La Palabra es Signo y Fragmento Conceptual del Mundo. ¿Somos conscientes de ello?
- gleniosabbad
- 9 dic 2025
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Autor: Glenio S. Guedes ( abogado de Brasil )
«Cada palabra es un pedazo del universo. Un pedazo que le hace falta al universo. Todas las palabras juntas forman el Universo.»— Almada Negreiros
Hay libros que no se limitan a acompañarnos: nos despiertan. El de Mário Vilela pertenece a esa estirpe luminosa que nos recuerda que la palabra vive, que cada término que pronunciamos encierra una respiración del mundo y un estremecimiento propio. Caminamos entre palabras como quien atraviesa un bosque antiguo, sin advertir que cada tronco, cada hoja, cada fruto es una experiencia humana convertida en signo.
En la escuela nos dijeron que la palabra era un signo. Pero el signo es apenas la fachada. El verdadero cuerpo de la palabra está en lo que conserva: capas de tiempo, resonancias de generaciones, huellas de pensamientos que no nos pertenecen y, aun así, nos configuran. Ninguna palabra llega pura: todas llevan consigo la carga de sus usos, de sus luchas, de los mundos que alguna vez describieron o inventaron.
La metáfora —esa lámpara que encendemos sin saber— nos antecede. Antes de que el ser humano pensara metafóricamente, ya la metáfora pensaba por él. El cuerpo, intentando orientarse, proyectó sus sensaciones sobre el mundo: habló de peso para nombrar la angustia, de calor para llamar al afecto, de altura para honrar la dignidad. No eran adornos: eran rastros vivos.
Por eso Vilela insiste: la metáfora no embellece; estructura. Es la primera arquitectura de la mente. Sin ella, el pensamiento caminaría a oscuras.
Y, sin embargo, pronunciamos palabras como quien respira sin escuchar su propio pecho. Cada palabra que decimos entra al mundo con una inclinación secreta: una forma de ver. ¿A quién convocamos cuando decimos pueblo? ¿Qué temblor calmamos cuando decimos seguridad? ¿Qué heridas despierta la palabra corrupción? Cada término está lleno de marcos conceptuales, de intuiciones históricas, de sombras y claridades que no controlamos.
Ignorar esto es vivir bajo el poder del lenguaje creyendo que lo dominamos.
Nombrar es siempre un acto de responsabilidad. Una palabra abre un camino y cierra otros; ilumina un paisaje y deja otro en penumbra. Almada tenía razón: cada palabra falta al universo, porque al pronunciarla completamos un modo posible de ver. Lo que no sabemos nombrar rara vez lo veremos con nitidez.
Por eso urge una educación de la escucha: escuchar las palabras como quien oye un río subterráneo donde murmuran siglos. La lengua es una herencia iluminada por todas las vidas que la usaron, y repetir una palabra es participar, aunque no lo sepamos, en esa corriente continua de sentido.
Al final queda la pregunta:¿somos conscientes de que cada palabra es un fragmento conceptual del mundo?
A menudo no. Pero basta ver cómo un término nuevo altera el ánimo de un país para comprender el poder de las palabras que ya existen. Hay universos esperando un nombre, y nombres esperando que alguien les devuelva su fulgor.
Tomar conciencia de esto no es un lujo: es aprender a vivir con lucidez en el mundo que nuestras palabras construyen.
Bibliografía
VILELA, Mário. Metáforas do Nosso Tempo. Coimbra: Almedina.


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