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Ontologías inversas: el derecho de los derechos frente al derecho de los deberes

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 17 jun
  • 6 min de lectura

Un estudio comparativo entre el Corpus Iuris Civilis y el Código Tang


Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


Asomarse, en un solo golpe de vista, al Corpus Iuris Civilis y al Código Tang no es una maroma de erudición ociosa; es, más bien, un examen de la anatomía espiritual de las civilizaciones. De un lado, bajo el sol del Mediterráneo, palpita el genio romano, pragmático y cincelador de la individualidade; del otro, en las llanuras del Medio Imperio, bajo el influjo de los ritos y el orden cósmico, reposa el edificio milenario de la sabiduría extremo-oriental. Estamos ante dos catedrales normativas que, aunque pesen lo mismo na balanza de la historia, nacieron de intuiciones éticas al revés.  

Si el Occidente se acostumbró a mirar el Derecho como un escudo —un manojo de garantías para que el ciudadano pueda, con altivez, encerrarse en su castillo y decirle al mismísimo Estado: “hasta aquí llegas”—, el Oriente tradicional lo concibió como un marco. Allí, la norma no arma al individuo; lo acomoda. No le regala derechos; le señala, con precisión de cirujano, los deberes sagrados para que el orden del universo no se vuelva un polvorín. Es este contraste, sutil en la forma y colosal en sus consecuencias, el que nos proponemos escudriñar, con una prosa que aspire a la dignidad del idioma y una ironía que, si bien no cura las mañas humanas, al menos las hace tolerables al espíritu.  


I. La apoteosis del Ius Privatum y el cuento de la voluntad soberana


Vámonos primero al Lacio, donde los jurisconsultos, con esa claridad que el tiempo no ha logrado desteñir, hicieron el milagro más grande de la abstracción humana: inventarse al sujeto de derecho. En ese enredo de leyes ordenado por Justiniano en el siglo VI, el Derecho Privado (Ius Privatum) no es un capítulo cualquiera; es el corazón del asunto. Roma, con su mentalidad de comerciante y sus afanes de expansión, descubrió que los imperios no se sostienen solo a punta de lanzas, sino con la seguridad de los contratos.

El ciudadano romano se mueve por la vida como el dueño y señor de sus bártulos. Compra, vende, hereda y firma. La ley justiniana le sirve de árbitro neutral. Al juez le importa un comino si el vendedor es un avaro de siete suelas o si el comprador es un calavera gastador; si se cumplieron las ceremonias del pacto, la palabra es ley. Es la justicia en su versión más matemática: darle a cada cual lo suyo, aunque lo “suyo” del uno sea la miseria física y lo del otro sea la opulência.

Hay que ver, con una sonrisa de reojo, la elegante hipocresía de este tinglado occidental. Al separar el Derecho de la Moral, el romano logró la hazaña de permitir que un tipo sea un ciudadano ejemplar ante los tribunales y, al mismo tiempo, un cafre desalmado en la intimidad de su casa. La propiedad erigió un santuario para el egoísmo. El hombre occidental nace libre, dicen los sabios; pero la verdad es que nace armado para armarle un pleito al vecino por cualquier pendejada.


II. El Código Tang y la consagración del deber cósmico


Crucemos ahora las fronteras mentales para pararnos ante el Gran Código Tang, del año 653. Si el romano se ufana de su autonomía, el súbdito imperial chino encontraría en ese orgullo una soberana insensatez o una falta de urbanidad. En Oriente, el individuo solo no es nadie; es apenas un nudo en una atarraya inmensa de relaciones comunitarias.  

Mientras la matriz romana concibe al individuo como un átomo suelto, la matriz asiática ve al hombre como parte de un tejido colectivo. Donde el Occidente pone un muro entre Derecho y Moral, permitiendo que el pleito sea la fiesta del ego, el Oriente une la moral, el rito y la norma penal, buscando siempre la conciliación y el equilibrio cósmico.  

La ingeniería jurídica de Tang, que llegó vivita y coleando hasta la Dinastía Qing, juntó los dientes afilados del Legalismo con la armonía del Confucianismo. Aquí, el fin de la ley no es cuidar los negocios particulares, sino mantener el Li —el rito, la decencia, la música del universo—. El cosmos es un cuerpo vivo; si un hijo le falta al respeto al padre, se rompe una teja del cielo.  

Por eso, el Código Tang é penal y público hasta el tuétano. El legislador chino se concentra en la lista de los castigos y en vigilar que cada quien cumpla su papel social. No hay discursos sobre los “derechos humanos”; hay una cartilla de deberes. El buen ciudadano no es el que alega lo que le deben, sino el que entrega, sin chistar, lo que su posición le exige.  


