Ubi societas, ibi Macondo
- gleniosabbad
- hace 6 días
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La corrupción como costumbre; el Derecho como esperanza.
"La inteligencia ciega termina siendo inconsciente e irresponsable."
Edgar Morin
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
Cuentan que, en algún rincón de América Latina, un funcionario fue acusado de desviar dineros públicos. La noticia produjo un revuelo extraordinario.
No por el desfalco.
Sino porque alguien todavía se escandalizaba.
Quizá esa sea la peor victoria de la corrupción. No la plata que desaparece, ni el hospital que nunca se construyó, ni la escuela que quedó convertida en un lote vacío. Lo verdaderamente grave ocurre cuando el asombro hace las maletas y se marcha sin despedirse. Ese día la corrupción deja de ser una excepción. Se convierte en paisaje.
Hace casi diez años, Juan Gossaín advirtió precisamente ese peligro. Escribía con la serenidad de los grandes cronistas que los pueblos empiezan a correr riesgos cuando dejan de sorprenderse por aquello que antes los indignaba. La corrupción, decía en esencia, no solo vacía los presupuestos: termina vaciando la capacidad de escandalizarse.
La colección Corrupción en Colombia, publicada por la Universidad Externado de Colombia, parece responder a esa misma preocupación, aunque por un camino distinto.
Mientras el periodismo describía la enfermedad, la universidad decidió estudiarla.
Y esa decisión explica cuatro libros.
El primero comienza con una pregunta que parece sencilla y resulta endemoniadamente difícil: ¿qué entendemos por corrupción? Porque nadie puede combatir con rigor aquello que ni siquiera ha conseguido definir. Antes de las condenas vienen las palabras. Y antes de las palabras, las ideas.
El segundo volumen recuerda una verdad que los grandes escándalos suelen confirmar: la corrupción rara vez baila sola. Circula entre oficinas públicas y salas de juntas, entre licitaciones y consejos de administración, entre intereses privados y decisiones estatales. Después de todo, para bailar ese tango hacen falta dos.
El tercero dirige la mirada hacia las instituciones. Allí descubre que las leyes más severas pueden convivir tranquilamente con incentivos que premian la deshonestidad. El problema deja de ser únicamente el delincuente y empieza a ser el diseño mismo de las reglas.
El cuarto volumen termina por desmontar una ilusión muy difundida en nuestros países: creer que la corrupción constituye exclusivamente un problema penal. Los autores sostienen, por el contrario, que también es un fenómeno institucional, administrativo, económico y cultural. Quien solo cambia las penas sin revisar las instituciones suele terminar reformando los códigos mientras los problemas permanecen intactos.
Sospecho que Machado de Assis habría disfrutado escuchando las explicaciones de ciertos corruptos.
—¿Soborno? —diría alguno, escandalizado—. ¡Qué palabra tan fea! Lo mío fue una muestra de gratitud.
Otro aclararía, con absoluta tranquilidad, que jamás vendió su conciencia.
Simplemente la arrendó por unas cuantas horas.
Y no faltaría el ciudadano ejemplar que condena el robo de millones por la mañana, pide un favor indebido después del almuerzo y regresa a casa convencido de que la regeneración moral del país depende exclusivamente de los demás.
La corrupción posee una costumbre curiosa.
Siempre encuentra la manera de parecer razonable para quien se beneficia de ella.
Quizá por eso estos cuatro volúmenes conservan tanta vigencia.
Han cambiado los gobiernos.
Han cambiado las tecnologías.
Hoy hablamos de inteligencia artificial, algoritmos, contratación electrónica y gobernanza digital.
Sin embargo, las preguntas esenciales siguen siendo las mismas.
¿Quién controla al controlador?
¿Cómo impedir que una institución termine capturada por los intereses que debía vigilar?
¿De qué manera puede la transparencia dejar de ser un discurso para convertirse en un hábito administrativo?
Los autores no prometen soluciones milagrosas.
Las universidades serias desconfían de los milagros.
Prefieren construir conocimiento.
Y el conocimiento suele avanzar haciendo buenas preguntas antes que ofreciendo respuestas apresuradas.
Esa es, precisamente, la esperanza que atraviesa toda la colección. No una esperanza ingenua, sino institucional. La convicción de que las reglas pueden diseñarse mejor, de que los incentivos pueden corregirse y de que la integridad pública no depende únicamente de la virtud individual, sino también de organizaciones capaces de hacer que la honestidad deje de ser una heroicidad cotidiana para convertirse, simplemente, en la manera normal de hacer las cosas.
Tal vez esa sea la mayor lección que deja el Externado.
No enseñarnos a indignarnos más.
Enseñarnos a comprender mejor.
Porque las democracias rara vez empiezan a morir el día en que aparece el primer corrupto.
Empiezan a enfermar el día en que los ciudadanos dejan de sorprenderse por su existencia.
Entonces Macondo deja de ser una novela.
Basta abrir el periódico para encontrarlo.


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