Un hombre encuentra libros, y el mundo cambia
- gleniosabbad
- 8 nov 2025
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Poggio, el Einstein del siglo XV
Por Glênio S Guedes ( abogado )
«Toda tierra está abierta al sabio, porque la patria de un alma virtuosa es el universo entero».— Demócrito, citado por Carlo Rovelli, La realidad no es lo que parece, p. 41, n. 27
Era invierno de 1417. Un hombre cruzaba a caballo las colinas húmedas del sur de Alemania. No llevaba espada ni corona. Buscaba libros.
Se llamaba Poggio Bracciolini, y su viaje solitario transformaría el destino de la cultura occidental. Había servido como secretario del antipapa Juan XXIII, pero al caer su patrón, Poggio se quedó sin empleo, sin maestro, sin amo. Y entonces, libre de todo, eligió la más temeraria de las misiones: rescatar la memoria del mundo.
Las excavaciones del alma
Fulda, Cluny, San Galo, Monte Cassino…Cuatro nombres, cuatro monasterios donde el silencio guardaba tesoros. Poggio los recorrió uno por uno, abriendo armarios y despensas del tiempo. De aquellas sombras salieron Lucrecio, Cicerón, Quintiliano, Vitrubio, Amiano Marcelino, Valerio Flaco y Apicio.
Cada manuscrito era un cuerpo resucitado. De repente, Roma volvió a hablar: su lógica, su arte, su fe en la razón.
Lucrecio y el renacimiento de la materia
El hallazgo de De Rerum Natura, de Lucrecio, fue el más fulminante. Inspirado en Demócrito y Epicuro, el poema describía un universo hecho de átomos que se mueven en el vacío, sin dioses que intervengan, sin milagros que lo alteren.
Al copiar esas líneas, Poggio reencendió una chispa que la Edad Media había sofocado: la idea de que la naturaleza se basta a sí misma. Siglos más tarde, Galileo, Newton, Einstein y Rovelli seguirían ese mismo rastro, buscando en el orden de las cosas la música secreta del cosmos. Lucrecio lo había dicho en versos; ellos lo demostraron con fórmulas. Y todo empezó con aquel hombre que viajó a caballo entre la nieve para salvar un libro.
Quintiliano y el derecho: la palabra justa
En la abadía de San Galo, Poggio encontró la Institutio Oratoria, de Quintiliano. Allí aprendió Europa que el buen jurista es, antes que nada, un hombre bueno que sabe decir el bien. El derecho dejó de ser un ritual frío y volvió a ser una retórica moral, donde hablar y actuar eran una misma virtud.
Desde entonces, las universidades de Bolonia, Padua y Orléans enseñaron a sus estudiantes que defender la ley es también defender la humanidad del lenguaje. Fue Poggio quien, sin proponérselo, devolvió alma a la jurisprudencia.
Otros renacimientos
De Vitrubio, rescató el tratado que enseñó a Brunelleschi y a Leonardo que la arquitectura es geometría del cuerpo humano. De Amiano Marcelino, la historia escrita sin milagros, sólo con hechos, que inspiraría a Maquiavelo y a los historiadores modernos. De Valerio Flaco, el viaje y la metamorfosis del héroe, que volverían a brillar en la poesía del Renacimiento. Y de Apicio, un libro de cocina que recordó a Europa que el placer, la mesa y el gusto también son parte de la civilización.
Cada texto era un sol encendido: ciencia, derecho, arte, historia, placer.El hombre volvía a ser medida y centro del universo.
El gran desvío
El escritor Stephen Greenblatt llamó a ese gesto The Swerve, el gran desvío. Como en Lucrecio, donde los átomos se desvían apenas un instante y crean el mundo, Poggio se desvió del poder y eligió la curiosidad. Y ese pequeño movimiento cambió el curso de la historia.
Fue la victoria de la duda sobre el dogma, del razonamiento sobre el milagro, de la palabra sobre el silencio.
Epílogo — Cuando un libro enciende el mundo
A la luz temblorosa de una vela, Poggio copió versos y tratados que devolverían al hombre la confianza en sí mismo. De sus manos renació el hilo que une Demócrito con Lucrecio, Lucrecio con Galileo, Galileo con Einstein, Einstein con Rovelli: todos hijos de la misma fe en la curiosidad.
Porque toda tierra está abierta al sabio, y la patria de una mente virtuosa —como dijo Demócrito— es el universo entero.


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