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Los hilos invisibles de la civilización

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 28 jun
  • 4 min de lectura

Por qué los cimientos más importantes de la vida en común son, precisamente, aquellos que casi nunca vemos


«Lo esencial es invisible a los ojos.» Antoine de Saint-Exupéry

Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)



Hay tragedias que pertenecen a la crónica judicial. Otras, aunque igualmente dolorosas, consiguen escaparse de la noticia y convertirse en preguntas sobre la condición humana. No porque un solo episodio pueda explicar a un país entero —semejante conclusión sería intelectualmente temeraria—, sino porque ciertos hechos iluminan, como un relámpago en noche cerrada, verdades que llevaban mucho tiempo esperando ser vistas.

Algo de eso ocurrió cuando el sociólogo brasileño Muniz Sodré, profesor emérito de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), publicó en el diario Folha de S.Paulo, uno de los periódicos de mayor circulación e influencia en Brasil, el 27 de junio de 2026, el artículo «Um destino tão funesto» («Un destino tan funesto»). A partir de la muerte de una joven durante un salto de rope jump en el estado de São Paulo, el autor construye una reflexión que trasciende el episodio concreto y lo convierte en una metáfora del apagón de la atención y de la responsabilidad que, en determinadas circunstancias, puede alcanzar tanto a las personas como a las instituciones.

Más que responder esa pregunta, estas páginas prefieren formular otra.

¿Qué sostiene realmente a una civilización?

No hablo de puentes de acero ni de edificios de concreto. Hablo de esas estructuras silenciosas que hacen posible la vida cotidiana y cuya existencia apenas recordamos mientras cumplen su tarea. Porque el verdadero milagro de una sociedad no consiste solo en construir grandes obras, sino en lograr que millones de personas convivan cada día sin reparar siquiera en aquello que las mantiene unidas.

La normalidad es una artesanía silenciosa.

Su mayor triunfo consiste en parecer natural.

Nos parece normal que un avión aterrice, que un juez dicte sentencia, que un cirujano concluya una operación con éxito, que el agua salga de la llave al abrirla o que un desconocido respete un semáforo en plena madrugada. Pero nada de eso ocurre por casualidad. Cada uno de esos actos descansa sobre una delicada red de confianza, memoria, lenguaje, instituciones y responsabilidad.

Son los hilos invisibles de la civilización.

El primero de ellos es la confianza. Vivimos rodeados de personas cuyo nombre jamás conoceremos y, sin embargo, ponemos en sus manos una parte de nuestra vida. Confiamos en el conductor del bus, en quien inspeccionó un puente, en el controlador aéreo, en el farmacéutico, en el maestro, en el juez. Sin esa confianza elemental, la convivencia se volvería un viacrucis.

El segundo hilo es la atención. No solo la atención de los sentidos, sino la atención moral. Prestar atención es reconocer que el otro existe y que nuestros actos nunca viajan solos. Muchas tragedias no nacen de la maldad; nacen del descuido. En buen castellano americano, de bajar la guardia cuando más hacía falta mantenerla en alto.

El tercero son las instituciones. Las sociedades maduras no sobreviven porque todos sean virtuosos, sino porque han aprendido que el ser humano es falible. Los protocolos, las verificaciones y los controles no expresan desconfianza; expresan sabiduría. Saben que la prudencia cuesta menos que el arrepentimiento.

El cuarto hilo es la memoria. Los pueblos suelen olvidar por qué existen ciertas normas. Con el tiempo las consideran exageradas, incómodas o anticuadas. Solo cuando desaparecen descubren que aquellas reglas eran cicatrices de antiguas tragedias y no simples caprichos burocráticos.

El quinto es el lenguaje. Una democracia vive de palabras que obligan: la Constitución, los contratos, las promesas, las sentencias. Cuando las palabras dejan de valer, el Derecho comienza a deshilacharse.

Todos esos hilos forman una sola trama.

Por eso las sociedades rara vez se derrumban de un día para otro. Primero dejan de valorar aquello que todavía las sostiene. Después confunden la estabilidad con una ley de la naturaleza. Finalmente descubren, demasiado tarde, que la convivencia también necesita mantenimiento.

Las fronteras políticas separan los Estados; las metáforas, en cambio, suelen ignorar los mapas. Un accidente ocurrido en una ciudad brasileña puede decir algo a Bogotá, a Medellín o a Cartagena, lo mismo que una historia colombiana puede iluminar una inquietud brasileña. Cambian los escenarios; permanece la condición humana.

Tal vez por eso esta reflexión no pretende hablar únicamente de Brasil, donde ocurrió la tragedia que inspiró estas líneas. Tampoco pretende hablar solamente de Colombia, país al que regreso siempre con el afecto que se reserva a las conversaciones que nunca terminan. Habla de esa América Latina que, entre montañas, selvas, llanuras y mares, sigue intentando sostener la vida pública sobre hilos mucho más frágiles de lo que solemos admitir.

En nuestros países, las grandes crisis suelen discutirse cuando ya hicieron estruendo. Hablamos de corrupción, de violencia, de desconfianza institucional, de promesas rotas y de palabras que dejaron de obligar. Mucho menos hablamos de aquello que, silenciosamente, evita que todo empeore: el servidor público honesto, el profesor que forma ciudadanos, el médico que cumple su deber, el periodista que verifica antes de publicar, el vecino que respeta la fila sin que nadie se lo exija.

Esas historias casi nunca llegan a la primera página.

No venden titulares.

Pero sostienen nuestros países.

Mientras los periódicos suelen abrir sus páginas con el ruido de las caídas, la verdadera historia de América Latina continúa escribiéndose, en silencio, gracias a millones de personas que simplemente cumplen con su deber.

Quizá esa sea, precisamente, la mayor virtud del ensayo de Muniz Sodré. No afirmar que un accidente pueda explicar un país entero, ni mucho menos un continente, sino ofrecer una metáfora capaz de iluminar una pregunta mucho más amplia: ¿qué sostiene realmente una civilización cuando nadie repara ya en los hilos que la mantienen en pie?

Por eso un episodio ocurrido en Brasil puede suscitar una conversación que también interpela a Colombia y, en realidad, a toda América Latina. Las fronteras cambian; las preguntas esenciales permanecen. Las metáforas no reemplazan las pruebas; amplían el horizonte de la comprensión.

Y tal vez la historia enseñe una lección sencilla y, al mismo tiempo, incómoda: las civilizaciones rara vez caen porque les falten puentes.

Caen cuando dejan de cuidar los hilos invisibles que las mantienen suspendidas sobre el abismo.

 
 
 

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