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Metafísica Clarice, una pasión colombiana

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 13 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

por Glenio Sabbad Guedes ( abogado )


Me permitirán empezar con una herejía lógica. Tengo una tesis que podría indignar a Aristóteles, escandalizar a Descartes y hacer que Kant se dé contra la pared. Pero eso a mí no me quita el sueño, porque nada de eso impidió que Colombia amaneciera hoy con su cielo de siempre.

La tesis es esta: Colombia es metafísica porque entiende a Clarice Lispector.

Y sí, ya sé lo que el lector piensa: que estoy abusando del café cargado o de la libertad de imprenta. Pero calma. Aquí va el silogismo, más limpio que un huevo duro:

  1. Toda nación que comprende a Clarice es metafísica.

  2. Colombia comprende a Clarice.

  3. Entonces, Colombia es metafísica.

Si esto le parece una bobada, recuerde que hay países que se han gobernado con argumentos peores.


I. Clarice, la escritora que se adelantó al psicoanálisis y al noticiero


Lo primero que uno debe saber es que Clarice no escribe novelas. Eso sería demasiado sencillo. Clarice escribe descargas eléctricas en papel. En Água viva, por ejemplo, uno empieza leyendo una frase normal y termina preguntándose si la vida no será una especie de fiebre que se cura con palabras.

Machado, si la hubiera leído, habría dicho con su ironía habitual:—“A senhora Clarice escreve com o coração fora da casa.” Y tendría razón.

Porque Clarice no narra: desnuda. No explica: sacude. No describe: desarma.

Y el lector colombiano entiende ese método mejor que nadie, porque aquí la realidad también aparece sin pedir permiso.


II. El “instante-já”, ese pariente espiritual del sopetón colombiano


Los países tienen su manera de sentir el tiempo. Suiza lo mide con relojes. Estados Unidos, con dólares. Colombia, con sobresaltos.

Y Clarice también.

El instante-já —ese segundo clariceano en el que todo se derrumba y todo se ilumina— es primo hermano del instante colombiano: el bus que frena, la mirada que corta, la noticia que cae, el silencio que pesa más que un sermón.

En G.H., el instante es una cucaracha. En Laços de família, es una mujer que ve el mundo por la ventana. En A hora da estrela, es Macabéa respirando por última vez. En Uma aprendizagem, es el amor que muerde antes de acariciar.

Eso, mi querido lector, es metafísica tropical. De la buena.


III. Colombia y Clarice: dos que se reconocen sin presentaciones


Hay naciones que exigen tarjeta de presentación. Colombia no. Colombia mira, siente, evalúa, sospecha un poco…y después dice: “Bueno, pase”.

Eso mismo hace Clarice con sus lectores. Ella no los prepara: los lanza al abismo. Y el colombiano, acostumbrado a abismos topográficos, políticos y sentimentales, cae con una dignidad que da envidia.

El huevo de O ovo e a galinha —ese huevo tímido, filosófico y misterioso— sería perfectamente entendido en Boyacá. La angustia de Laços de família podría haber ocurrido en una sala de estar en Manizales. La iluminación triste de Macabéa cabría en un semáforo de Bucaramanga.

No es que Colombia se parezca a Clarice: es que comparten la misma fiebre metafísica.


IV. El ser antes del sentido: el misterio sin explicaciones


Clarice tiene una especialidad: convertir lo normal en lo absoluto. Uno pensaría que un huevo es un huevo. Pero no. En Clarice, el huevo es un tratado incompleto sobre la eternidad. Y la cucaracha es una revelación teológica. Y una niña que espera un libro es un ensayo sobre el deseo.

Eso desconcierta a los europeos, que necesitan que todo venga con nota al pie. Pero en Colombia, donde lo profundo y lo extraño conviven desde siempre, el lector no se incomoda: simplemente entiende.

Aquí no hace falta explicación. Hace falta intuición. Y eso Clarice lo tiene de sobra.


V. Conclusión: Colombia, país naturalmente clariceano


No pretendo nacionalizar a Clarice; bastante trabajo nos cuesta nacionalizar a los vivos como para meternos con los muertos.

Pero sí digo algo con la serenidad del que ha visto mucho y leído lo suficiente: Colombia entiende a Clarice porque está hecha del mismo material metafísico.

El silencio que pesa. La ternura que duele. El miedo que ilumina. El suspiro que piensa.

Ambas —Colombia y Clarice— son entidades que no se explican. Se sienten.

Y en esta parte del mundo, sentir es la forma más seria de pensar. La única, quizás.


 
 
 

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