Lo más inquietante no es que todavía no pensemos,sino que ya no sepamos qué significa pensar
- gleniosabbad
- 19 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Hay frases que no envejecen porque no describen una época: la desenmascaran. Cuando Heidegger escribió que lo más inquietante no es que todavía no pensemos, sino que no sepamos qué significa pensar, no estaba lamentándose por la pereza intelectual de su tiempo. Estaba diagnosticando algo más hondo: una transformación silenciosa en nuestra relación con el sentido.
Hoy, en la era de la inteligencia artificial, esa frase ha dejado de ser filosófica para volverse casi periodística. Nos rodean respuestas rápidas, textos impecables, decisiones instantáneas. Todo funciona. Y, sin embargo, algo esencial se ha desplazado. No es que hayamos dejado de producir ideas. Es que hemos empezado a confundir pensar con calcular, comprender con procesar, decidir con ejecutar.
Pensar, para Heidegger, nunca fue una destreza técnica. No consistía en llegar más rápido a una conclusión ni en optimizar resultados. Pensar era, ante todo, hacerse responsable del sentido de lo que aparece como verdadero, justo o válido. Pensar era permanecer junto a la pregunta, no clausurarla con eficiencia.
La historia de Occidente, vista desde esta perspectiva, puede leerse como una sucesión de fundamentos últimos, de fundamenta inconcussa: principios que no se discuten porque todo lo demás se apoya en ellos. El eidos de Platón, la ousía de Aristóteles, el cogito de Descartes, el sujeto trascendental, el absoluto, la voluntad de poder. Cada época tuvo su suelo firme, invisible precisamente porque parecía indiscutible.
Nuestra época también lo tiene. Y no se llama idea, ni sujeto, ni razón. Se llama dispositivo.
La técnica —y hoy, de manera paradigmática, la inteligencia artificial— dejó de ser un instrumento para convertirse en horizonte. No la usamos: vivimos dentro de ella. Ya no preguntamos si algo es justo o verdadero, sino si funciona, si es eficiente, si produce resultados confiables. El fundamento ha cambiado de lugar. Ahora es operativo.
Aquí aparece el equívoco central de nuestro tiempo. Se habla de la “obsolescencia del abogado”, del juez, del profesor. Se discuten profesiones que podrían desaparecer, tareas que la IA realiza mejor, más rápido, más barato. Pero ese no es el verdadero peligro. Las profesiones siempre han cambiado. Algunas mueren, otras nacen. Eso es historia social.
Lo verdaderamente inquietante es otra cosa: la obsolescencia de la pregunta por el fundamento.
Cuando un juez afirma que basta con introducir un prompt para obtener una sentencia, cuando un abogado se tranquiliza diciendo que la IA redacta mejor que él, cuando el estudiante delega por completo el acto de pensar, no estamos ante simple comodidad tecnológica. Estamos ante una renuncia silenciosa: la renuncia a responder por el sentido de lo que se hace.
El Derecho, desde siempre, no se definió solo por decidir, sino por justificar. La fundamentación no es un adorno retórico: es el lugar donde el Derecho se reconoce como Derecho. Sin ella, la decisión puede ser eficaz, pero ya no es responsable. Funciona, pero no sabe por qué.
Cuando el fundamento se vuelve dispositivo, ya no se pregunta “¿por qué esto vale como decisión?”, sino apenas “¿sirve?”. El error deja de ser injusticia y se convierte en falla técnica. La responsabilidad se diluye en el sistema. Nadie responde; el algoritmo opera.
Este es el desierto del que hablaba Heidegger. Un mundo lleno de respuestas, pero vacío de preguntas esenciales. Un mundo donde todo marcha, pero nadie sabe muy bien hacia dónde ni en nombre de qué.
La inteligencia artificial no es peligrosa porque piense. Es peligrosa porque nos acostumbra a aceptar resultados sin preguntar por su fundamento. No nos sustituye; nos desplaza. Nos retira, poco a poco, de la posición desde la cual el sentido se interroga.
Pensar, hoy, se ha vuelto un acto de resistencia. No contra la técnica, sino contra su silenciosa absolutización. Resistir no es apagar máquinas, sino negarse a confundir funcionamiento con verdad.
Lo más inquietante, en efecto, no es que todavía no pensemos. Es que empezamos a creer que ya no es necesario saber qué significa pensar.
Y un Derecho que deja de hacerse esa pregunta puede funcionar perfectamente. Pero corre el riesgo de ya no saber si sigue siendo Derecho.


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