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Sembrando orquídeas en un chiquero: la tragedia del intelectual moderno

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 20 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Por: Glênio S. Guedes (Abogado – Brasil)


Permítanme echarles un cuento antes de entrar en los vericuetos del Derecho. Yo soy un abogado brasileño, criado entre códigos y sentencias, pero tengo un vicio impostergable: cada año, como si fuera una promesa a un santo, tomo un avión desde mi tierra para aterrizar en la nevera de Bogotá y perderme en la Feria del Libro. Y les hablo de la FILBo de este 2025, donde, entre aguaceros y tintos, me encontré con una perla que brillaba en un estante como diente de oro en una sonrisa.

El libro tiene un título que parece un chiste de borrachos: El caballo no come ensalada de pepino, del checo Ivan Kraus.

“¡Vea usted qué vaina tan rara!”, pensé en mi portuñol mental. Pero como la curiosidad es la madre de todas las ciencias —y el pecado de los abogados—, lo compré. Y hoy, después de haberlo leído con la lupa jurídica en una mano y el asombro en la otra, vengo a decirles algo muy serio a mis colegas de profesión: no se dejen engañar por la carátula ni por el humor. Este libro es, de cabo a rabo, un tratado de filosofía política y existencial más agudo que muchos manuales que reposan en nuestros despachos.

¿Por qué un abogado de Brasil se fascina con un cuento checo? Porque Kraus nos pone frente al espejo de la condición humana.

La historia tiene un protagonista que no es un hombre de acción, ni un político, ni siquiera un abogado. Es un Doctor en Filosofía. Un hombre de letras, de ideas abstractas, que intenta aplicar la lógica, la ética y el pensamiento crítico en una villa que acaba de salir del comunismo y se lanza, con más hambre que cabeza, al capitalismo salvaje. Y ahí, señores, es donde la puerca tuerce el rabo.

Imaginen ustedes el sancocho: un filósofo que cree en la razón pura, en la palabra empeñada y en la civilización, tratando de convivir con unos vecinos que creen en la trampa, en el "zunchito" para burlar la norma y en la fuerza bruta de los hechos. Es el eterno conflicto que conocemos bien en Latinoamérica: la tensión entre el país de la teoría y el país de la realidad.

Hay una lección política formidable. El libro nos enseña que tumbar un muro político es la parte fácil; lo difícil, carachas, es tumbar el muro mental. El filósofo intenta explicarles a sus vecinos qué es la democracia, pero se estrella contra el Mecánico, un personaje ruidoso que construye su propio carro con piezas robadas. El Mecánico le demuestra al filósofo que la libertad, sin educación, se convierte simplemente en el derecho a aplastar al vecino con un tractor nuevo.

Pero el libro va más allá. El título mismo, esa frase absurda sobre el caballo y el pepino, alude a la primera frase transmitida por teléfono en la historia. Kraus la usa para decirnos que, aunque tengamos la tecnología para hablar, en realidad no nos estamos comunicando. El Doctor cita a los grandes pensadores; el pueblo le responde con el ruido de las máquinas. Es el diálogo de sordos de la modernidad.

Lo que más me impactó, y se los digo con la mano en el corazón, es el desenlace filosófico que le da sentido a este artículo. Mientras nuestro Doctor en Filosofía se angustia buscando la verdad en los libros y en un "Occidente" idealizado, aparece la figura del Recolector de Basura. Este hombre, que vive entre las moscas y la mugre, termina dándole una lección de vida al intelectual. El basurero acepta la realidad tal como es, sin pelear con ella. Al final, el filósofo termina envidiando al basurero, porque ese hombre sencillo tiene algo que el académico perdió entre tanta teoría: paz mental.

Este libro es una advertencia para nosotros, los hombres de leyes. Nos recuerda que no basta con redactar normas perfectas si la realidad cultural va por otro lado. El filósofo fracasa porque intenta sembrar orquídeas de pensamiento en un chiquero moral.

Así que, colegas, si me aceptan un consejo de este brasileño con alma colombiana, lean a Kraus. Ríanse con las desventuras de este pobre filósofo, pero no olviden que, en el fondo, nos estamos riendo de nosotros mismos. Porque, al final del día, la filosofía y la ley no sirven de nada si, como dice el libro, el caballo nos mira pensando que estamos locos por ofrecerle ensalada.

¡Qué vaina tan seria es la risa!

 
 
 

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