¿Qué pueden aprender los juristas de los poetas?
- gleniosabbad
- 8 jul
- 4 min de lectura
Lecciones de lenguaje, interpretación y sensibilidad más allá de los códigos y las leyes
El poeta escoge las palabras para ensanchar los sentidos del mundo. El jurista, para delimitarlos. Ambos fracasan cuando olvidan que las palabras tienen memoria, historia y resistencia.
Dedicatoria
A los grandes juristas que, sin renunciar jamás al rigor de la ley, supieron cultivar la lengua con la sensibilidad de los poetas, porque comprendieron que la justicia comienza mucho antes de la sentencia: comienza en la elección de las palabras.
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Hay quienes están convencidos de que el Derecho y la poesía viven en mundos distintos. El primero —dicen— pertenece a los tribunales, a los códigos y a las sentencias; la segunda, a los sueños, a los libros y a las emociones. Es una idea antigua, respetable incluso, pero equivocada.
Bien miradas las cosas, un poeta y un jurista se parecen más de lo que ambos estarían dispuestos a admitir. Ninguno trabaja con mármol ni con acero. Su materia prima es mucho más frágil y, precisamente por eso, más poderosa: las palabras.
La diferencia está en el propósito. El poeta intenta ensanchar nuestra manera de mirar el mundo. El jurista procura darle orden para que la convivencia no termine convertida en una discusión interminable. Uno abre caminos; el otro fija límites. Sin embargo, ambos dependen del mismo oficio: elegir la palabra justa.
Y esa palabra nunca llega sola.
Trae consigo una historia, una tradición, viejos significados que sobreviven disfrazados de nuevos, afectos que ningún diccionario alcanza a registrar y silencios que también dicen algo. Las palabras envejecen, viajan, cambian de dueño y de época, pero rara vez olvidan de dónde vienen. Quien desconoce esa memoria termina creyendo que interpretar consiste únicamente en leer.
No es así.
En las facultades de Derecho se invierten incontables horas estudiando leyes, jurisprudencia y doctrina. Todo eso es indispensable. Lo curioso es que se dedica mucho menos tiempo al instrumento que sostiene ese edificio entero: la lengua.
Se habla de principios constitucionales, de proporcionalidad, de buena fe o de dignidad humana como si esas expresiones fueran recipientes transparentes, incapaces de alterar aquello que contienen. Pero las palabras nunca son inocentes. También tienen carácter. También poseen biografía.
La poesía obliga al lector a detenerse, a regresar sobre un verso, a desconfiar de la primera impresión y a descubrir significados que solo aparecen cuando la lectura abandona el afán de llegar rápido al final. Leer un poema es, en buena medida, aprender a demorarse. Y no sobra decir que esa paciencia también le haría bien al Derecho. Más de una injusticia ha nacido de una lectura apresurada y no de la mala fe.
Ningún gran poema admite una única interpretación. Cada corriente crítica ilumina un aspecto distinto de la obra. Ninguna posee el monopolio de la verdad. Algo semejante ocurre con las leyes. La interpretación literal, la histórica, la sistemática o la constitucional no deberían competir entre sí, sino dialogar. A fin de cuentas, desconfiar de los dogmatismos también es una forma de inteligencia.
Los poetas conocen esa lección desde hace siglos.
Saben que dos palabras aparentemente sinónimas jamás producen exactamente el mismo efecto. No es igual decir "casa" que "hogar"; "silencio" que "calma"; "pueblo" que "nación". El diccionario puede acercarlas. La experiencia humana se encarga de separarlas.
Por eso la estilística resulta mucho más útil para el jurista de lo que suele imaginarse.
Escribir bien exige técnica, disciplina y, sobre todo, respeto por la lengua. La fuerza expresiva de un texto nace de la armonía entre el sonido, el ritmo, el vocabulario, la sintaxis y la organización de las frases. El estilo no es un lujo reservado para los escritores; es la manera como el pensamiento se hace visible.
También una sentencia tiene estilo.
También un concepto jurídico persuade o fracasa según las palabras que lo sostienen.
No se trata, desde luego, de convertir las providencias judiciales en sonetos. Bastante tienen ya los jueces con resolver expedientes complejos como para pedirles, además, que aprendan a rimar. Se trata de algo mucho más serio: comprender que la claridad también hace parte de la justicia y que una frase oscura puede causar tanto daño como un argumento equivocado.
Vivimos, además, un tiempo singular. Las máquinas redactan textos con una velocidad que hace pocos años parecía imposible. Organizan información, resumen documentos y producen respuestas aceptables en cuestión de segundos. Es un avance extraordinario.
Pero la poesía sigue haciendo algo que ninguna tecnología ha conseguido reemplazar.
Nos obliga a mirar despacio.
Mientras un algoritmo aproxima palabras porque estadísticamente suelen aparecer juntas, el poeta las reúne para revelar un significado que antes no existía. Allí donde la máquina calcula probabilidades, el poeta descubre posibilidades. Esa diferencia, que parece pequeña, contiene buena parte de lo que llamamos humanidad.
Tal vez por eso convenga que los juristas frecuenten más a los poetas.
No porque el Derecho deba abandonar su rigor ni porque las leyes necesiten adornarse de metáforas. Todo lo contrario. Quien ha aprendido a escuchar un poema suele escribir con mayor precisión, interpretar con mayor prudencia y desconfiar de las soluciones demasiado fáciles. La poesía no enseña a embellecer el lenguaje jurídico; enseña a respetarlo.
Y ese respeto nunca ha sido un asunto menor.
Las leyes cambian. Los códigos se reforman. La jurisprudencia rectifica su camino. La lengua, en cambio, permanece. Cambia también, por supuesto, pero lo hace sin romper del todo con quienes la hablaron antes. En ella se conserva la memoria de una sociedad y, con frecuencia, también la memoria de su justicia.
Al fin y al cabo, la justicia no comienza cuando un juez firma una sentencia. Comienza mucho antes, cuando alguien escoge una palabra y renuncia a otra. Es en ese instante silencioso, casi siempre invisible, donde el Derecho y la poesía dejan de parecer extraños y descubren que, desde siempre, han estado hablando la misma lengua.


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