Manual para no dar papaya electoral: el centro contra los extremos
- gleniosabbad
- 8 feb
- 3 min de lectura
¿Será que todavía sabemos conversar? Colombia y la prueba del centro.
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Escribo estas líneas desde fuera, pero no desde lejos. Soy abogado brasileño y, como quien mira a un vecino con atención sincera, observo a Colombia con lupa. En tiempos en que América Latina parece hablar a los gritos, este país ofrece algo que, visto desde otras latitudes, resulta casi improbable: la posibilidad real de un centro político competitivo.
Las elecciones que se aproximan no son apenas un relevo presidencial. Para quien observa desde Brasil —otro gigante latino atravesado por tensiones similares— lo que está en juego aquí tiene resonancia continental. Si el centro logra imponerse, Colombia podría convertirse en laboratorio latinoamericano de moderación democrática. Si no, confirmará que la polarización es la gramática dominante de nuestro tiempo.
Dicho así parece fórmula académica. Pero la política, tanto en Bogotá como en São Paulo, nunca ha sido un ejercicio de laboratorio puro. Es más bien un terreno movedizo donde la emoción compite con la razón, y donde el volumen muchas veces vence al argumento.
Desde fuera, llama la atención que Colombia conserve un centro con estructura intelectual y trayectoria administrativa. No es un punto tibio entre extremos, sino una tradición de gestión pública, educación técnica y defensa institucional. En otras capitales latinoamericanas, ese espacio fue absorbido por la marea polarizadora. Aquí, todavía respira.
Sin embargo, también se percibe —con la distancia que a veces aclara la mirada— una fragilidad evidente: el centro seduce en el debate, pero necesita demostrar que puede imponerse en la urna. Porque la urna, como sabemos en Brasil, no siempre premia la moderación; a veces recompensa la indignación.
Del otro lado, la derecha colombiana atraviesa una reconfiguración que no resulta extraña a quien sigue la política regional. La estética de confrontación, el discurso de orden, la narrativa anti-establishment: todo eso ya lo hemos visto cruzar fronteras. El megáfono es un artefacto global.
La izquierda gobernante, por su parte, ofrece un balance que desde el exterior se aprecia con matices. No hubo el colapso que algunos anunciaban con dramatismo; tampoco la transformación total prometida. Hay avances parciales, tensiones abiertas y una división simbólica entre élites urbanas y territorios periféricos que recuerda debates presentes en casi toda América Latina.
Para un observador brasileño, ese punto es crucial. La fractura entre centro urbano ilustrado y periferias territoriales no es exclusividad colombiana. Es una herida regional. La pregunta es si puede administrarse con diálogo o si terminará convertida en combustible de nuevas radicalizaciones.
En este contexto, el centro enfrenta un dilema estratégico: unificarse o diluirse. Desde fuera, la lección parece clara: la dispersión beneficia a los extremos. Pero cada país tiene sus ritmos, sus orgullos, sus cálculos.
Aquí entra el manual para no dar papaya electoral.
Primera regla: no subestimar al votante. Segunda: no confundir ruido con mayoría. Tercera: recordar que la democracia no es una batalla moral entre puros e impuros, sino un mecanismo imperfecto para convivir en desacuerdo.
Lo que se decide en Colombia no interesa solo a Colombia. En un continente que oscila entre entusiasmos súbitos y decepciones rápidas, la posibilidad de una ruta intermedia adquiere valor pedagógico. Si el centro vence, demostrará que la moderación no es debilidad, sino arquitectura institucional. Si pierde, confirmará que el clima de época favorece las identidades fuertes y los discursos absolutos.
Desde Brasil, donde también atravesamos años de polarización intensa, esta elección se mira con atención casi comparativa. No por injerencia, sino por aprendizaje. A veces los vecinos funcionan como espejos anticipados.
Tal vez el verdadero experimento no sea ideológico, sino cultural: comprobar si una sociedad puede elegir sin convertir cada elección en juicio final. Si puede disentir sin romper. Si puede competir sin odiar.
Quien observa desde fuera sabe que ningún país es excepción permanente. Pero también sabe que algunas coyunturas abren posibilidades inéditas. Colombia está ante una de ellas.
No se trata solo de quién gane. Se trata de qué tipo de conversación quedará después. Y si, una vez contados los votos, el país seguirá discutiendo en la misma mesa —sin convertir el mantel en frontera.


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