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Quod nihil scitur: cuando un médico español le aguó la fiesta a la certeza

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 9 feb
  • 4 min de lectura

“Retorné a mí mismo y, poniendo todo en duda, como si nadie hubiera dicho nada jamás, comencé a examinar las cosas mismas: este es el verdadero modo de saber.” ( F.Sánchez el escéptico )


Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )


Hay héroes de la filosofía que aparecen en todos los retratos de familia. Y hay parientes incómodos de los que casi nadie habla, no vaya a ser que arruinen la foto. Francisco Sánchez pertenece al segundo grupo. Médico, nacido en la España del siglo XVI, escribió un libro con un título que es, bien mirado, una bomba de tiempo: Quod nihil scitur, “Que nada se sabe”. Lo publicó en 1581, cuando Descartes ni siquiera había nacido. Después, casi nada: silencio, olvido, alguna nota al pie indulgente.

En los manuales de historia de la filosofía, la escena se repite como un rito: un francés de buena familia, cansado de las dudas heredadas de la escolástica, decide un día ponerlo todo en cuestión y descubre, en medio de esa tormenta, una certeza indudable: “pienso, luego existo”. A esa duda metódica se le organiza una fiesta: se la presenta como la gran entrada de la modernidad. Lo que casi nunca se cuenta es que, unas décadas antes, un tal Francisco Sánchez ya había pasado el bisturí por las tripas del saber y había encontrado, con calma de médico, más aire que sustancia.

Sánchez no es un filósofo de torre de marfil. Se forma en Salamanca, ejerce y enseña medicina en Montpellier, vive entre cuerpos enfermos y discursos solemnes. Su latín no es de adorno; es herramienta de trabajo en un mundo donde el prestigio se mide por la cantidad de citas de Aristóteles y de Galeno que uno puede recitar sin respirar. Justo ahí, en ese ambiente saturado de autoridad, Sánchez comete el atrevimiento mayor: pregunta si, de verdad, alguien sabe lo que dice saber.

Su método no tiene nada de esotérico. Toma las grandes pretensiones de conocimiento —la física aristotélica, la metafísica escolástica, la medicina tradicional— y empieza a preguntar, como un clínico ante un diagnóstico dudoso: ¿cómo lo saben?, ¿en qué se apoyan?, ¿lo han visto, medido, comprobado, o solamente lo repiten? La respuesta, para su paciencia irónica, suele ser la misma: costumbre, respeto, tradición. Mucho latín, poca evidencia.

Ahí es donde Quod nihil scitur gana su fuerza. No es un panfleto relativista afirmando que todo vale lo mismo, sino una autopsia minuciosa de las seguridades de su tiempo. Sánchez muestra cómo, detrás de muchas fórmulas pomposas, hay conceptos vagos, observaciones mal hechas, inferencias apresuradas. Si la ciencia de entonces fuera una paciente, él escribiría en la historia clínica: “pronóstico reservado; base empírica insuficiente”.

La ironía es que ese gesto —volver sobre sí mismo, ponerlo todo en duda, examinar de nuevo las cosas como si nadie hubiera hablado antes— suena peligrosamente parecido a lo que más tarde atribuiremos a Descartes como si fuera invención exclusiva. La diferencia es decisiva: el francés convertirá su duda en trampolín hacia una nueva certeza absoluta; el médico español se contenta con una sala de observación permanente. Descartes duda para encontrar un punto inamovible; Sánchez duda para recordarnos que ningún punto humano lo es.

Tal vez por eso no encaja bien en la narración heroica de la modernidad. Un médico que desconfía de la escolástica, pero también de las grandes síntesis posteriores, no rinde un mito tan limpio como el del filósofo solitario calentándose junto a la estufa, en busca de ideas claras y distintas. Francisco Sánchez arruina un poco la fiesta porque demuestra que se puede ser moderno —crítico, escéptico, atento a la experiencia— sin necesidad de coronar a nadie como “padre de la duda”.

Su condición de español tampoco ayuda. En la geopolítica simbólica de la filosofía, España suele asociarse más a la mística, a la Contrarreforma y al atraso que a experimentos intelectuales audaces. Un escéptico peninsular, sin escuela ruidosa ni discípulos ilustres, es fácil de olvidar. Pero justo ahí reside el sabor de su figura: mientras el centro inventaba el relato de una modernidad ordenada, en un margen un médico ya empezaba a desmontar, con bisturí conceptual, las certezas de siempre.

Lo que nos queda de Sánchez hoy no es una doctrina cerrada, sino una actitud. Nos recuerda que dudar no es un capricho intelectual, sino un asunto de higiene. Que repetir fórmulas, por prestigiosas que sean, no sustituye el encuentro con las cosas mismas. Que la experiencia no es infalible, pero que sin ella el discurso se alimenta solo de sí mismo. Y que el verdadero escándalo no es decir “nada se sabe”, sino fingir, con solemnidad, que sabemos más de lo que sabemos.

Tal vez por eso valga la pena rescatarlo del pie de página. En un tiempo como el nuestro, en el que certezas científicas se mezclan con ocurrencias virales, euforias ideológicas e improvisaciones técnicas, un médico del siglo XVI que nos invita a revisar, a desconfiar un poco, a no enamorarnos demasiado de nuestras teorías, suena sorprendentemente actual. Es incómodo, claro: nadie aprecia mucho a quien apaga la música en mitad de la fiesta de la certeza.

Francisco Sánchez le aguó la fiesta a la certeza mucho antes de que la duda se pusiera de moda en francés. Que hoy casi nadie lo recuerde quizá sea solo una confirmación tardía de su diagnóstico: sobre muchas cosas importantes, seguimos sabiendo menos de lo que nos gusta admitir.


 
 
 

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