top of page
03 - Logo Brasilombia - BG Azul.png
  • Instagram Brasilombia
  • LinkedIn Brasilombia

¿Puedo hablar de amor y cosas por el estilo mientras el mundo se está acabando?

Foto del escritor: gleniosabbad
gleniosabbad
31 ago
4 min de lectura

De los problemas que tenemos en el mundo al pequeño problema de seguir teniendo uno

“Lo que separa al hombre de los animales es que el hombre sabe que es irracional.” — Luis Fernando Verissimo, escritor brasileño que hizo de la ironía fina e inteligente una forma de mirar el mundo

Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)


Claro que puede.

Puede hablar de amor. Faltaba más. De los amores que comienzan, de los que terminan y, sobre todo, de esos que nadie sabe exactamente en qué van. Puede dedicar media mañana a establecer si tres horas sin respuesta en WhatsApp constituyen abandono sentimental, táctica de seducción o, sencillamente, que al otro se le descargó el celular.

La humanidad ha sobrevivido a pestes, guerras y terremotos sin perder jamás el interés por una pregunta verdaderamente urgente:

—¿Y por qué no me contestó?

Puede hablar también del dólar, de los bancos, de la gasolina, de la reforma tributaria, del déficit fiscal, de las elecciones, del último escándalo de Bogotá y del próximo, que tendrá la cortesía de ayudarnos a olvidar el anterior.

Puede hablar de fútbol, naturalmente. Hay que conservar cierto sentido de las prioridades.

Puede hablar de todo.

Solo existe una condición, tan pequeña que da pena mencionarla: convendría que siguiera existiendo un mundo en el cual pudiéramos hacerlo.

Ahí comienza el problema.

Tal vez hemos metido en el mismo costal dos cosas distintas: los problemas que tenemos en el mundo y aquellos que amenazan las condiciones necesarias para seguir teniendo un mundo habitable en el que podamos continuar teniendo problemas.

La Tierra, dicho sea de paso, probablemente sobrevivirá a nosotros. Tiene unos cuantos miles de millones de años de experiencia y no parece necesitar nuestra asesoría. Lo que está en juego no es la supervivencia del planeta, sino ciertas condiciones climáticas, ecológicas, económicas y sociales que permiten que nosotros sigamos aquí, tomando un tinto y discutiendo si subió el dólar o si aquel desgraciado finalmente respondió el mensaje.

Una crisis financiera puede ser gravísima. Un Estado fiscalmente irresponsable puede dejarles a sus hijos la cuenta de lo que sus padres consumieron con entusiasmo. Una democracia puede deteriorarse.

Pero el clima tiene una mala costumbre: mientras nosotros discutimos los problemas de la semana, él presenta la cuenta del siglo.

Hay, además, un curioso parentesco entre la irresponsabilidad fiscal y la climática. No son, por supuesto, el mismo fenómeno. Pero ambas conocen un truco antiquísimo: disfrutar hoy y mandar la factura mañana.

Gastamos ahora; alguien pagará después.

Emitimos ahora; alguien padecerá después.

La posteridad es un contribuyente maravilloso: no protesta, no vota y todavía no ha contratado abogado.

El inconveniente es que nuestra cabeza tampoco ayuda demasiado. Estamos magníficamente preparados para preocuparnos por lo cercano. La persona que no contestó tiene nombre. El político tiene cara. El dólar tiene precio. La factura vence el martes.

El cambio climático, en cambio, suele presentarse como una gráfica.

Nuestros antepasados aprendieron a detectar un tigre detrás de un árbol. Nadie les enseñó qué hacer cuando el tigre es una tendencia estadística de treinta años.

Y aquí aparece Verissimo: sabemos que somos irracionales.

Los animales, por lo menos, tienen coartada.

Nosotros tenemos informes.

Como si semejante problema no bastara para mantener ocupada a una especie tan diligente, añadimos otro a la conversación: la inteligencia artificial y el inmenso poder de las grandes empresas tecnológicas.

No mezclemos los apocalipsis. El cambio climático y los riesgos extremos de la inteligencia artificial no tienen la misma naturaleza, evidencia ni previsibilidad. Compararlos no significa equipararlos.

Pero comparten una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando creamos riesgos cuyas consecuencias pueden superar al individuo, a la empresa, al gobierno y hasta la generación que los creó?

Las grandes plataformas ya administran buena parte de nuestra atención. Seleccionan lo que vemos, ordenan información, sugieren lo que deseamos y contribuyen a fabricar la realidad dentro de la cual creemos estar tomando decisiones muy nuestras.

El derecho y la política corren detrás de ellas, desde luego. El pequeño inconveniente es que las tecnológicas llevan varias vueltas de ventaja.

Sería de buena educación pedirles que caminaran más despacio.

Tenemos cierta experiencia en estas cosas: inventamos primero el barco y, cuando ya estamos en alta mar, nombramos una comisión para estudiar si habría sido conveniente llevar botes salvavidas.

Nada de esto significa que debamos dejar de hablar de amor, fútbol, política o plata. Al contrario. Una humanidad que consiguiera salvar el planeta pero prohibiera los amores desastrosos, las conversaciones inútiles y las discusiones sobre un penal habría salvado algo bastante menos interesante de lo que suponía.

La vida cotidiana no es enemiga de las grandes amenazas. Es precisamente lo que queremos salvar de ellas.

Así que hablemos de amor y cosas por el estilo.

Tranquilos.

Solo guardemos unos minutos para una pregunta menos urgente:

¿En qué mundo seguiremos hablando de todo eso?

Porque tal vez nuestra irracionalidad más refinada consista en preocuparnos apasionadamente por lo que haremos mañana y apenas de vez en cuando por la existencia del mañana...


 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
Si los magistrados fueran ángeles

Madison, el Supremo brasileño y por qué una república no puede depender de la virtud de once hombres “La trascendencia de la institución y de sus fines con respecto a los individuos que transitoriamen

 
 
 

Comentarios


bottom of page