Pico della Mirandola, enemigo de la IA
- gleniosabbad
- 4 dic 2025
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“No te di forma ni lugar determinados, para que tú mismo los escojas.”Giovanni Pico della Mirandola, Oratio de hominis dignitate
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Hay voces que no se apagan, aunque pasen los siglos. Voces que uno escucha como si vinieran del fondo del tiempo para decirnos: “Cuidado, muchachos, que están perdiendo el rumbo.” Pico della Mirandola es una de esas voces. Imagínese usted a ese joven renacentista, prácticamente un pelado de veintitrés años, proclamando que el ser humano no tiene naturaleza fija, que somos obra inconclusa, un borrador abierto. Y que precisamente ahí, en esa incerteza, está nuestra dignidad.
Cinco siglos después, mientras el mundo entero se desvive por la Inteligencia Artificial —que promete adivinar nuestros pensamientos antes de que los pensemos—, Pico vuelve con la misma frase en la mano: el hombre no viene hecho, viene por hacer. Y eso, dicho así, parece una bofetada para la mentalidad algorítmica de hoy.
Porque la IA, no nos digamos mentiras, vive de la repetición. Aprende de lo ya hecho. Calcula. Predice. Clasifica. Y el hombre de Pico es exactamente lo contrario: impredecible como la lluvia de agosto, contradictorio como las olas, capaz de levantarse siendo uno y acostarse siendo otro. ¿Cómo va a meter la máquina ese torbellino en una tabla de Excel?
La maravilla de la técnica nadie la niega. Sería señalarle la luna a un ciego. Lo peligroso no es la existencia de la IA, sino el hábito que estamos adquiriendo de entregarle lo que es nuestro: la decisión, el deseo, la identidad. A veces uno oye decir: “La IA me recomienda qué leer.” “La IA me dice qué comprar.” “La IA me resuelve la vida.” Y ahí es cuando uno recuerda a Pico, que escribiría con su letra fina: Mi hermano, nadie puede resolver la vida por usted.
Porque la vida —así lo decía el renacentista— no se recibe: se escoge. La dignidad humana es la capacidad de inventarse a uno mismo. Y toda esa jerga moderna —optimizar, entrenar, ajustar, predecir— suena a una pedagogía para obedecer, no para elegir.
Pico afirmaba que Dios creó a los animales con su naturaleza definida: unos para volar, otros para arrastrarse, otros para ladrar. Y al hombre lo dejó sin oficio ni beneficio, para que él mismo decidiera qué quería ser. Esa es la libertad más alta. Y también es la que más miedo nos da.
Dicen que la IA aprende. Sí, aprende. Pero no se transforma. Puede mejorar un cálculo, pero no conoce el vértigo de una decisión. Puede corregir un error, pero no sabe lo que es arrepentirse. Puede imitar un poema, pero no sabe lo que es escribir para salvarse del dolor.
El hombre, en cambio, se quiebra, se recompone, se equivoca, pide perdón, sueña. El hombre es capaz de querer ser otro. Esa es la frase clave. Ninguna máquina desea. Ninguna máquina quiere. Ninguna máquina se mira al espejo un lunes y decide: “Hasta aquí fui. Desde hoy empiezo de nuevo.”
¿Y quién puede predecir eso? Nadie. Ni la IA más poderosa del planeta.
Pero la tentación está ahí, rondándonos como una sombra: dejar que la máquina decida por nosotros. Renunciar a cargar el fardo de elegir. A eso Pico le habría dicho que no, sin vacilar: la elección es lo más humano que tenemos. El que renuncia a decidir, renuncia a su dignidad.
Las decisiones duelen, sí. Pero también son la prueba de que estamos vivos.
Y renunciar al dolor es renunciar a la vida.
Por eso Pico della Mirandola sería, sin exagerar, enemigo de la IA. No enemigo de la tecnología, que también es hija del ingenio humano, sino enemigo de esa filosofía silenciosa que viene detrás: la idea de que el hombre es un dato, una estadística, un perfil que se puede predecir.
Pico nos recordaría que seguimos siendo ese ser extraño que puede “degenerar hasta el nivel de las bestias” o “elevarse hasta el nivel de los ángeles”. La IA no sabe nada de ángeles. Sabe de datos, que es distinto. Pero el hombre —ese animal lleno de nostalgias, de rabias, de esperanzas y de sombras— vive entre ambos extremos, y ahí, justamente ahí, ejerce su libertad.
Mientras esa libertad exista, ninguna máquina podrá reemplazarnos. A lo sumo podrá imitarnos un poco. Pero inventarnos —como Pico quiso que lo hiciéramos— eso sí que no.


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