¿Y si, por puro chiripazo, la Constitución de 1991 y el derecho chibcha se encontraran con el presidente recién elegido de Colombia en el Museo Nacional de Bogotá?
- gleniosabbad
- 11 jul
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¿Qué le aconsejarían?
Por Glênio S Guedes (abogado de Brasil)
El presidente recién elegido de Colombia entró al Museo Nacional una tarde de agosto, pocas horas antes de asumir el cargo. No llevaba escoltas visibles, aunque quizá los invisibles fueran más numerosos, como suele ocurrir con los hombres que han ganado una elección y empiezan a sospechar que hasta las estatuas conspiran.
Había pedido visitar el museo a solas.
Quería encontrarse con la Historia.
La Historia, que tiene fama de señora solemne, no siempre recibe con cita previa. A veces prefiere aparecer por puro chiripazo, cuando nadie la espera y el visitante ya está pensando en irse a tomar un tinto.
El presidente caminó entre vitrinas, uniformes, espadas, retratos y objetos indígenas. Se detuvo frente a una pieza muisca. Era pequeña, dorada y silenciosa, tres cualidades que rara vez coinciden en la política.
—¿Sabe usted lo que está mirando? —preguntó una voz detrás de él.
El presidente se volvió.
Una mujer joven, vestida de blanco, sostenía bajo el brazo un libro grueso. Tenía treinta y cinco años, aunque hablaba con la fatiga de quien ha sido invocada miles de veces y obedecida con bastante menor entusiasmo.
—¿Quién es usted?
—La Constitución de 1991.
El presidente la miró con cierta desconfianza. No era personal. Había llegado al poder desconfiando de media Colombia y prometiendo reconciliarse con la otra mitad.
—La imaginaba más solemne.
—Y yo a los presidentes más modestos —respondió ella—. Todos tenemos derecho a decepcionarnos.
Antes de que él contestara, la pieza muisca emitió un resplandor leve. De la penumbra surgió un anciano cubierto con una manta, de rostro sereno y ojos que parecían haber visto demasiados imperios improvisar eternidades.
—Él es el derecho chibcha —dijo la Constitución.
—Muisca, si vamos a hablar con precisión —corrigió el anciano—. “Chibcha” es una familia lingüística. Pero llevo siglos soportando que me simplifiquen. Uno termina desarrollando paciencia o convirtiéndose en comentarista político.
El presidente carraspeó.
—Supongo que tienen algo que decirme.
—Los presidentes siempre suponen que todo cuanto ocurre tiene por objeto decirles algo —observó la Constitución—. Es una enfermedad profesional.
El derecho muisca sonrió.
—No sea tan dura. Acaba de ganar.
—Precisamente. Es el momento más peligroso.
El presidente frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque la victoria produce una ilusión curiosa —explicó ella—: convence al vencedor de que el país entero ha firmado su programa, adoptado sus modales y aprobado anticipadamente todos sus errores.
—Yo tengo un mandato popular.
—También los medicamentos tienen fecha de vencimiento —dijo el anciano—. Eso no los vuelve inútiles; los vuelve temporales.
El presidente se acercó a la vitrina.
—Entonces, ¿qué me aconsejan?
La Constitución apoyó el libro sobre un banco.
—Primero: no confunda la mayoría con la totalidad. Usted ganó el derecho a gobernar, no el privilegio de declarar inexistentes a quienes no votaron por usted.
—Habrá oposición.
—Es de esperar —respondió ella—. Una democracia sin oposición es como un juicio sin parte contraria: muy cómodo, muy rápido y generalmente indecente.
El anciano levantó un dedo.
—Segundo: recuerde que el territorio no es solamente un mapa. Es memoria, agua, montaña, comunidad y pertenencia. Antes de que existieran ministerios, ya sabíamos que gobernar la tierra no significaba poseerla.
El presidente observó la pequeña figura de oro.
—Pero el Estado moderno es más complejo.
—Esa es una manera elegante de decir que ustedes necesitan cien oficinas para olvidar lo que una comunidad sabía de memoria —contestó el anciano.
La Constitución disimuló una sonrisa.
—Tercero: no trate a las instituciones como parientes útiles. No las elogie cuando le dan la razón ni las denuncie como conspiradoras cuando se la quitan. Los tribunales no fueron creados para decorar su gobierno, sino para limitarlo.
—¿Incluso cuando se equivocan?
—Sobre todo entonces existen recursos, procedimientos y razones —respondió ella—. Si cada desacuerdo con un juez termina convertido en una movilización contra la justicia, pronto nadie obedecerá una sentencia sin consultar primero las encuestas.
El presidente guardó silencio.
Desde otra sala llegaban los ecos de una visita escolar. Un niño preguntaba quién había ganado determinada guerra. La guía trataba de explicarle que, en Colombia, algunas victorias duraron menos que sus consecuencias.
—Cuarto —prosiguió el derecho muisca—: escuche.
—Yo escucho al pueblo.
—Todos los gobernantes dicen lo mismo —replicó el anciano—. Lo difícil es escuchar a la parte del pueblo que no aplaude.
La Constitución volvió a tomar el libro.
—Y no diga “el pueblo” cuando quiera decir “mis seguidores”. El pueblo tiene la mala costumbre de ser plural. Incluye incluso a personas que usted considera insoportables. Es uno de los defectos más hermosos de la democracia.
El presidente caminó unos pasos.
—¿Y cómo se gobierna un país tan dividido?
La Constitución lo miró con una mezcla de compasión y severidad.
—Sin prometer que la política acabará con todas las divisiones. La política democrática no elimina el desacuerdo: evita que nos matemos por él.
El anciano asintió.
—Nosotros conocimos autoridades, normas, jerarquías, compensaciones y castigos. No éramos una postal de museo. Pero también aprendimos que ningún poder se sostiene indefinidamente contra el tejido de la comunidad.
—¿Y si mis adversarios intentan impedirme gobernar?
—Gobiérnelos también —dijo la Constitución—. Esa es la parte del cargo que nunca aparece en los discursos de campaña.
—¿Y si quieren destruir mi legado?
—Los presidentes son muy aficionados a la palabra “legado” —comentó el anciano—. Acaban de llegar y ya están pensando en la estatua. Procure primero dejar funcionando los hospitales.
La Constitución se acercó al mandatario.
—Hay algo más. No intente escribir la Historia todos los días. Administre bien el presente. La Historia tiene pésimo carácter y suele corregir a sus autores.
El museo empezaba a cerrar.
Las luces se apagaron lentamente en las salas contiguas. El presidente miró a sus dos interlocutores.
—Díganme, entonces, ¿cuál es el secreto para gobernar?
La Constitución respondió:
—Recordar cada mañana que un presidente pasa.
El derecho muisca añadió:
—Que una Constitución espera.
Desde algún lugar profundo del museo, como si hablaran las paredes, llegó una última frase:
—Y que un pueblo permanece.
Las dos figuras desaparecieron.
El presidente quedó solo ante la vitrina. Afuera lo aguardaban las cámaras, los ministros, los discursos y esa multitud de aduladores que siempre llega puntual al nacimiento de un gobierno y suele extraviarse cuando comienzan las dificultades.
Antes de salir, volvió la vista hacia la pequeña pieza dorada.
Por un instante creyó verla sonreír.
Tal vez había sido el reflejo de una lámpara.
O tal vez la Historia, que no suele conceder entrevistas, acababa de darle una.


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