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Las dos farmacias de la democracia

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 5 jul
  • 3 min de lectura

Un paseo por Bogotá para recordar por qué la libertad depende de las leyes y del coraje cívico

«¡Colombianos! Las armas os han dado la independencia; las leyes os darán la libertad.» Francisco de Paula Santander

A Bogotá, porque hay ciudades que se visitan y otras que educan. Entre la Plaza de Bolívar y la Plazoleta de las Aguas aprendí que la democracia no es una promesa de perfección, sino una paciente obra de memoria, instituciones y coraje cívico.


Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


Bogotá tiene, para mí, dos pequeñas farmacias de la democracia. Siempre que regreso, vuelvo a ellas. Primero, la piedra donde está grabada la célebre frase atribuida a Santander, frente al Palacio de Justicia, en la Plaza de Bolívar. Después, el monumento a La Pola, en la Plazoleta de las Aguas. No es superstición ni turismo con pretensiones de catecismo. Es disciplina. En tiempos en que tantos ofrecen remedios milagrosos para los males de la política, prefiero un antídoto menos vistoso: la lucidez. No suele ganar elecciones, pero más de una vez ha salvado repúblicas.

Las ciudades también escriben libros. Solo que lo hacen con piedra, bronce y memoria.

La frase de Santander encierra una distinción que las democracias olvidan con demasiada facilidad. La independencia y la libertad no son la misma cosa. La primera puede conquistarse en los campos de batalla; la segunda exige leyes, instituciones y límites. Cambiar una bandera resulta más sencillo que aprender a limitar el poder. Las armas pueden expulsar a un dominador; únicamente las leyes impiden que otro ocupe su lugar.

No es casual que esa inscripción permanezca frente al Palacio de Justicia. Allí recuerda, con una serenidad casi incómoda, que la libertad no depende de la buena voluntad de quienes gobiernan, sino de reglas capaces de sobrevivir incluso a los gobernantes mejor intencionados. Las repúblicas maduras no descansan sobre hombres extraordinarios, sino sobre instituciones suficientemente fuertes para recordarles que nadie está por encima de ellas.

A pocos pasos aparece La Pola.

Su historia pertenece a la independencia, pero su significado pertenece al presente. Capturada y ejecutada en 1817 por mantenerse fiel a la causa patriota, Policarpa Salavarrieta convirtió su muerte en una lección de dignidad cívica. Su monumento no celebra únicamente el pasado. Interroga el presente.

Santander recuerda que la libertad necesita leyes.

La Pola recuerda que las leyes necesitan ciudadanos dispuestos a defenderlas cuando hacerlo deja de ser cómodo.

Entre ambos nace una idea sencilla y, al mismo tiempo, exigente: una democracia constitucional no vive solamente de normas; vive también de virtudes públicas.

Ese es, quizá, el principio activo de estas dos farmacias: el límite.

Vivimos una época que suele desconfiar de esa palabra. Se repite que los límites estorban, que los controles retrasan las soluciones y que las instituciones complican lo que un liderazgo fuerte podría resolver en un instante. La promesa seduce porque simplifica.

Sin embargo, la historia suele contar otra versión.

Las repúblicas rara vez desaparecen de un día para otro. Se erosionan poco a poco, mediante excepciones sucesivas. Primero se relativiza una garantía porque «las circunstancias lo exigen». Luego se desacredita a los jueces porque «no entienden al pueblo». Más tarde se descalifica a la prensa, a las universidades o a los organismos de control. Cuando alguien advierte el peligro, las instituciones siguen en pie, pero ya han perdido la capacidad de contener el poder.

Ese riesgo no pertenece a una ideología específica. Toda corriente política que pretenda monopolizar la verdad termina mirando con desconfianza cualquier institución capaz de decirle «no». Cambian los discursos, los colores y los protagonistas; la tentación permanece.

Por eso la democracia nunca puede reducirse al momento electoral. Las urnas escogen gobernantes; el Estado de derecho les recuerda que ninguna victoria autoriza a gobernar por encima de las reglas comunes.

Cada vez que termino este recorrido por el centro histórico de Bogotá tengo la impresión de no haber visitado únicamente dos monumentos. Salgo con la sensación de haber conversado con dos viejos maestros de la vida republicana.

Uno enseña que la libertad necesita leyes.

La otra, que las leyes necesitan coraje cívico.

Entre ambos comprendo que la democracia no es un estado de entusiasmo, sino un ejercicio de disciplina. Exige aceptar límites incluso cuando favorecen al adversario; defender instituciones aun cuando contradicen nuestras preferencias; recordar que ninguna causa merece sobrevivir si para hacerlo debe destruir las reglas que garantizan la libertad de todos.

Por eso volveré siempre a esas dos pequeñas farmacias de la democracia. No porque espere encontrar respuestas nuevas, sino porque ciertas verdades necesitan recordarse una y otra vez para seguir siendo verdaderas.

En tiempos de fiebre política, quizá no exista medicina más necesaria.

 
 
 

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