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Si los Países Fueran Personas, ¿Cuáles Lograrían Terminar una Carrera de Educación Física?

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 30 ene
  • 6 min de lectura

Ficción especulativa inspirada en la Filosofía del "Como Si" de Hans Vaihinger, escrita por un abogado brasileño que cree que las mejores verdades se cuentan mintiendo un poquito.


Por Glenio S Guedes, abogado brasileño


Conocí una vez, en los pasillos de la Universidad de São Paulo, a un alemán que estudiaba Educación Física con cronómetro en mano y cuaderno cuadriculado donde anotaba hasta los minutos que tardaba en leer cada capítulo de Bioquímica Molecular. Me pareció admirable y triste al mismo tiempo, como esos relojes suizos que funcionan perfectos pero nunca se atrasan ni adelantan por pasión. Y me puse a pensar en esa pregunta caprichosa que esconde verdades profundas: si los países fueran personas que se matriculan en una universidad, ¿cuántos tendrían la berraquera suficiente para graduarse?

Hans Vaihinger, filósofo alemán de principios del siglo XX, nos enseñó que vivimos de ficciones conscientes: pensamos como si el tiempo fluyera en línea recta, como si los países tuvieran alma, como si pudiéramos entender el mundo sin inventárnoslo un poquito primero para que quepa en la cabeza.

Tomemos entonces el pensum de Educación Física de la USP: ocho semestres de vértigo, 3.960 horas académicas que incluyen desde Bioquímica Molecular (que espanta hasta a los biólogos) hasta Danza Escolar (que espanta a los que no tienen ritmo), desde Estadística (esa materia que raja a medio mundo) hasta Filosofía del Deporte, donde hay que leer a tipos con nombres impronunciables que se preguntaban qué demonios hacemos los humanos sudando en una cancha.

Alemania, por supuesto, llegaría el primer día con bibliografía complementaria ya leída y cronograma impreso en papel bond de 90 gramos. Sacaría dieces perfectos en Anatomía del Aparato Locomotor y Bioquímica, deslumbraría en las materias filosóficas porque no en vano es la patria de Kant y Hegel y toda esa gente que pensaba mientras caminaba bajo la nieve. Se graduaría con honores, claro—pero uno sospecha que terminaría sin haber sentido nunca lo que significa un cuerpo feliz en movimiento, sin haberse dejado llevar por ese goce animal de correr sin mirar el reloj.

Japón vería todo el pensum como un bushido académico, como esos samuráis que se preparaban años para un solo combate. Madrugaría cuando todavía hay estrellas en el cielo para repasar Fisiología del Ejercicio, mantendría promedio de 9.5 incluso en las materias más bravas, elegiría Judô I y II como electivas porque le recordarían a su abuelo. Pero llegaría al octavo semestre con ojeras hasta el alma, durmiendo cuatro horas mientras cumplía las 240 horas de la Práctica Supervisada III. Se graduaría, sí—pero necesitaría un año entero tirado en un tatami para recuperar el espíritu.

Brasil—y aquí hablo como quien conoce la casa desde adentro—sería la chimba de compañero: el alma de cada fiesta, imbatible en Fútbol y Capoeira, brillante en las dimensiones antropológicas y sociológicas donde hay que hablar de cultura y mestizaje. El problema es que Brasil tiene el talento de sobra pero le falta método. Dejaría acumular materias raspadas en Estadística y Bioquímica de la Actividad Motora como quien acumula facturas sin pagar. Y cuando llegara ese maldito quinto semestre con 18 créditos simultáneos y cuatro prácticas supervisadas al mismo tiempo, entraría en pánico existencial. Pediría suspensión temporal jurando que volvería "el próximo semestre sin falta"—y volvería, claro, porque Brasil siempre vuelve, pero se tardaría 14 semestres en lugar de ocho, graduándose cuando ya sus compañeros tienen hasta hijos.

Estados Unidos se retiraría en el tercer período sin ceremonias. Llegaría esperando algo práctico y mercadeable, tipo Sports Management con énfasis en marketing y certificación rápida. Al toparse con nueve créditos de Fisiología en el primer semestre y descubrir que en el tercero hay que cursar Fundamentos de Microeconomía y Filosofía del Deporte, diría con esa franqueza gringa: "Esto no agrega valor a mi currículum". Terminaría sacando un MBA en Gestión Deportiva online, graduándose en 18 meses con diploma plastificado y cero capacidad de asombro.

Y luego está Colombia—ese país hermano que desde Brasil miramos con admiración y complicidad caribeña, compartiendo esa manera latina de enfrentar la vida con música y garra.

