¿Y si Clarice Lispector habitara el cuerpo y la mente de Manuela Sáenz?
- gleniosabbad
- 22 nov 2025
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Actualizado: 25 nov 2025
Por Glênio S Guedes ( abogado de Brasil )
“Yo, Simón, me iré de esta vida sabiendo y sintiendo que soy de esos seres que han amado y que han odiado, y saberlo y sentirlo con desgarrada nitidez me exime de la fragilidad de la cordura. Ello me prodiga confusión e incertidumbre, pero me libra para siempre del fétido perfume de los que mueren en paz con todos sus pecados y todas sus infamias.”
— Víctor Paz Otero, La otra Agonía. La pasión de Manuela Sáenz, 2006.
Aquel día Bogotá amaneció envuelta en un silencio de presagio. No de lluvia —de pensamiento. En un aposento estrecho donde a duras penas cabían un catre, una silla y las ambiciones del Libertador, Simón Bolívar caminaba como quien discute con la historia.
Y allí estaba ella: Manuela Sáenz, aunque no del todo. Había en sus ojos un fuego quieto, casi feroz, como si dentro de su alma se hubiese instalado otra conciencia. Clarice Lispector, nada menos. Porque en este universo extraño que llamamos What If?, hasta los espíritus literarios tienen sus caprichos.
Diálogo
BOLÍVAR:—Manuela, estás distinta. Más honda que un abismo. Y los abismos de los Andes no son poca cosa.
MANUELA–CLARICE:—Simón, es que me puse a existir. A existir de verdad, como quien se mira sin pestañear y descubre que la propia alma es un precipicio. Y eso, para tu gloria, puede ser más peligroso que tus batallas.
BOLÍVAR (tocándose el bigote con ese aire de general que no quiere admitir desconcierto):—Pero si vos siempre has estado viva. Salvaste mi vida, confundiste virreyes, desafiaste conventos… Sos como una república en falda.
MANUELA–CLARICE:—Actuar no es existir. Ustedes, los héroes, creen que la vida empieza cuando se carga una espada. No. Empieza cuando uno se atreve a sentir. Y yo, Simón, me atreví.
BOLÍVAR:—Preveo insubordinación. Primero las provincias, ahora las mujeres. Al final, hasta mi caballo pedirá independencia.
MANUELA–CLARICE (con sonrisa lenta, que arañaba):—La independencia no se pide: se encarna. Las mujeres cargamos jaulas invisibles, Simón. La jaula de esperar, de callar, de servir como sombra del destino de otro.
BOLÍVAR (alarmado):—¿Jaula? ¿A vos, que asustás a los coroneles?
MANUELA–CLARICE:—Las peores jaulas son las que no tienen barrotes. Las que huelen a costumbre. Vos libertaste medio continente, pero olvidaste libertar a las mujeres que cargaban agua para tu fuego.
BOLÍVAR:—Te firmo un decreto. Libertad absoluta para Manuela Sáenz.
MANUELA–CLARICE:—Los decretos no liberan el alma. Son apenas papeles que se ponen amarillos.
BOLÍVAR:—Entonces decime qué querés. ¿Una Constitución escrita por mujeres? ¿Una república entera con tu nombre?
MANUELA–CLARICE:—Quiero lo mismo que vos, Simón: el derecho a ser contradictoria. A arder y renacer. A no caber en una crónica heroica ni en un retrato complaciente. Quiero existir con la misma desmesura con que vos libertás pueblos.
BOLÍVAR (arrodillándose, siempre teatral):—Sos libre. Libre como yo nunca fui.
MANUELA–CLARICE:—La verdadera independencia de América llegará cuando las mujeres no tengan miedo de existir. Lo demás son batallas menores.
BOLÍVAR:—Y pensar que yo solo quería fundar países…
MANUELA–CLARICE:—Funde primero una mujer libre. Después hablamos de continentes.
Cuentan que, en la vida de carne y hueso, Manuela fue un huracán imposible de encadenar. Pero en este universo torcido, Clarice le prestó un temblor de lucidez que no perdona a nadie, ni siquiera al Libertador.
No sabemos qué ocurrió después. Tal vez ella salió a cabalgar por la Sabana con el alma incendiada. Tal vez Simón escribió, en secreto, un manifiesto sobre la emancipación interior. O tal vez se quedaron en silencio, escuchando la respiración de la historia.
Lo único cierto es esto: Ese día, Bolívar salió más libre que nunca… y al mismo tiempo, más prisionero.
Porque no hay cadena más fina y más fuerte que el pensamiento de una mujer despierta.


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