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¿Y si Andrés Bello resucitara hoy para defender que no se cambie radicalmente el Código Civil de Colombia?

  • Foto del escritor: gleniosabbad
    gleniosabbad
  • 22 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Actualizado: 25 nov 2025

Glênio S. Guedes (abogado de Brasil)


“El contexto de la ley servirá para ilustrar el sentido de cada una de sus partes, de manera que haya entre todas ellas la debida correspondencia y armonía.”

Artículo 30 del Código Civil de Colombia


Dicen que en Bogotá, cuando amanece lloviznando con desgano y los cerros se esconden detrás de una nube testaruda, hasta los difuntos célebres sienten comezón en sus lápidas. Y así, una madrugada caprichosa, don Andrés Bello volvió del más allá, con su levita impecable, su diccionario mental de medio continente y esa mirada de maestro que conoce de memoria las trampas del idioma.

Apareció sentado en las escalinatas de la Corte Constitucional, como quien regresa simplemente a reclamar una prenda olvidada. Los vigilantes pensaron que era un profesor insomne buscando dónde dictar clase. Pero cuando abrió la boca y dijo:

Señores, he venido por mi Código

los guardias se miraron como si acabaran de ver un fantasma que sabe de jurisprudencia.

Dentro, en un salón donde se discutía el futuro del Código Civil como quien discute el menú de un domingo, reposaba un voluminoso documento:“Proyecto de Sustitución Integral del Código de 1887”.

Una reforma total, quirúrgica y ansiosa, escrita al ritmo frenético del siglo XXI.

Bello entró sin pedir permiso, se acomodó en una silla como quien ocupa su propio despacho y ordenó:

—Traigan ese mamotreto. Quiero verlo de cerca, para saber de qué quieren curar a lo que no está enfermo.


I. El alegato de Bello


BELLO (ajustándose los lentes):—Honorables señores: he escuchado que quieren reemplazar el Código Civil. No reformarlo, no actualizarlo, no afinarlo… ¡reemplazarlo! Como si la ley fuera un teléfono celular que envejece cada dos años.

(Se oye un murmullo culpable. Bello continúa.)

—Estoy aquí no por nostalgia —el muerto no añora— sino por responsabilidad. No destruyan lo que respira. La ley necesita raíces hondas, y ustedes planean cortarlas para ver si vuelven a brotar.

Hizo una pausa larga, como quien cuenta hasta diez para no perder la compostura.

—El Código es viejo, sí. Viejo como la cordillera, viejo como el idioma, viejo como la decencia. Lo que es viejo y continúa en pie no es fósil: es columna.


II. La sátira machadiana


Bello afinó la voz con una ironía suave, casi poética:

—El gran defecto de mi Código es que obliga a pensar. Y pensar... ay, señores, qué esfuerzo tan poco popular. Si quieren ligereza, lean aforismos. Si quieren diversión, abran las redes sociales. Pero si quieren República… entonces lean leyes que requieran neuronas, no emoticones.

(Algunos asesores bajaron a vista hacia los celulares.)


III. El congresista moderno interviene


CONGRESISTA:—Maestro, el país ha cambiado: nuevas familias, nuevas tecnologías, nuevas interpretaciones…

BELLO:—¡Exactamente! Cambió el techo, cambió la pintura, cambiaron las cortinas… ¿ y ustedes quieren demoler la casa entera? El Código no es un museo: es el esqueleto de la vida civil, y los esqueletos no se cambian, se fortalecen.

—Una reforma sensata es cirugía. Lo que ustedes proponen es amputación preventiva.


IV. Remate


Ya al final, Bello se levantó, tomó el proyecto de ley con dos dedos —como quien levanta un pescado dudoso— y declaró:

—No vengo a detener el progreso. Vengo a impedir el olvido. Reformen lo que haya que reformar: sí. Actualicen lo que deba actualizarse: también. Pero recuerden:

Un país que sustituye su Código Civil cada vez que despierta impaciente termina borrándose a sí mismo.

Guardó silencio, deslizó suavemente los papeles sobre la mesa y concluyó:

—Si quieren modernidad, háganla con cabeza. No con martillo.

Y desapareció caminando despacio, dejando atrás un olor a tinta antigua y un silencio que, por primera vez en años, obligó a los legisladores… a pensar.


 
 
 

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