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Machado de Assis entrevista con Cervantes en el más allá — y descubre que los algoritmos todavía no saben reír

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 16 mar
  • 3 min de lectura
“Como decía mi abuela, sólo dos linajes hay en el mundo: los de los que tienen y los de los que no tienen.” — Don Quijote, II, 20

Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


Dicen que el más allá es silencioso. No estoy tan seguro. Las afirmaciones demasiado categóricas suelen ser más dogmáticas que verdaderas. Lo único que puedo afirmar es que, si allá existe el silencio, de vez en cuando se interrumpe con conversaciones memorables.

Fue en una de esas interrupciones donde presencié un encuentro improbable —aunque, pensándolo bien, inevitable.

En un rincón tranquilo de una biblioteca que no figura en ningún catálogo terrestre, dos caballeros conversaban con absoluta naturalidad. Uno tenía una mirada oblicua, un poco melancólica y otro tanto burlona, como si observara el mundo con una paciencia irónica. El otro conservaba el aire de un soldado que había sobrevivido a demasiadas aventuras, con esa serenidad tranquila de quien ya ha visto casi todo en la vida.

No era difícil reconocerlos.

De un lado, Machado de Assis. Del otro, Miguel de Cervantes.

Machado fue el primero en hablar.

—Señor Cervantes —dijo con una cortesía ligeramente maliciosa—, permítame hacerle una pregunta que quizá resulte un poco impertinente.

Cervantes sonrió.

—Mi estimado Machado, después de la muerte las preguntas impertinentes son lo único que mantiene despiertos a los muertos. Adelante.

Machado acomodó las palabras con calma.

—Dígame una cosa: ¿por qué razón todavía debemos leerlo en un mundo que empieza a quedar en manos de inteligencias artificiales?

Cervantes levantó una ceja.

—¿Inteligencias artificiales?

—Sí —respondió Machado—. Máquinas que escriben textos, responden preguntas, producen poemas, resumen libros… y hasta intentan imitar el estilo de los difuntos.

Cervantes soltó una pequeña carcajada.

—Entonces los vivos por fin inventaron escritores que no protestan contra los editores.

Machado también rió.

—Algo así. Pero hay quienes creen que esas máquinas volverán innecesarios a los viejos libros.

Cervantes apoyó el mentón en la mano, pensativo.

—Y esas máquinas —preguntó—, ¿también se vuelven locas?

Machado parpadeó.

—¿Locas?

—Sí. ¿Alguna de ellas decidió convertirse en caballero andante después de leer demasiadas novelas?

Machado negó con la cabeza.

—Hasta donde sé, no.

Cervantes sonrió con cierta satisfacción.

—Entonces no hay problema.

Machado se inclinó un poco hacia adelante.

—¿Cómo que no?

—Claro que no —respondió Cervantes—. La literatura empieza justamente donde la razón deja de alcanzar.

Hizo una pausa y añadió:

—Dígame: ¿qué hacen esas máquinas?

—Calculan.

—¿Y qué hacen los hombres?

Machado pensó un instante.

—Se equivocan.

Cervantes abrió los brazos.

—Exactamente. Y de esos errores nace la literatura.

Machado parecía divertirse con la respuesta.

—Entonces ¿Don Quijote sería una especie de error humano?

—Un error magnífico —respondió Cervantes—. Mire usted: un algoritmo busca coherencia. Don Quijote busca sentido.

—Y no lo encuentra.

—Precisamente por eso sigue buscándolo.

Machado guardó silencio unos segundos, mirando los estantes interminables de aquella biblioteca que parecía no tener techo ni paredes.

—Hay quienes dicen —comentó— que las máquinas ya pueden escribir novelas.

Cervantes se encogió de hombros.

—Tal vez puedan escribir historias.

—¿No es lo mismo?

—No, hombre, no es lo mismo —dijo Cervantes—. Una historia es una sucesión de hechos. Una novela es una sucesión de perplejidades.

Machado asintió lentamente.

—Interesante.

—Además —continuó Cervantes— hay otro problema.

—¿Cuál?

—El humor.

Machado sonrió apenas.

—¿El humor?

—Sí. Reír es un asunto complicado.

—¿Para las máquinas?

—Para cualquiera. Pero las máquinas tienen una desventaja.

—¿Cuál?

Cervantes respondió con sencillez:

—Entienden las palabras. Pero no entienden el absurdo.

Machado cruzó las manos.

—¿Y el absurdo es tan importante?

—Mi querido Machado —dijo Cervantes—, el mundo es absurdo. La literatura simplemente tiene la decencia de reconocerlo.

Machado se levantó despacio de la silla.

—Confieso que su respuesta me deja bastante tranquilo.

—¿Y cuál era exactamente la pregunta? —preguntó Cervantes.

Machado acomodó el saco invisible y respondió con serenidad muy carioca, casi como quien cuenta un chisme sabroso:

—Por qué todavía debemos leerlo en la era de las máquinas.

Cervantes abrió las manos.

—Porque las máquinas saben responder.

Hizo una pausa breve.

—Pero todavía no saben reír.

Machado soltó una risa suave, de esas que parecen decir: vea pues.

Y en aquella biblioteca silenciosa del más allá —donde los libros no envejecen y los lectores no mueren— los dos escritores siguieron conversando largo rato.

No sobre algoritmos.

Sino sobre esa vieja y tercamente humana locura de imaginar mundos.

La misma locura que, todavía hoy, hace que un hombre se suba a un caballo flaco y salga por los caminos a buscar gigantes donde los demás apenas ven molinos de viento.

 
 
 

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