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¿La justicia depende del desayuno? Crónica de una "jurisprudencia digestiva"

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 10 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


Oigan bien esto, porque parece chiste, pero es una de esas verdades que se susurran con cierta malicia en los pasillos de los juzgados, entre expedientes polvorientos y tintos cargados. Hay un viejo refrán, tan antiguo como la misma maña de pleitear, que dice que "la justicia es lo que el juez comió al desayuno".

¡Hágame el favor! Uno pensando que la ley es ciega, solemne y rigurosa, y resulta que, según las malas lenguas, podría depender de si al señor magistrado le cayeron pesados los huevos pericos de la mañana. A esto, con mucha sorna, lo han llamado la "jurisprudencia digestiva".

Me puse a leer un libro que tengo aquí sobre el escritorio, una joya llamada Elementos de Metodologia Jurídica, del profesor José Lamego. Y permítanme que les eche el cuento de lo que encontré, porque el asunto es de no creer.

El profesor Lamego se mete en la candela y nos habla de unos señores gringos de principios del siglo pasado, los del "Realismo Jurídico". Tipos como Jerome Frank, que no tenían pelos en la lengua. Ellos decían, sin sonrojarse, que eso de la "certeza jurídica" es pura carreta. Sostenían que el juez no es una máquina de silogismos, sino un ser humano de carne y hueso, con sus neuras, sus prejuicios y, por supuesto, sus hambres. Para ellos, el juez primero decide con el instinto —con la "corazonada", dirían las abuelas— y luego busca en la ley cualquier inciso que le sirva para justificar lo que ya decidió.

Lamego llama a esto "escepticismo", y con razón. Porque, si eso es verdad, estamos en manos del azar. Sería el reino del capricho.

Pero no vayan a creer que esto es solo filosofía barata. La ciencia moderna, esa que no come cuento, ha metido la cucharada. Hay un estudio famoso hecho en Israel que lo deja a uno frío. Unos investigadores se pusieron a analizar decisiones de jueces que otorgaban libertades condicionales.

¿Y saben qué descubrieron? Agárrense de la silla: al comienzo del día, después de un buen desayuno, los jueces soltaban al 65% de los presos. ¡Una belleza! Pero a medida que pasaban las horas y el estómago empezaba a rugir, la benevolencia se iba al piso. Justo antes del almuerzo, cuando el juez ya está pensando en la bandeja paisa o en el ajiaco, la posibilidad de que soltaran a alguien bajaba casi a cero. ¡Cero!

Luego de almorzar, con la barriga llena y el corazón contento, la tasa volvía a subir al 65%. ¡Qué vaina tan seria! Resulta que la libertad de un cristiano depende de los niveles de glucosa del que tiene el mazo en la mano.

Pero calma, que no todo está perdido. Aquí es donde el profesor Lamego entra a poner orden en la casa. Él no niega que el juez sea humano —faltaba más—, ni que tenga hambre. Pero nos dice que para eso existe la Metodología Jurídica.

La metodología no es otra cosa que un freno de mano para los caprichos. Lamego nos explica que el Derecho ha inventado una serie de "trabas" racionales. El juez puede tener la corazonada que quiera, o el hambre que sea, pero el sistema lo obliga a pasar por el aro de la argumentación. Tiene que justificar, tiene que ponderar, tiene que demostrar que su decisión cuadra con la Constitución y los principios. Es lo que llaman la "carga de la argumentación".

En otras palabras, la metodología jurídica es esa dieta estricta que le imponemos a la razón para que el hambre no se devore a la justicia. Es el antídoto contra la arbitrariedad.

Así que, la próxima vez que entren a un juzgado, recen para que el juez haya desayunado bien. Pero confíen, sobre todo, en que haya estudiado su metodología. Porque como bien nos enseña Lamego, sin método, somos rehenes del estómago; con método, somos súbditos de la razón.

Y esa, salvo mejor juicio, es la pura verdad. Porque al final del día, entre códigos y sentencias, seguimos siendo humanos, demasiado humanos.

¿O no es así? ¿Está de acuerdo conmigo, don Machado de Assis?


 
 
 

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