Roma en turco: cómo palabras del derecho otomano terminaron expresando conceptos jurídicos europeos
- gleniosabbad
- 24 jun
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Subtítulo
La sorprendente supervivencia del léxico islámico después de la revolución jurídica de Atatürk.
“Los códigos cambiaron. Las palabras se quedaron.”
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Hay historias que parecen imposibles hasta que uno se tropieza con ellas.
Esta comienza en Turquía.
O, mejor dicho, comienza con una pregunta. ¿Qué ocurre cuando un país decide cambiar de civilización jurídica, importar códigos europeos, cerrar una época histórica y abrir otra completamente distinta? La respuesta intuitiva sería sencilla: cambian las leyes, cambian los jueces, cambian los tribunales y cambian también las palabras.
Pero Turquía decidió hacer las cosas de otro modo.
Las leyes cambiaron.
Las palabras no tanto.
A veces la historia tiene esas picardías que parecen inventadas por un novelista con buen sentido del humor. Uno derriba un imperio, adopta el alfabeto latino, importa el Código Civil suizo y el Código Penal italiano, proclama una república laica y moderna, pero sigue llamando a la justicia, al derecho y a la equidad con palabras heredadas del viejo mundo otomano.
Es como cambiar toda la casa y conservar las llaves.
Durante siglos, el Imperio Otomano construyó una cultura jurídica propia. Su lengua era turca, sí, pero el vocabulario culto estaba profundamente influido por el árabe y el persa. El derecho, la teología, la filosofía y la administración hablaban con frecuencia en palabras llegadas desde otras geografías del mundo islámico.
Así surgieron términos como hak, hukuk, adalet y hakkaniyet.
Cuando Mustafa Kemal Atatürk emprendió la gigantesca tarea de modernizar Turquía en la década de 1920, muchas personas imaginaron que aquellas palabras desaparecerían junto con el viejo régimen.
No ocurrió.
Los sultanes se fueron.
Los códigos se fueron.
Las palabras se quedaron.
Y allí empieza la parte más interesante de esta historia.
Tomemos el caso de hak.
En el mundo otomano, la palabra estaba asociada a ideas de legitimidad, verdad y prerrogativa reconocida por el orden jurídico islámico. Hoy continúa significando “derecho”, pero dentro de una estructura conceptual muy distinta, influida por las doctrinas europeas del derecho subjetivo.
La palabra sobrevivió.
La teoría cambió.
Algo parecido ocurrió con hukuk, que sigue significando “derecho”, aunque ya no designa el mismo universo normativo que conocieron los juristas del Imperio Otomano.
La fachada permaneció.
El edificio fue remodelado por dentro.
Tal vez el ejemplo más fascinante sea hakkaniyet.
La palabra existía mucho antes de la República. Evocaba ideas de rectitud, justicia y corrección moral. Sin embargo, en los manuales contemporáneos de derecho turco suele emplearse para expresar algo muy cercano a la equidad de la tradición jurídica occidental, aquella vieja idea heredada de Aristóteles y desarrollada por los juristas romanos para corregir, cuando es necesario, la rigidez de las normas generales.
La misma palabra.
Otro equipaje intelectual.
También ocurrió con mülkiyet —propiedad— y con miras —herencia—. Los términos permanecieron, pero los conceptos jurídicos que los sustentaban fueron reinterpretados a la luz del Código Civil suizo.
Es como si los viejos recipientes hubieran sido llenados con un vino diferente.
Y luego está zilyetlik, una de esas palabras que encantan a los historiadores del derecho. Su origen remite a la idea de tener algo “en la mano”. Sin embargo, hoy desempeña una función muy parecida a la de la antigua possessio romana.
Roma no aportó la palabra.
Aportó la teoría.
La lengua otomana puso el nombre.
Europa proporcionó el molde conceptual.
Por eso la experiencia turca resulta tan singular.
Japón importó instituciones occidentales. América Latina hizo algo parecido. Muchos países adaptaron códigos europeos.
Pero Turquía protagonizó una operación más sutil.
No occidentalizó completamente su lenguaje jurídico.
Occidentalizó gran parte del significado de ese lenguaje.
Y ahí reside el verdadero milagro histórico.
Un jurista otomano del siglo XVIII reconocería numerosas palabras utilizadas hoy en una facultad de derecho de Estambul. Lo que probablemente no reconocería sería aquello que esas palabras significan.
Entre ambos mundos se interpuso una revolución.
No una revolución de vocabulario.
Una revolución de sentido.
Quizás por eso la historia de la modernización turca no deba contarse únicamente como la adopción de códigos extranjeros. También merece ser narrada como una transformación semántica de enorme profundidad.
Porque los imperios suelen desaparecer más rápido que las palabras.
Y porque, a veces, las palabras sobreviven para contar una historia distinta de aquella para la cual fueron creadas.
Eso fue exactamente lo que ocurrió en Turquía.
Roma llegó.
Pero aprendió a hablar en turco.


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