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Presidente Abelardo de la Espriella: gobierne para los colombianos

Foto del escritor: gleniosabbad
gleniosabbad
8 ago
3 min de lectura

Antes de buscar modelos en Washington, Buenos Aires o San Salvador, el nuevo presidente quizá debería mirar también hacia Bacatá


“El pasado no está atrás, como pensamos nosotros, sino que va adelante.” — Sobre la concepción indígena — Armando Suescún, Derecho y sociedad en la historia de Colombia, cap. II, “La mentalidad chibcha”, p. 71.


Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


Hay presidentes que llegan al poder buscando el futuro. Abelardo de la Espriella parece haber llegado buscando, además, algunos manuales de instrucciones.

Uno estaría en Buenos Aires: Javier Milei y su austeridad. Otro, en San Salvador: Nayib Bukele y su mano dura. El tercero, naturalmente, en Washington: Donald Trump y su manera inconfundible de entender el poder.

No es ocurrencia del cronista. El análisis publicado por O Globo/Bloomberg identifica precisamente esos tres referentes en la campaña del nuevo presidente colombiano: austeridad al estilo Milei, seguridad inspirada en Bukele y estrecho alineamiento con Trump.

Nada tiene de malo aprender en el extranjero. Los gobernantes, como los cocineros, hacen bien en conocer recetas ajenas. El problema comienza cuando confunden la receta con el país.

Colombia no es Argentina. No es El Salvador. Y, por mucho que Washington alguna vez se distraiga al respecto, tampoco es Estados Unidos.

Tal vez el presidente debería buscar inspiración un poco más cerca.

Y unos cuantos siglos más atrás.

Armando Suescún, en Derecho y sociedad en la historia de Colombia, reconstruye la ética de quienes denomina chibchas —los muiscas del altiplano cundiboyacense— a partir de una idea fascinante: derecho, ética y religión no eran compartimentos separados, sino círculos concéntricos. El derecho estaba dentro de la ética; la ética, dentro de una concepción trascendente del mundo.

Nadie propone, desde luego, gobernar Bogotá en 2026 como se gobernaba Bacatá antes de la llegada de los españoles. Conviene advertirlo antes de que algún entusiasta proponga reemplazar la Corte Constitucional por el Zipa.

Pero resulta curioso leer los valores que Suescún atribuye a aquella sociedad:

respeto por la vida, rechazo de la violencia, dignidad humana, desinterés por la riqueza, honestidad, laboriosidad, igualdad, verdad, justicia y moderación.

Moderación.

Palabra rara en estos tiempos. Casi habría que ponerle escolta para que vuelva a circular por la política.

¿Hay idealización en esa reconstrucción? Seguramente. Los muiscas no eran santos precolombinos paseándose por la sabana mientras esperaban que alguien inventara los derechos humanos. La historia exige cautela.

Pero una tradición no necesita ofrecernos una fotografía perfecta del pasado para formular buenas preguntas al presente.

Y Espriella tiene algunas por responder.

Recibe una Colombia profundamente dividida. Antes de su posesión, el 50 % de los colombianos tenía una imagen desfavorable de él y el 45 %, favorable; su coalición, además, perdió la presidencia del Senado.

Ganó las elecciones, sí.

Pero no recibió las escrituras del país.

Porque una cosa es ganar en las urnas y otra, bien distinta, amanecer al día siguiente teniendo que gobernar también a quienes votaron contra uno. Ahí comienza el camello de verdad.

Gobernar democráticamente no consiste en decidir qué hacer con los derrotados. Consiste en recordar que siguen siendo ciudadanos.

La lección vale especialmente para la seguridad. Espriella promete mano dura contra el crimen y los grupos armados; la construcción de megacárceles forma parte de esa estrategia.

El Estado, naturalmente, debe ejercer legítimamente la fuerza cuando sea necesario. Pero convendría no confundir instrumento con resultado.

La seguridad democrática no consiste en maximizar la fuerza legítima del Estado, sino en minimizar la violencia que padecen los ciudadanos.

¿Mediremos entonces el éxito por el número de presos, las hectáreas de coca erradicadas y los guerrilleros abatidos?

¿O por los colombianos que puedan finalmente vivir sin miedo?

Suescún recuerda también el profundo vínculo chibcha con la tierra. Y pocos países deberían comprender mejor que Colombia que tierra nunca ha significado solamente hectáreas. Significa poder, campesinado, identidad, desplazamiento, guerrilla, coca, pobreza, memoria y sangre.

Ninguna megacárcel resolverá, por sí sola, lo que nació en el territorio.

Queda, finalmente, aquella hermosa concepción indígena del tiempo. Para los antiguos habitantes de estas tierras, el pasado no estaba necesariamente detrás: estaba adelante, porque los antepasados ya habían recorrido el camino que nosotros apenas recorremos.

Entonces mire hacia Washington, Presidente, si lo considera conveniente. Converse con Milei. Estudie a Bukele. Aprenda incluso de Trump. De los hombres poderosos siempre se aprende algo, aunque a veces la lección consista precisamente en saber qué no conviene imitar.

Pero mire también hacia adelante.

Según aquella hermosa imagen indígena, allí adelante está el pasado.

Allí están los muiscas y los demás pueblos que precedieron a la República; pero también los campesinos, los indígenas, los afrocolombianos, los liberales, los conservadores, los petristas, los antipetristas y esa inmensa Colombia que no cabe en ninguna etiqueta.

Gobierne para todos ellos.

Porque antes de decidir de quién aprender a gobernar, Presidente, conviene recordar algo mucho más sencillo:

de quién es el país.

 
 
 

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