La púrpura imperial es una bella mortaja: cuando una mujer se vuelve corresponsable del Corpus Iuris Civilis
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
La historia del derecho tiene una vieja costumbre: reserva sus mejores sillas para los hombres.
Justiniano ordena. Triboniano compila. Los juristas clasifican. Y de aquel trabajo monumental surge una de las obras jurídicas más influyentes de todos los tiempos. Todo parece perfectamente organizado, como suelen parecer las catástrofes cuando se cuentan quince siglos después.
Pero en enero del año 532 Constantinopla estaba ardiendo y el emperador pensaba huir.
Entonces apareció una mujer.
Se llamaba Teodora.
Procopio de Cesarea le atribuye una frase que ha sobrevivido a imperios, guerras y bibliotecas incendiadas: “La púrpura imperial es una bella mortaja”.
Dicho en buen romance: antes muerta como emperatriz que viva como fugitiva.
Una revolución que comenzó en el hipódromo
La Revuelta de Niká había comenzado entre los Azules y los Verdes, las grandes facciones de las carreras de cuadrigas. Llamarlas simples barras deportivas sería como explicar una tormenta hablando únicamente de las gotas de agua.
Eran también redes de identidad, influencia y poder.
Había malestar por los impuestos, resistencia a las reformas administrativas y sectores aristocráticos deseosos de quitarse de encima a Justiniano. El grito ¡Niká! —“¡vence!”— dejó de animar a los aurigas y se convirtió en consigna contra el emperador.
La ciudad se incendió. Fue destruida la iglesia que precedió a la actual Hagia Sophia. Los rebeldes proclamaron emperador a Hipacio.
Justiniano pensó escapar por mar.
Y ahí fue Troya.
Según Procopio, Teodora se opuso. Podían huir, sí, pero ella no tenía interés alguno en descubrir las comodidades del exilio.
Justiniano se quedó.
Belisario y Mundo reprimieron la rebelión. El Hipódromo terminó convertido en una carnicería. Las fuentes antiguas hablan de unos treinta mil muertos, cifra que conviene recibir con prudencia, aunque la magnitud de la matanza está fuera de discusión.
La rebelión terminó.
El reinado, no.
¿Y qué tiene que ver Teodora con el derecho?
Muchísimo, aunque no de la manera que podría pensarse.
Cuando ocurrió la revuelta, la gran empresa legislativa de Justiniano ya estaba en marcha. El primer Codex Justinianus había sido promulgado en 529 y la comisión del Digesto, encabezada por Triboniano, trabajaba desde 530.
Pero faltaba mucho.
Las Institutiones y el Digesto aparecieron en 533; la segunda edición del Codex, en 534; después vendrían las Novellae.
Conviene incluso recordar que Justiniano nunca llamó al conjunto Corpus Iuris Civilis. Esa denominación se consolidaría siglos más tarde.
Por eso sería un disparate afirmar que Teodora “hizo” el Corpus. No escogió textos de Ulpiano, no organizó fragmentos de Paulo ni se sentó con Triboniano a corregir manuscritos.
Pero la pregunta interesante es otra:
¿qué habría ocurrido con la compilación si Justiniano hubiera huido, muerto o perdido el trono en 532?
No lo sabemos.
La historia no permite devolver la película, sacar a Teodora de la escena y volver a proyectarla.
Sí permite razonar.
La conclusión del proyecto jurídico dependía, en buena medida, de la continuidad del gobierno que lo impulsaba. La continuidad de ese gobierno dependió de superar la Revuelta de Niká. Y, según nuestra principal fuente antigua, Teodora tuvo un papel decisivo en la decisión de resistir.
He ahí su corresponsabilidad.
No es autoría jurídica. Es causalidad histórica.
Y la diferencia importa.
También se ha discutido su influencia sobre determinadas normas justinianeas relativas a las mujeres, el matrimonio, la prostitución y ciertas formas de explotación femenina. Hay indicios que merecen atención, pero adjudicarle toda norma favorable a las mujeres sería cambiar la historia por una novela edificante. Y de novelas edificantes ya tenemos suficientes.
Dos monumentos
De las ruinas de Niká surgió la nueva Hagia Sophia, inaugurada en 537.
De la supervivencia del régimen pudo continuar la construcción jurídica de Justiniano.
Una fue levantada con piedra, mármol, luz y oro.
La otra, con obligaciones, acciones, contratos, sucesiones y fragmentos de antiguos juristas.
Una era arquitectura del espacio.
La otra, arquitectura del derecho.
Hagia Sophia sigue dominando Estambul. El derecho justinianeo atravesó los siglos, llegó a las universidades medievales, alimentó el ius commune y dejó sus huellas en las codificaciones modernas.
Teodora no escribió una sola línea del Digesto.
Hizo algo diferente: en el momento crítico, ayudó a mantener en pie el mundo político que permitió terminarlo.
Tal vez por eso merezca un lugar junto a Justiniano y Triboniano en la genealogía del Corpus Iuris Civilis.
Un lugar pequeño, desde luego.
Una nota al pie estaría bien.
Al fin y al cabo, las notas al pie han sido siempre el sitio predilecto de la historia para acomodar a las mujeres que ayudaron a mantener en pie el texto principal.


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