Colombia llegaría a ese salón con toda la energía desbordante que solo tienen los que han aprendido a sonreír mientras suben montañas, con esa pasión visceral por el deporte que les viene desde el día en que Lucho Herrera se trepó al Alpe d'Huez en el Tour de Francia y le demostró a Europa que los colombianos también sabían volar cuesta arriba. Sería invencible en Fútbol y Futsal, sorprendería en Atletismo I con ese aguante de ciclista que llevan en la sangre desde Cochise Rodríguez hasta Nairo Quintana y Egan Bernal.

Al principio, los profesores paulistas dudarían. Colombia llegaría tarde a Bioquímica y Biología Molecular con excusas creativas, tendría dificultades con Nociones de Estadística porque los números nunca han sido lo suyo. Pero aquí está la cosa que muchos no entienden: la verraquera colombiana está subestimada por el mundo.

El punto de quiebre llegaría en el tercer semestre, cuando tuviera que cursar esas materias de Dimensiones Filosóficas y Antropológicas de la Educación Física y del Deporte. Ahí Colombia descubriría algo inesperado: que la educación física no es solo músculo y sudor, sino territorio de reconstrucción social, que el cuerpo es el primer lugar donde aprendemos a resistir y a renacer. Y eso Colombia lo entiende como nadie, porque ha tenido que reinventarse más veces que un gato de siete vidas.

Durante las prácticas supervisadas del quinto al octavo semestre, cuando otros se irían a gimnasios de ricos en barrios de clase alta, Colombia brillaría trabajando con pelados de barrios populares, con poblaciones vulnerables, con esa gente que necesita el deporte no para ganar medallas sino para ganar dignidad. Elegiría electivas de inclusión: Educación Física Adaptada I y II, Deporte y Discapacidad I y II. Su monografía se titularía: "El balón como herramienta de paz en contextos de violencia urbana"—y la escribiría con el corazón en la mano.

Características distintivas de Colombia como estudiante: creatividad paisa para sortear obstáculos burocráticos que tumbarían a cualquiera, capacidad caribe de crear redes de apoyo entre compañeros hasta en los momentos más duros, alegría llanera incluso en las materias más áridas como Biomecánica Aplicada, y esa aptitud natural para la Danza en la Educación Física Escolar que les viene de tener el Caribe, el Pacífico y los Andes metidos en el mismo país.

Colombia llegaría al octavo semestre con algunas materias raspadas en el morral de la memoria, con más cicatrices que medallas en el historial académico—pero llegaría, qué carajo, llegaría con la frente alta y el diploma sudado en la mano, demostrando una vez más que en ese país de arrieros y trepadores lo que sobra no es organización ni método europeo, sino esas agallas de mula que los hacen subir hasta donde otros ni siquiera miran.

China se graduaría en tiempo récord con planeación quinquenal perfecta pero sin haber vivido una sola clase. Finlandia lo haría con excelencia nórdica y balance emocional envidiable. India concluiría entre crisis existenciales pero concluiría. Francia quedaría eternamente atrapada perfeccionando una tesis de Monografía en Educación Física III que nunca entregaría. Italia suspendería tres veces después de reprobar Bioquímica y Biología Molecular, pero en el onceavo semestre se graduaría con fiesta que recordarían hasta los nietos.

La lista final de graduados: Alemania, Japón, Colombia, China, Finlandia e India.

Pero la pregunta de Vaihinger persiste como mosca en verano: ¿es "terminar el pensum" el único criterio de éxito verdadero?

Colombia nos enseña algo que ninguna hoja de vida puede medir: que hay resiliencias más valiosas que promedios perfectos, que hay alegrías que valen más que diplomas inmaculados, que existe esa capacidad maravillosa y terca de levantarse después de cada caída—y eso, señores, eso no aparece en las 3.960 horas del pensum universitario pero es lo que realmente gradúa a los países en la universidad de la vida.

Desde Brasil miramos a Colombia y reconocemos un espejo fraterno: ambos tenemos el talento natural, ambos bailamos mejor que estudiamos, ambos llegamos tarde pero llegamos con el corazón puesto. La diferencia quizás sea que Colombia, con sus montañas de vértigo y su historia de escaladas imposibles, desarrolló ese músculo extra de la persistencia que a nosotros, acostumbrados a las planicies y a la improvisación genial, a veces nos falta.

La realidad es demasiado compleja para comprenderla; por eso nos inventamos ficciones. Y en esta ficción que huele a tiza y sueños, Colombia no solo se gradúa: baila cumbia en la ceremonia con la toga puesta y el birrete chueco, mientras el rector alemán mira sin entender pero aplaudiendo igual, y Brasil—ese primo gigante del sur—le grita desde las gradas: "¡Eso, hermano, eso es tener aguante!"


 
 
 

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