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¿Quién sigue creyendo que el elector decide racionalmente?

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 18 ene
  • 3 min de lectura
«Durante mucho tiempo, la democracia fue el conflicto racionalizado de intereses. Hoy es el enfrentamiento desenfrenado de las pasiones».— Pierre Rosanvallon

Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


Hay algo casi tranquilizador —y por eso mismo peligroso— en la forma como todavía explicamos el voto democrático. A pesar de que, una y otra vez, resultan vencedores líderes populistas, vehementes, hostiles a las instituciones y orgullosamente simplificadores, seguimos describiendo al elector como si fuera, en esencia, un sujeto racional: alguien que compara programas, evalúa consecuencias y elige según intereses objetivos. Esa imagen ya no describe la realidad; persiste apenas como un mito normativo, una nostalgia ilustrada que se resiste a aceptar que la democracia ha cambiado por dentro.

Durante buena parte del siglo XX, votar era una extensión de la posición social. Clase, oficio, territorio, pertenencia sindical: todo ello organizaba el campo político. El voto expresaba un lugar en el mundo. Ese orden se disolvió. Las grandes divisiones que estructuraban el conflicto —capital y trabajo, redistribución y mercado— dejaron de explicar el comportamiento electoral. En su lugar apareció un electorado fragmentado, errante, simbólicamente inseguro, para el cual votar ya no es decidir un rumbo colectivo, sino decirse a sí mismo quién es.

Hoy se vota menos para elegir y más para expresar. El sufragio se convierte en mensaje, en gesto, en desahogo. Se vota para castigar, para rechazar, para afirmarse frente a un mundo que parece ajeno. No es que la razón haya desaparecido, es que ha dejado de ser el centro de gravedad de la experiencia democrática.

Ese desplazamiento fue formulado con particular claridad por Pierre Rosanvallon en una entrevista concedida al diario Folha de S.Paulo, publicada el 17 de enero de 2026. Allí, el historiador francés afirma que la democracia contemporánea ya no funciona principalmente como un conflicto racionalizado de intereses, sino como un choque de pasiones, sobre todo pasiones negativas. La afirmación es tan simple como perturbadora. Si la democracia se organiza hoy por la vía de la pasión, ¿qué lugar le queda al llamado voto racional?

La pregunta no es retórica. Si el sufragio ya no es el punto de llegada de una deliberación, sino el momento culminante de una cadena afectiva —hecha de identidades heridas, rechazos acumulados y deseos de reconocimiento—, entonces insistir en el elector racional no es solo un error analítico: es una forma de negar la época en que vivimos.

El triunfo de democracias pasionales no se explica adecuadamente por ignorancia o manipulación. Hay algo más profundo: la democracia de la razón fracasó en producir reconocimiento. Las instituciones funcionaron, los discursos se refinaron, los indicadores mejoraron, pero muchos ciudadanos dejaron de sentirse vistos. La política empezó a hablar sobre ellos, nunca con ellos. La razón democrática, mediada por expertos y procedimientos, se volvió una experiencia lejana, casi fría, incapaz de tocar la vida cotidiana.

En ese vacío simbólico irrumpieron las pasiones. No porque sean superiores, sino porque son inmediatas, compartibles, cercanas. El resentimiento, la indignación, el miedo y la ira cohesionan con una rapidez que ningún programa logra igualar. No hace falta ponerse de acuerdo sobre el futuro: basta con coincidir en el enemigo. El populismo entendió esto antes que nadie. No promete resolver problemas; promete nombrar culpables. La política deja de ser el arte de la mediación y se transforma en la administración permanente de la excitación colectiva.

Muchos votos actuales son, en el fondo, votos de castigo. No expresan adhesión plena, sino una suerte de venganza simbólica. El elector sabe que el líder es tosco, que el discurso es pobre, que el riesgo es alto. Aun así, vota. No dice “confío en ti”, sino “rechazo todo lo demás”. Es un voto catártico, no instrumental; afectivo, no programático.

A esto se suma un cambio decisivo: la política ya no es episódica. En la era de las redes y de la comunicación constante, se ha vuelto una experiencia emocional continua. El populismo se adapta perfectamente a ese entorno porque gobierna menos con políticas públicas que con gestos, frases, provocaciones. El ciudadano se convierte en audiencia. Y la audiencia no exige coherencia ni resultados: exige intensidad.

Si la democracia contemporánea opera, como advierte Rosanvallon en aquella entrevista de enero de 2026, bajo el régimen de las pasiones, el voto racional no desaparece, pero se vuelve residual, insuficiente para explicar lo que ocurre en las urnas. La cuestión decisiva ya no es por qué el elector vota “mal”, sino cómo reconstruir una democracia capaz de hablarle a la razón sin despreciar las pasiones, y de acoger las pasiones sin quedar prisionera de ellas.

Mientras esa tarea permanezca abierta, quizá sea una ilusión seguir creyendo que el elector decide racionalmente, cuando en realidad siente, reacciona y se reconoce antes de decidir.

 
 
 

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