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Mi Palabra del Año: Innombrable

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 4 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Por Glênio S. Guedes ( abogado de Brasil )


Hay años que vienen cargados de palabras como quien llega al mercado con las bolsas repletas de frutas. Uno las abre, las huele, las acomoda sobre la mesa y piensa que así, ordenándolas, va a entender un poco mejor el mundo. El viejo truco de siempre: nombrar las cosas para que duelan menos.

Pero 2025 vino distinto. Vino como esos aguaceros repentinos de la Costa: sin aviso, sin discurso, sin clemencia. Y las palabras, pobres criaturas, quedaron temblando bajo el alero, incapaces de meterse en semejante tormenta.

Por eso decidí elegir mi Palabra del Año. Y me salió esta joya: INNOMBRABLE.


1. Cuando el diccionario se queda corto


Hubo un tiempo en que las palabras del año eran como esos profesores sabios del colegio: daban ejemplo. Huella de carbono, xenofobia, emergencia climática, posverdad… palabras que uno escuchaba y decía: “Caramba, sí, así es que va el planeta”.

Pero llegó el mundo digital, ese niño hiperactivo que no se queda quieto ni un minuto. Y las palabras empezaron a perder la disciplina. De pronto aparecieron términos más raros que los inventos de un tío borrachito: goblin mode, rizz, brain rot, rage bait, parasocial, vibe coding.

Uno las pronuncia y siente que la lengua se le enreda como un cable USB de mala calidad.

Todas nacidas en los rincones más oscuros del internet, hijas legítimas del algoritmo, primas hermanas del meme, sobrinas de la pantalla. Dicen algo, sí, pero se quedan cortas: nombran la espuma, no el oleaje.


2. La realidad va en moto y el lenguaje en burro


El problema no es que las palabras sean feas —que lo son— sino que la realidad corre en moto por la Séptima, zigzagueando entre Transmilenios, mientras el lenguaje va en burro (sin desprecio a la famosa competencia de burros en Tibasosa), tratando de no tropezarse con su propio cansancio.

El triángulo de Ogden & Richards —ese elegante esquema semiótico que unía referente, significante y significado— terminó como en una comedia romántica: los tres se pelearon y ya no se hablan.

El referente se escapa, el significante se queda dormido, el significado se derrite al sol. Y todo esto pasa mientras uno intenta describir:


  • el colapso democrático del país más poderoso del mundo,

  • la palabra “genocidio” dando la vuelta al planeta para nombrar Gaza,

  • ese workslop infame que la IA vomita en las oficinas, como si fuera puré desabrido pasado de computador en computador.


Nombrar la realidad hoy es como tratar de atrapar humo con un colador.


3. Por qué escogí Innombrable


Cuando revisé todo ese carnaval de palabras del año, me dije: “No, hombre, ninguna sirve”. Quise algo que explicara este caos, que resumiera el desespero de 2025, que reconociera que ya no sabemos ni cómo explicar lo que nos pasa.

Y así, casi como una revelación mística, apareció la palabra INNOMBRABLE.

¿Por qué?

Porque el mundo se volvió demasiado grande para el diccionario. Porque ya no nos alcanzan las sílabas. Porque la realidad exige un vocablo que admita su propia derrota.

“Innombrable” quiere decir:


  • que lo que vivimos excede la sintaxis,

  • que el vocabulario se nos está quedando en los huesos,

  • que los hechos vienen sin manual de instrucciones,

  • que lo que no tiene nombre tampoco tiene fronteras.


Si antes hablábamos de posverdad, ahora vivimos en la posnombración. Ya no es que dudemos de lo que es verdad: es que ni siquiera sabemos cómo llamarlo.


4. El humanismo en apuros


La crisis de la palabra no es solamente un chiste de gramáticos. Es un problema serio, como cuando se daña la nevera y uno sabe que lo que viene es una avalancha de comida dañándose.

Un humanismo que no puede nombrar lo que vive está caminando a ciegas. Y todo eso se agrava porque la inteligencia artificial —esa especie de loro electrónico con doctorado— ahora imita todos los estilos, repite todos los tonos y fabrica textos como quien hace arepas en un budare infinito. El resultado es una mezcla blandita, un puré de lenguaje sin alma, que se recicla a sí mismo sin decir nada.


5. Cierro con lo esencial


Al final, elegí INNOMBRABLE porque ninguna otra palabra se atreve a admitir que está vencida. Porque todas las demás quieren aparentar que explican, pero no explican nada. Y porque nombrar, cuando no se sabe qué está pasando, es una falta de respeto con el idioma.

Lo que no tiene nombre no tiene forma. Lo que no tiene forma no se puede pensar. Lo que no se piensa no se puede gobernar. Y lo que no se gobierna… se desmorona.

Por eso mi Palabra del Año, la única honesta, la única decente, la única que no presume, es:

INNOMBRABLE.


 
 
 

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