Toda biografía es una tributografía: Schopenhauer analiza las reformas tributarias de Brasil y Colombia
- gleniosabbad
- 3 dic 2025
- 3 Min. de lectura
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Había una vez —porque toda tragedia latinoamericana empieza así— un filósofo alemán que jamás pisó nuestro continente, pero que habría entendido como nadie el sufrimiento fiscal de estas tierras. Arthur Schopenhauer, con su semblante triste y su ironía venenosa, sostenía que toda biografía es, en el fondo, una patografía. Si lo resucitáramos hoy, frente a las reformas tributarias que hierven en Brasil y Colombia, seguramente corregiría su tesis:
“Querido latinoamericano: toda biografía es una tributografía. Nacemos, sufrimos, pagamos impuestos… y después morimos. No siempre en ese orden.”
En Brasil, la cosa empezó con una reforma monumental: la creación del Impuesto sobre Bienes y Servicios (IBS) y de la Contribución sobre Bienes y Servicios (CBS). Una refundación del sistema sobre consumo, tan grande que hasta los alemanes se habrían persignado. La Constitución brasileña fue retocada para exigir simplicidad, transparencia, justicia tributaria y cooperación. Palabras hermosas, de esas que uno pondría en el velorio de la burocracia, si la burocracia pudiera morirse. Pero no: la criatura sigue viva, más viva que nunca, solo que con un maquillaje nuevo.
Schopenhauer, desde el más allá, habría dicho:
—El Estado, ese animal hambriento, no descansa. Cambia de piel, pero no de apetito. La Voluntad de Arrecaudar, en Brasil o en Colombia, es una fuerza ciega, obstinada, infinita.
La legislación complementaria brasileña —una enciclopedia de casi cuatrocientas páginas— define quién debe pagar, cómo debe pagar, cuándo debe pagar y, sobre todo, cómo debe justificar que pagó. Si usted no entiende una cláusula, no se preocupe: nadie la entiende por completo. La Voluntad siempre deja un margen de misterio, para mantenernos humildes.
A la par, Brasil aprobó una actualización del Impuesto sobre la Renta que promete alivio a los que ganan poco y una mordida elegante a los que ganan mucho. Se tributarán dividendos elevados, habrá un impuesto mínimo para los de ingreso estratosférico… En fin, una reforma para que todos sufran un poquito, cada uno a su manera. Porque, según Schopenhauer, la justicia distributiva en el mundo no consiste en disminuir el dolor, sino en repartirlo uniformemente, como quien sirve un sancocho donde todos se llevan un trozo de yuca.
Del otro lado de la frontera, Colombia también vive sus idas y venidas tributarias: reformas que entran y salen, impuestos temporales que se vuelven permanentes, medidas de progresividad que a veces progresan y a veces no. Nada muy distinto del Brasil tropical. Aquí y allá, la promesa es la misma: “Ahora sí vamos a simplificar el sistema.” Pero todo colombiano y todo brasileño sabe que “simplificación tributaria” es un cuento chino con acento portugués.
Schopenhauer, contemplando el panorama binacional, concluiría:
—Latinoamérica tiene las mismas montañas, los mismos ríos y los mismos tributos eternos.Lo único que cambia es el acrónimo.
Y no estaría equivocado. La diferencia entre IBS, CBS, IVA, ICA, Renta, Dividendos y demás criaturas es apenas cosmética. Lo esencial es que cada operación económica —hasta la compra de una empanada o de una tapioca— se convierte, tarde o temprano, en un acto metafísico de sufrimiento fiscal.
Porque, como decía el filósofo, la vida oscila entre el dolor y el tedio. En Brasil y en Colombia, oscila entre la declaración y la notificación.
Sin embargo, Schopenhauer también habría tenido un momento de ternura filosófica. Viendo los sistemas devolutivos brasileños —que reembolsan a los más pobres una parte del impuesto pagado sin darse cuenta— y ciertos programas sociales colombianos, susurraría:
—Aquí hay un destello de compasión. Pequeño, frágil, casi tímido… pero real.
Es el raro instante en que la Voluntad, cansada de cobrar, se sienta a tomar agua.
Pero no nos engañemos: la metafísica tributaria latinoamericana no descansa. Los brasileños ahora deberán aprender a vivir con el IBS y la CBS, como quien aprende a vivir con un papá estricto: no se discute, se obedece. Los colombianos seguirán lidiando con reformas que cambian cada cuatro años, como si fueran estaciones políticas.
Schopenhauer cerraría el libro y, con una sonrisa amarga, nos regalaría su sentencia final:
“El hombre puede escapar del amor, de la filosofía y hasta de sí mismo. Pero jamás escapará del impuesto.”
Y tendría razón. Porque en esta esquina del mundo, donde el Caribe conversa con el Atlántico, donde el guaraná saluda al café, y donde los Estados proclaman simplicidad mientras fabrican reglamentos de cien páginas, lo único verdaderamente eterno es esto:
Toda biografía es una tributografía.
Todo ciudadano, un contribuyente en potencia.
Y toda reforma, una manera nueva de decirnos que la Voluntad sigue mandando.
En resumen: como aprendí en Tunja, ¡con tributos no se puede dar papaya!


Comentarios