístico donde el despojo se disfraza de derecho positivo. Se confesaba antes de matar, logrando que el crimen, una vez protocolizado por el escribano y absuelto por el cura, adquiriera la asepsia de un expediente cerrado.

Pero es el encuentro en la sabana de Bogotá el que me revela, con mayor fuerza, la raíz compartida de nuestras desgracias institucionales. Allí convergieron Quesada, Belalcázar y Federmán. Tres ejércitos, tres ambiciones, un solo botín. La lógica de la historia humana pedía guerra; la lógica de Quesada impuso el pleito.

Fue exactamente el 27 de abril de 1539 cuando esta ficción adquirió solemnidad. En aquella fecha, en lugar de desenvainar las espadas para una batalla final, los tres capitanes oficializaron la fundación jurídica de la ciudad y decidieron irse a España a demandarse mutuamente. Transformaron la guerra en litigio. Al leer esto, es inevitable pensar en nuestra propia herencia de bachilleres y doctores en Brasil, esa casta que cree que los conflictos sociales no se resuelven en la realidad, sino en el laberinto de los tribunales. Quesada fundó allí, en ese 1539 de papel y de burocracia, lo que en Colombia llamarían "santanderismo", pero que es en realidad un mal continental: la fe mágica en que el papel timbrado tiene más peso que la verdad fáctica.

La fundación misma fue un acto de ilusionismo registral. Con apenas doce chozas de paja batidas por el viento, Quesada ya había nombrado regidores y alcaldes con la pompa de una corte europea. Fundó el Estado antes que la sociedad; creó la burocracia antes que la ciudadanía. Repartió cargos para una ciudad ficticia, inaugurando esa tradición de pseudo-privilegiados cuya autoridad emana de entender las reglas de un juego que excluye a la inmensa mayoría.

Quesada murió leproso y arruinado, persiguiendo el mito de El Dorado, pero su fantasma sigue litigando en los pasillos de nuestros palacios de justicia. Al cerrar el libro de Caballero, queda la certeza de que la "violencia legalizada" no es solo patrimonio colombiano. Es la herida abierta de una América Latina que, siglos después, sigue atrapada en la tinta de aquel licenciado que nos enseñó, para nuestro mal, que la pluma puede ser más cruel, más selectiva y más opresora que la espada.


Bibliografía


  • Caballero, Antonio. (2018). Historia de Colombia y sus oligarquías. Bogotá: Editorial Planeta Colombiana / Crítica; Ministerio de Cultura - Biblioteca Nacional de Colombia.

 
 
 

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