¿Y si Bolívar y Santander despertaran en la Colombia de hoy?
- gleniosabbad
- 22 nov 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 25 nov 2025
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
Un diálogo improbable
“Colombianos: las armas os han dado la independencia, las leyes os darán la libertad.”
— Francisco de Paula Santander
Dicen que, a veces, cuando la historia se cansa de repetirse, abre un portillo entre los siglos para airearse. Y por ese portillo, como dos viajeros que equivocaron de estación, cayeron Simón Bolívar y Francisco de Paula Santander en plena Plaza de Bolívar, Bogotá, año 2025.
El Libertador despertó primero, examinando el entorno con la misma desconfianza con que antes inspeccionaba un campamento enemigo. Santander, más práctico, ya estaba revisando un celular abandonado en un banco como si fuera un acta de nacimiento.
Diálogo
BOLÍVAR:—¿Qué república es ésta, Santander? No la reconozco. Hay más palomas que soldados… y más edificios que árboles.
SANTANDER (manipulando el celular con gesto de escribano moderno):—General, el aparato dice “República de Colombia”. Aunque, le confieso, republicana sí es… pero ordenada, no tanto. Aquí la gente vive conectada a un aparato donde discute, ama, insulta y gobierna sin levantarse de la cama.
BOLÍVAR (mirando hacia el Congreso):—¿Y esos señores? Parecen congresistas… pero no veo revolución en ninguno.
SANTANDER:—Lo son. Hacen debates televisados. Y cobran viáticos.
BOLÍVAR:—¿Viáticos? ¡Carajo! Yo crucé páramos tomando agua de charco y comiendo cuero remojado. Y estos caballeros cobran por hablar sentados.
SANTANDER:—Es el progreso, mi general. A veces parece progreso; otras veces, expediente extraviado.
BOLÍVAR (señalando los edificios):—Yo dejé una Gran Colombia soñada, unida, gigantesca. ¿Qué es eso de dividirla en tres pedazos? ¿Quién tuvo semejante ocurrencia?
SANTANDER (mirando para otro lado con diplomacia antigua):—Digamos que… no se puso de acuerdo la gente. Pero mire el lado bueno: ahora tenemos banderas distintas, himnos distintos, problemas distintos… y una nostalgia igualita.
BOLÍVAR:—Prefiero coraje a nostalgia. (Pausa.) ¿Y la corrupción? ¿La acabamos por fin?
SANTANDER (suspirando como notario cansado):—Acabarse no se acabó. Más bien se organizó. Antes se hacía por debajo de la mesa; ahora se hace por encima, pero con comisiones legales.
BOLÍVAR:—Eso no es organización, Francisco. Eso es refinamiento del delito.
SANTANDER:—También hay universidades, hospitales, bibliotecas… y una Corte Constitucional que juzga presidentes. ¡Imagínese esa maravilla!
BOLÍVAR:—Por fin algo que me gusta. Siempre soñé con un país donde la ley fuera más fuerte que el capricho de los caudillos.
SANTANDER:—Ese fue su mayor legado, general: que nadie esté por encima de la ley. Bueno… casi nadie.
BOLÍVAR:—¿Y la juventud? ¿Leen? ¿Debaten la libertad, la república?
SANTANDER:—Leen, sí… pero también pasan horas viendo videos de gente bailando en pantallas pequeñas. Debe ser un rito contemporáneo.
BOLÍVAR (alarmado):—¿Bailes patrióticos?
SANTANDER:—Patrióticos no son. Bailes sí.
BOLÍVAR:—¡Qué tristeza! Yo soñé con jóvenes de ideas ardientes.
SANTANDER:—No se aflija. También los hay: profesores, líderes sociales, estudiantes valientes. Pero muchos viven con miedo. Aquí la violencia no murió… solo cambió de disfraz.
BOLÍVAR (mirando la Catedral):—Quise libertad, justicia, dignidad… ¿Qué esperan para levantarse?
SANTANDER:—Se levantan todos los días, general. Para trabajar, para resistir, para educar a sus hijos. La patria no siempre se defiende con fusiles: a veces se defiende con paciencia.
BOLÍVAR:—Entonces este pueblo debe ser santo.
SANTANDER:—O testarudo, como usted.
BOLÍVAR:—Francisco… ¿es esta la patria que soñé?
SANTANDER:—No es la perfecta. Pero es la posible. Y sigue viva, que es lo importante.
BOLÍVAR (con un brillo antiguo en los ojos):—Mientras viva, todavía puede ser grande.
Cierre
Y así caminaron los dos próceres por la Bogotá moderna: uno empuñando su espada imaginaria, el otro cuidando un celular como si fuera un Código Civil. Entre los buses rojos, las protestas, las empanadas, los rascacielos y los noticieros gritando, entendieron que la Colombia de hoy no es la que soñaron, pero tampoco la que temían.
Porque Colombia tiene una virtud irrebatible: cae, se sacude, reniega… pero nunca se rinde del todo.


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