¿Y si Brasil y Colombia fueran a operarse?
- gleniosabbad
- 14 may
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Notas anestésicas de Simón Bacamarte sobre dos repúblicas latinoamericanas
“Hay pacientes cuya enfermedad está en los órganos; otros la cargan en las costumbres.”
“El problema de ciertas repúblicas no es la cirugía. Es sobrevivir a la anestesia.”
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
En la antesala quirúrgica de las naciones latinoamericanas, Brasil y Colombia aguardaban la valoración preoperatoria. Ambos habían sido remitidos para cirugías reconstructivas delicadas, de esas que no se resuelven únicamente con bisturí y sedantes, sino con juntas técnicas, protocolos de contingencia y una paciencia casi franciscana.
Porque no se trataba de pacientes comunes.
Eran repúblicas.
Al frente del comité estaba Simón Bacamarte. Ya no el alienista de Itaguaí, sino el anestesiólogo político más reputado del continente: hombre ceremonioso, de voz tranquila y peligrosa afición por clasificar enfermedades sociales con la misma serenidad con que otros clasifican mariposas o pecados ajenos.
Había cambiado la Casa Verde por un instituto especializado en democracias fatigadas, Estados hipertrofiados y sistemas institucionales con insuficiencia crónica de credibilidad.
La gravedad de los casos obligó a ampliar la junta.
No bastaban médicos.
La integraban un anestesiólogo de la Uniandes, un profesor de geopolítica internacional, un economista experto en América Latina, un sociólogo de las patologías republicanas, dos analistas de riesgo institucional y, por precaución elemental, un contador forense. La experiencia había demostrado que ciertas democracias latinoamericanas ya no podían evaluarse únicamente con exámenes clínicos tradicionales. Había que revisar la presión fiscal, la oxigenación democrática, el metabolismo burocrático y, sobre todo, la capacidad del organismo para tolerar la verdad sin entrar en shock.
Sobre la mesa descansaba el protocolo ASA, el sistema creado por la Sociedad Americana de Anestesiología para medir el estado físico del paciente antes de una cirugía.
Bacamarte lo había adaptado a las repúblicas.
Según él, algunos países sufrían de hipertensión tributaria, obesidad burocrática mórbida, insuficiencia ética recurrente, amnesia institucional y una dependencia aguda de caudillos providenciales que aparecían cada cuatro años prometiendo curas milagrosas para enfermedades que ellos mismos ayudaban a empeorar.
Brasil pasó primero.
Entró cargando carpetas fiscales, reglamentos inflamados, reformas inconclusas y ese cansancio administrativo de los organismos que llevan siglos intentando reorganizarse sin lograr ponerse de acuerdo ni siquiera sobre dónde queda la sala de archivo.
Se sentó despacio.
Respiraba como quien viene subiendo una escalera con la máquina pública amarrada a la espalda.
— ¿Antecedentes de crisis? —preguntó Bacamarte.
Brasil sonrió con ese optimismo tropical que suele aparecer justo antes de los desastres.
— Apenas turbulencias normales de una democracia vibrante.
El economista abrió el expediente y empezó a leer: hipertensión fiscal persistente, ansiedad inflacionaria episódica, arritmias regulatorias y una vieja costumbre de recaudar mucho para circular poco. También aparecían señales evidentes de obesidad burocrática y dependencia crónica de litigios.
El geopolítico intervino:
— Paciente continental. Reservas minerales estratégicas, musculatura agrícola formidable y capacidad energética considerable. Pero tiene dificultades históricas para coordinar sus propios órganos.
En ese momento habló el contador forense.
Había llegado esa mañana un informe reciente sobre el llamado Caso Banco Master, descrito ya en los corredores hospitalarios como una septicemia financiera con derivaciones institucionales particularmente delicadas.
Los análisis revelaban contaminación entre sectores financieros y estructuras de poder, circulación anómala de influencias y episodios de inflamación simultánea en los tres poderes públicos.
Bacamarte leyó el documento en silencio.
Después se quitó las gafas con la lentitud de los médicos que ya sospechan el diagnóstico antes de terminar los exámenes.
— Carajo —murmuró—. El paciente desarrolló tolerancia histórica a la fiebre moral.
Brasil protestó enseguida. Y protestó con entusiasmo patriótico, como suelen hacerlo las repúblicas latinoamericanas cuando alguien les recuerda sus análisis clínicos.
Habló de elecciones periódicas, independencia institucional, sofisticación financiera y estabilidad monetaria relativa.
Bacamarte escuchó todo sin interrumpirlo.
Luego sonrió apenas.
— Mi estimado, una cosa es sobrevivir y otra muy distinta estar sano.
Colombia entró después.
Llegó con un pulso menos atropellado y una compostura institucional que, vista desde lejos, todavía parecía decente. Pero el expediente clínico venía cargado de cicatrices: violencia política, hipertensión narcogeopolítica, tensiones territoriales y traumas históricos que aún dolían cuando cambiaba el clima político.
El consultor institucional abrió entonces el Democracy Index 2025.
La sala quedó en silencio.
El informe señalaba que Colombia había registrado la caída democrática más pronunciada de América Latina y que se acercaba peligrosamente a la categoría de régimen híbrido.
El geopolítico siguió leyendo: erosión institucional, aumento de la violencia política, desgaste de los contrapesos republicanos y una inflamación creciente en las relaciones entre el Ejecutivo y los órganos independientes del Estado.
Colombia intentó defenderse.
Mencionó resiliencia histórica, estabilidad relativa y capacidad de adaptación. Habló incluso de madurez democrática con ese tono de alumno aplicado que espera convencer al profesor antes de que lleguen las notas finales.
Bacamarte tomó apuntes sin mover una ceja.
Después preguntó:
— Dígame una cosa, hombre: ¿el paciente todavía distingue entre adversario político y enemigo existencial?
Colombia guardó silencio.
El sociólogo intervino entonces:
— Ambos pacientes presentan la misma dolencia latinoamericana: instituciones formalmente vivas con desgaste funcional silencioso.
— Exactamente —respondió Bacamarte—. Organismos que aprendieron a verse saludables frente a las cámaras, aunque los análisis ya muestran inflamación sistémica.
Afuera esperaban otras repúblicas. Algunas estaban en cuidados intensivos; otras sobrevivían gracias a sedantes ideológicos de larga duración y discursos patrióticos administrados por vía intravenosa.
Brasil y Colombia, sin embargo, seguían intrigando a la junta.
Poseían riqueza mineral, densidad cultural, capacidad económica y una extraordinaria habilidad para sobrevivir a sus propias crisis. Aun así, producían inestabilidad con la puntualidad de un reloj suizo.
Bacamarte cerró finalmente los expedientes.
Escribió:
Brasil: “Paciente funcional. Obesidad burocrática importante. Fiebre institucional recurrente. Tendencia persistente a normalizar anomalías.”
Colombia: “Paciente relativamente compensado. Cicatrices traumáticas activas. Deterioro reciente de la estabilidad democrática.”
Abajo anotó:
“ASA III avanzado para ambos. Riesgo elevado en el posoperatorio.”
La junta preguntó si la cirugía tendría éxito.
Bacamarte levantó lentamente la vista.
— La cirugía puede salir bien —dijo—. El problema es saber si estos pacientes soportan despertar sin anestesia.


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