Si Escobar hubiera sido jurista, quizá habría dicho:“Tráiganme precedentes extranjeros — que de ellos haré un zoológico hermenéutico.”
- gleniosabbad
- 14 abr
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El derecho no es un animal exótico que se transporta; es una forma de vida que se cultiva.
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Hay ideas que llegan con traje de gala, hablando en lengua extranjera y prometiendo orden donde antes había ruido. Llegan como quien trae el progreso doblado en la maleta —y uno, por cortesía o por deslumbramiento, les abre la puerta. Lo curioso es que, al poco tiempo, esas mismas ideas empiezan a comportarse como huéspedes difíciles: no se adaptan, no se dejan amansar y, si uno se descuida, terminan mandando en la casa.
Algo así ocurrió con los hipopótamos de Colombia —los de Escobar, que hoy pasean por el Magdalena Medio como si siempre hubieran sido de allí— y, guardadas las proporciones, algo parecido viene ocurriendo con los precedentes en el derecho brasileño.
La historia, como se dice por estas tierras, no tiene pierde. Un puñado de animales traídos de África, instalados en un paisaje que no era el suyo, sin depredadores que los pusieran en su sitio. Al principio, pura curiosidad: “vea, pues, qué cosa tan rara”. Después, crecimiento sin freno. Y al final, problema mayor: ya no cabían en el paisaje; el paisaje tenía que acomodarse a ellos.
Con los precedentes en Brasil ha pasado algo semejante, solo que aquí no se trata de colmillos ni de ríos, sino de conceptos que se reproducen con una facilidad que asusta.
Porque el precedente —conviene decirlo sin rodeos— no es una frase bonita ni una tesis que se repite como letanía. Es una decisión nacida de un caso concreto, sostenida por razones que deben poder convencer a otros en situaciones parecidas. Donde no hay razón, hay apenas repetición. Y la repetición, por sí sola, no vuelve verdadero nada; apenas lo vuelve frecuente.
Pero en nuestro afán de poner orden —y de paso, de descongestionar los tribunales— empezamos a tratar el precedente como si fuera una fórmula. Se extrae de la decisión lo que a primera vista parece útil, se lo convierte en enunciado y se lo aplica como si el mundo cupiera en esa frase. El caso concreto, con sus matices, queda por fuera, como quien no cabe en la foto familiar.
Y entonces ocurre lo inevitable: lo que debía ser argumento se vuelve consigna. Lo que debía persuadir, manda.
En materia tributaria, el asunto adquiere un sabor todavía más delicado. Cada país tiene su manera de relacionarse con el fisco, sus hábitos, sus tensiones, sus mañas —porque también hay mañas, no nos digamos mentiras. Trasplantar soluciones extranjeras sin mirar ese contexto es como sembrar una planta de páramo en tierra caliente: puede que brote, sí, pero no será lo mismo, y a veces será peor.
El derecho comparado, cuando se practica con juicio, exige paciencia: entender el idioma, las instituciones, la cultura jurídica. No basta con citar decisiones de otros países como quien cita refranes. Sin ese cuidado, la comparación se vuelve adorno, y el adorno, en derecho, suele salir caro.
Algo similar puede decirse del entusiasmo con el que se ha querido implantar, casi por decreto, como si las prácticas jurídicas obedecieran órdenes, un “sistema de precedentes”. Se habla de cortes que fijan tesis, de decisiones que vinculan por su sola autoridad, de estabilidad lograda a punta de enunciados. Y uno se pregunta, con cierta malicia: ¿desde cuándo la autoridad sustituye a la razón?
Porque el riesgo está ahí, a la vista de todos: convertir el precedente en una orden que se cumple, no porque convenza, sino porque viene de arriba. Y así, poco a poco, el derecho deja de ser conversación para convertirse en eco.
Las súmulas —esas frases que resumen lo que otros pensaron— completan el cuadro. Son útiles, sin duda, pero cuando se las toma como atajo permanente, terminan empobreciendo lo que pretendían simplificar. Reducir la complejidad del mundo a una línea siempre tiene su costo, y ese costo suele pagarse en injusticias discretas, de esas que no hacen ruido, pero se acumulan.
Al final, lo que se forma es un ecosistema curioso: decisiones que se repiten sin que siempre se entienda por qué, enunciados que se aplican sin mirar a quién, y un lenguaje que suena moderno, pero que a ratos camina desorientado, como quien no reconoce del todo el terreno que pisa.
Y ahí es donde la metáfora deja de ser chiste y se vuelve advertencia.
No es que los precedentes sean malos. Como los hipopótamos de Colombia, en su lugar de origen cumplen una función, tienen sentido. El problema empieza cuando se los trae sin preguntar si el nuevo entorno puede sostenerlos —o si ellos, a su vez, no terminarán desordenándolo todo.
Quizá la lección sea más sencilla de lo que parece: el derecho no se importa como quien trae mercancía. Se aprende, se adapta, se cultiva. Y ese cultivo exige tiempo, cuidado y, sobre todo, una cierta humildad para reconocer que no todo lo que funciona allá sirve aquí.
Porque, al fin y al cabo, una cosa es tener un zoológico —lleno de especies exóticas que despiertan curiosidad— y otra muy distinta es tener un jardín.
Y el derecho, si ha de servir para algo más que para exhibirse, necesita parecerse más a lo segundo que a lo primero.


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