No impedir es actuar: la lección penal de un “don nadie” ruso
- gleniosabbad
- 17 mar
- 3 min de lectura
Cuando la omisión equivale al resultado
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Hay momentos en que el Derecho Penal, tan amigo de sus conceptos bien peinados, se ve obligado a salir a la calle —sin toga, sin solemnidad— y mirar de frente la vida. Y, si es honesto, sentir algo que no suele aparecer en los códigos: una cierta vergüenza.
El documental Mr. Nobody Against Putin no es solo cine. Es, si se mira con ojos jurídicos, un expediente abierto de la condición humana. Allí aparece Pasha Talankin, profesor de colegio en una ciudad perdida de los Urales: un hombre común, de esos que en nuestras tierras llamaríamos, sin mala intención, un “don nadie”.
Pero —y ahí empieza el problema— es el único que actúa.
A su alrededor, una sociedad entera aprende algo mucho más sofisticado que obedecer: aprende a no actuar. Aprende a adaptarse. Aprende, sobre todo, a mirar para otro lado, como quien oye llover en Bogotá y decide que no vale la pena mojarse.
Y entonces surge la pregunta, incómoda pero necesaria:
¿qué significa, en verdad, actuar?
El Derecho Penal, que no suele hablar por hablar, distingue con cuidado: no toda omisión es jurídicamente relevante. No hacer nada no es, por sí mismo, reprochable. Lo es solo cuando alguien debía y podía hacer algo.
La omisión penalmente relevante no es la pereza. Es la renuncia.
La doctrina lo dice sin rodeos: en los llamados delitos comisivos por omisión, no impedir un resultado cuando se tenía el deber jurídico de impedirlo equivale a causarlo.
No es una figura retórica. Es una equivalencia jurídica.
Pero, como bien advertiría cualquier buen penalista, ese deber no cae del cielo como aguacero de verano. Tiene fuentes precisas: la ley, la asunción de responsabilidad, la creación previa de un riesgo.
El Derecho Penal, prudente —y menos impulsivo que ciertas redes sociales—, no convierte a todo el mundo en garante universal.
Sin embargo, la realidad contemporánea parece empeñada en poner a prueba esa prudencia.
Porque lo que muestra el documental no es solo un régimen autoritario. Es algo más refinado, casi elegante en su eficacia: un sistema donde nadie obliga del todo, pero todos colaboran un poco.
La propaganda ya no necesita fanáticos. Le basta con conformistas.
El control no grita. Susurra.
Y la mentira — ahí su mayor astucia— no exige ser defendida; le alcanza con no ser contradicha.
En ese ambiente, la omisión deja de ser excepción. Se vuelve costumbre. Como el tinto de la mañana: nadie lo discute, todos lo aceptan.
Entonces cabe preguntar —y aquí la cosa se pone seria—:
¿dónde termina el Derecho Penal y dónde empieza la responsabilidad moral?
O, dicho sin tanta vuelta:
¿hasta qué punto somos responsables de lo que no impedimos?
El profesor que repite el discurso oficial, el periodista que suaviza lo evidente, el ciudadano que se encoge de hombros y sigue su camino… ¿no participan, cada uno a su modo, en la producción del resultado?
El Derecho Penal clásico vacila ante esta ampliación. Y hace bien. No todo puede ser delito.
Pero tampoco todo es inocente.
Pasha —el “don nadie”— entiende algo que muchos prefieren no pensar: hay momentos en que no actuar es la forma más eficaz de actuar.
Él graba. Documenta. Se incomoda.
Mientras tanto, otros colaboran sin darse cuenta, se adaptan sin resistencia, callan con elegancia.
Así nace una forma de responsabilidad difusa: nadie parece culpable, pero el resultado está ahí, completo, innegable, como una factura que alguien tendrá que pagar.
Y es aquí donde asoma la verdadera vergüenza —no la jurídica, que siempre encuentra matices, sino la humana.
El homo sapiens, tan orgulloso de su inteligencia, ha desarrollado una habilidad notable para justificar su propia inacción. Explica, relativiza, posterga. Y mientras tanto, el mundo sigue su curso.
Quizás el mayor triunfo del autoritarismo contemporáneo no sea imponer la mentira, sino volver innecesario combatirla.
Al final, queda una distinción sencilla —de esas que parecen obvias, pero cuestan—:
querer al propio país no es querer a quien habla en su nombre.
Algunos lo entienden. Otros prefieren no hacerlo. Y muchos, la mayoría, simplemente no se meten en eso.
Total —dirán—, ¿para qué complicarse la vida?
Pero la pregunta queda, terca como la humedad en la costa:
si no impedimos, ¿qué estamos haciendo exactamente?
Porque tal vez —y esto incomoda— el problema no sea que falten culpables.
Sino que nos acostumbramos a serlos.


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