III. Las diez abominaciones: el crimen como sacrilegio


Para entender este templo de los deberes, hay que mirar las Diez Abominaciones (Shier). Si en Roma el crimen es un daño a un bien protegido, en la China de Tang y de Qing la abominación es un insulto a la naturaleza.  

Miremos de lejos estas ofensas que ni el mismísimo Emperador podía perdonar. Los tres primeros delitos —Maquinar una rebelión, Planear la gran traición y Conspirar contra la patria— confundían el pellejo del soberano con el mapa del Estado. El Emperador era el Hijo del Cielo; rebelarse contra él era querer apagar el sol a sombrerazos.  

Pero las ofensas de familia revelan el verdadero meollo. La Desobediencia maligna y la Falta de piedade filial castigaban con la muerte al que le pegara a los padres, maldijera a los abuelos o les negara la arepa de la vejez. ¡Qué ironía! Mientras el Occidente tardó siglos para meterse tímidamente en el rancho a castigar la violencia doméstica, el Código Tang sentó al Estado en el comedor de la casa. Un grito al abuelo no era un lío de cocina; era un terremoto para el Imperio.  

La balanza penal de este sistema —donde el hijo que mata al padre va al patíbulo sin remedio, pero el padre que mata al hijo recibe un palmazo en la espalda— ofende nuestro sensible espíritu moderno. Olvidamos que la igualdad romana protegía al individuo como un número del censo, mientras que la desigualdad china cuidaba la jerarquía que salvaba a millones del caos. Para Tang, la igualdad abstracta era un veneno tan letal como el Gu, ese brebaje de sapos y alacranes que el código castigaba en su quinta abominación.  


IV. El ojo del vecino: el sistema Baojia


Si Roma defiende que la culpa es del muerto y de nadie más, la sociología de Tang consagra que en la desgracia pagamos todos. ¿Cómo gobernar un territorio del tamaño del mundo sin teléfonos ni burocracias infladas? La respuesta fue una astucia bendita y aterradora: el sistema Baojia.  

El Estado organizó a la gente en grupos de diez casas (pai), cien casas (jia) y mil hogares (bao). El jefe de cada grupo era como un inspector de policía, pero el secreto estaba en que la ley obligaba a los vecinos a espiarse unos a otros. Si alguien cometía una de las “Diez Abominações” en su cuarto y el vecindario se hacía el de la vista gorda, el hacha del verdugo cobraba parejo, castigando a justos y pecadores para limpiar la honra del pueblo.  

Esa viveza convirtió el miedo en el pegamento de la sociedad. El hombre oriental vivía bajo un ojo ajeno que a nosotros nos parecería una tiranía insoportável. Y, sin embargo, esa disciplina no se sentía como un yugo, sino que la gente la cargaba con gusto. El súbdito entregaba su libertad a cambio de saber que el mundo no se iba a desbaratar. Entre el peligro de una libertad peleona y los brazos de una obediencia tranquila, la Ásia hizo su elección de siglos.  


V. Epílogo: el eco de las viejas costumbres


Las naciones cambian de traje, estrenan constituciones, se arrodillan ante el comercio, pero sus mañas jurídicas se quedan guardadas en lo más hondo de la maleta. El pleito que hoy tienen las potencias occidentales con Pekín por el bendito "Estado de Derecho" no es más que la misma discusión de Justiniano y los sabios de Tang, pero con corbata y satélites.  

Cuando el Occidente grita por el imperio de la ley (Rule of Law), resucita el fantasma romano: el individuo, el derecho a demandar al Estado y la soberanía del bolsillo. Por el contrario, cuando la China de hoy aplica su Rule by Law (Yifa Zhiguo), cuidando primero la seguridad de la nación y el orden público, juega con las mismas cartas de las "Diez Abominaciones": el todo vale más que la parte y la ley es una herramienta para que nadie se salga del redil.  

Las viejas "Diez Abominaciones" y el sistema Baojia no se han muerto; cambiaron las tabuletas de madera y los venenos de brujería por los ojos de las cámaras y los puntos del crédito social. El cuento es el mismo: el pueblo debe vigilarse a sí mismo para que nadie tire la piedra que rompa el cristal de la armonía.  

A la larga, decir cuál sistema es mejor es una soberbia de campanario. Roma nos dejó el orgullo del individuo y la soledad del juzgado; China nos dejó el orden del colectivo y el peso de cumplirle a los demás. Ojalá los abogados de hoy entiendan que la justicia habla en cristiano y en mandarín. Lo demás são ganas de seguir peleando, que es, al fin y al cabo, lo único en que los leguleyos de todas las épocas se parecen de verdad.  


Bibliografía

 
 
 

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